Mundo ficciónIniciar sesiónDiana Reyes recibió de su esposo: La traición, crueldad, desprecio y abandono, sufrió en silencio con un hijo en su vientre y el alma rota. Solo deseaba destruir a su ex esposo y recuperar sus bienes, por su cabeza nunca pasó que el niño que esperaba era producto de un error, una inseminación que ella no pidió. Ahora Robert López, el hombre más rico del país la busca en forma desesperada para recuperar a su hijo. Ninguno de los dos se imagina que están a punto de vivir una pasión que quema y que duele hasta huesos, solo porque su ex se arrepiente de haberla perdido y está dispuesto a todo por apartarla de Robert. Esta vez ella no es la víctima, es la reina que busca justicia. ¿Estarán los malos preparados para la magnitud de su venganza?
Leer másDiana Reyes, era la típica heredera millonaria, su vida siempre fue un cuento de hadas.
A sus veinticinco años conserva su belleza intacta, unos ojos azules intensos que contrastan con su rubia cabellera y un cuerpo bien esculpido, como tallado por los mismos Dioses.
Su matrimonio con Sebastian Olmos, un joven empresario era casi perfecto, lo único que le hacía falta para sellar esa felicidad era un hijo.
Habían pasado tres años desde su boda y no había logrado quedar embarazada.
Para Diana resultaba penosa la revisión del ginecólogo, pero no quedaba de otra necesitaba saber si había algún problema.
El médico, viendo su nerviosismo trató de transmitir confianza:
—Será un procedimiento sencillo, indoloro. Solo trate de relajarse, respire profundo. Lo primero será….
—No me diga nada, solo hágalo. —Diana abrió los ojos y miró la blanca pared del hospital.
El médico asintió y procedió a iniciar su trabajo.
“Si no soy yo la del problema, me costará mucho convencer a mi esposo de que se revise, con lo machista que es.”
Respira profundo, nunca le han gustado los hospitales por su olor a antisépticos y medicinas
Recordaba claramente la palabra de su marido:
—Yo soy un hombre sano, eres tú la estéril, además apenas cumplí los treinta, estoy en mi plenitud.
—Amor, no lo cuestiono, solo deseo ser madre.
Sebastian se negó a realizar la prueba de fertilidad y le sugirió que se mandara a examinar a fondo.
—Si tanta falta te hace un hijo, podemos adoptar. —Le había dicho algo exasperado.
El doctor culminó su trabajo y se disponía a salir de la habitación.
—¡Espere! ¿No me va a decir nada?
—Señorita, quédate acostada un momento.
Ese día el consultorio tenía mucho ajetreo, en horas anteriores, la asistente del doctor había renunciado y dejó las carpetas con las historias de los pacientes regadas en el escritorio.
El doctor se dio cuenta de que algo inusual había ocurrido cuando el magnate Robert López irrumpió en su consultorio.
—¿A qué hora es qué va a realizar la inseminación? No quiero que la candidata se arrepienta.
El médico revisó unos papeles y se llevó las manos a la cabeza.
—Lo siento señor López. Hubo un error y sus espermatozoides fueron implantados a otra mujer.
El millonario estalló en ira y con el ceño fruncido le gritó:
—Exijo que me digan el nombre de esa mujer de inmediato.
—Diana Olmos, es el nombre de la paciente.
El médico corrió a la habitación de la paciente y Robert corrió más atrás.
La habitación estaba vacía, ella había bajado al estacionamiento y realizaba una llamada por teléfono.
—¡Lo siento señor López! Esa mujer se fue, pero no debe estar lejos. Es una joven rubia, delgada. —El rostro del doctor lucía pálido.
El CEO Robert López salió agitado y molesto, su mirada examinaba el lugar hasta que se detuvo al ver a Diana.
Ella se asustó un poco por la cantidad de hombres que lo acompañaban.
—¡Mujer! Vendrás conmigo. —La rabia se reflejaba en los azules ojos del CEO.
—No iré a ningún lado, si me viene a robar, tenga llévese todo—. Le estaba dando la cartera y el celular. —No se meta en problemas, mi esposo es muy influyente.
En el estacionamiento había muchas mujeres, todas jóvenes y con la misma descripción.
El apuesto caballero, ahogó una maldición y le dio la espalda a la chica, para seguir la búsqueda.
Robert López, lo tenía todo, o al menos casi todo, porque ninguna de las mujeres que habían pasado por su cama le había dado un hijo.
Su fobia al matrimonio lo había llevado a contratar un vientre en alquiler. Ahora enojado y al mismo tiempo triste; su sueño de ser padre se esfumaba. Una mujer desconocida llevaba su producto en el vientre.
“¡Rayos! Con lo grande que es esta ciudad, donde consigo a esa chica.”
Le exasperaba el hecho de que un hijo suyo creciera fuera de su alcance. Por más que amenazó a la clínica con una demanda, no obtuvo la dirección de esa mujer.
—Son políticas de la clínica, señor López. Además nada garantiza que será exitoso el proceso.
—Me importa un carajo, un hijo mío está allá afuera, ¿Y lo único que me dice son sandeces? Demandaré este lugar por incompetencia.
Los gritos salían del consultorio y los trabajadores se agruparon afuera.
Robert salió con mala cara, no miró ni para los lados. Para terminar de completar, alguien llamó a los medios de comunicación.
—Señor Robert, ¿Es cierto que pagó para un proceso de inseminación y la mujer se dio a la fuga?
El hombre miró a la reportera con frialdad:
—No tengo nada que declarar.
Dos meses más tarde:
Diana comenzó a sentir malestares propios de un embarazo, se hizo la prueba y salió positiva. Para estar más segura se hizo unos análisis y en efecto esperaba un bebé.
Muy emocionada, deseaba darle la buena noticia a su esposo. Como siempre estaba trabajando, la secretaria no se encontraba en su puesto así que entró a la oficina.
—Mi amor, no sabia que estabas ocupado. — dijo mirando a Yolanda Irrazabal, una pelirroja muy adinerada que era clienta de la empresa.
La mujer le lanzó una mirada cómplice al marido de ella y este carraspeó nervioso:
—Mira, Diana. Ya es tiempo de que nos divorciemos, yo no te amo, si me casé contigo es por el dinero de tus difuntos padres que ya es mío.
—Si esto es una broma, es de mal gusto, dime ¿Dónde están las cámaras?
Ninguno de los dos sonrió ante las palabras de Diana, lo cual disparó las alarmas.
“¡Oh mi Dios! He colocado todo mi patrimonio en manos de Sebastian.”
—¿Qué haces mirandome con esa cara de idiota? — Añadió Sebastian sacando una carpeta. —Firma el divorcio.
—No me puedes dejar, vamos a ser padres. —Le enseñó los exámenes de laboratorio.
Sintió las manos fuertes de Sebastian templando sus cabellos.
—Mira idiota, ese hijo no es mio, yo soy estéril, firma el divorcio y lárgate lejos a criar a tu bastardo.
Esas palabras frías y despiadadas fueron acompañadas por la risa burlona de Yolanda.
—Ya lo oíste, ¿Qué pensabas? este hombre es mío desde antes de conocerte. Yo siempre estuve en las sombras esperando este día.
Diana intentó darle una bofetada, la mano de Yolanda bloqueó la suya en el aire.
—Suelta que me haces daño.
—Error cariño, daño es el que te haré ahora. —Apretó su cuello casi hasta dejarla sin aire.
Ante la mirada indiferente de Sebastian se desarrolla una pelea entre las mujeres.
Con mucho esfuerzo Diana logró soltarse del agarre de Yolanda y tomó aire.
—Ya vete mujer, yo conseguiré el divorcio de todos modos, con ese embarazo no será difícil probar que fuiste infiel.
Ella no podía entender por qué su esposo actuaba de esa manera y mucho menos el hecho de que tuviera una amante, le parecía una pesadilla.
Al borde del llanto le gritó:
—¡Eres un desalmado! ¿Como niegas al fruto de nuestro amor? ¡Te odio! — Saltó a su pecho, tratando de arañar su cara.
—¡Quieta fiera! — La empujó con tanta fuerza que cayó al suelo.
Para Diana las luces se apagaron por completo y despertó horas más tarde en una clínica. Ese olor a remedios le pegaba en la nariz, carraspeó un poco antes de preguntar con miedo:
—Mi bebe, ¿Cómo está? Dígame que no lo perdí, ¡Por favor! ¡Hable ya!
—Amor, hace un lindo día, ¿Por qué no vamos de paseo familiar? Robert se acerca y le aparta un mechón de cabello de la cara.Ella retrocedió como si el toque de su piel fuese ácido corrosivo.—¿Se te olvida que por un paseo familiar fue que empezó esta pesadilla?Robert subió las escaleras, no deseaba discutir con Diana.Ella apenas era la sombra de la mujer alegre con la que vivió días hermosos.Diana lo vio alejarse y suspiró, era tristeza lo que sentía, al ver cómo su sueño bonito de una familia se diluía.No era que no quisiera olvidar lo malo, era que por más que Diana lo quisiera perdonar, los miedos de sus hijos la hacían desistir.“Una mujer puede soportar infidelidad, gritos, escasez, pero no que le maltraten a sus bebés. “Se dirigió con pasos vacilantes a la cocina. Mientras seguía pensando en su situación. “Robert que no se haga la víctima, por culpa los gemelos tienen traumas.”Reviso la despensa, nada como un té para calmar ese estado de agitación y miedo interno en el
—Señora, sacamos los muebles de la habitación principal y hemos limpiado y desinfectado cada rincón. —La sirvienta se quedó esperando órdenes.—Vuelve a limpiar de nuevo la habitación de Robert. La mujer accedió con cara de cansancio. Diana miró por la ventana.Estaba llegando un camión con cama, muebles y todo nuevo para esa habitación.Aún así por más cambios y limpieza, el cloro no podía borrar el rastro del paso de Camila por sus vidas.Horas más tarde, ella bajó a la cocina a tomar un vaso de leche. Sus dedos encendieron la luz y ¡Oh sorpresa!Vio a Robert sentado en la mesa donde comía la servidumbre. —¿No puedes dormir?—No, por lo que veo tú tampoco. — Respondió sin dejar de ver el álbum de foto familiar. Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Diana, la primera desde su regreso.Su mano fue viendo foto por foto: Ella con su enorme barriga a punto de dar a luz, Robert y ella saliendo de la maternidad con los niños, los gemelos dando sus primeros pasos. Ella observó q
—Tregua no es perdón, solo lo estoy considerando por los niños.Diana y Robert estaban de pie frente a la ventana del salón principal, observando cómo la lluvia golpeaba el cristal.—Pensé que había pasado la página. — la miró esperando una respuesta. Ella recordó esos días de encierro en ese oscuro sótano. —Todavía esta casa tiene recuerdos de Camila y tú me hablas de pasar la página, mis hijos tienen pesadillas por las noches. No puedo olvidar. Robert extendiendo su mano y la detuvo a escasos centímetros. No se atrevía a tocarla. Sabía que, para ella, sus manos eran las mismas que habían acariciado a la mujer que la mantuvo cautiva.—Los niños se han dormido —dijo Robert con una voz quebrada—Ricardo preguntó por ti. Quería saber si mañana los dos los podemos llevarlos de paseo y Douglas quería que le leyeras un cuento.Ella no se giró. Sus ojos seguían fijos en el jardín mojado.—Iremos. He vuelto de la muerte para hacer feliz a mis hijos.—Lo sé. Es solo que… están confundidos.
—Mi amor, ¿hasta cuándo me vas a negar tu perdón?Diana miró hacia los lados como buscando algo.—¿Me hablas a mí? Que yo sepa no soy tu amor, hasta hace poco, hacías planes de boda con Camila. Para ellos, la convivencia no es fácil La mansión, aunque libre de la presencia física de Camila, se sentía como un campo de batalla.El hogar que alguna vez albergó risas de felicidad y planes a futuro se había desmoronado.Ahora solo se hablaban por cortesía, solo si era necesario de lo contrario evitaban encontrarse.Robert intentaba derribar ese muro de indiferencia que su mujer había interpuesto entre los dos.Ella no lo dejaba ni decir ni una frase completa, cada vez que abría la boca, se encontraba con sus reproches.Robert entró a la cocina a buscar algo de fruta para los niños.—Diana, tenemos que hablar sobre cómo vamos a manejar la prensa hoy antes de salir hacia el juzgado.Ella lo miró acercarse y siguió en silencio. Sólo puso los ojos en blanco.Robert omitió ese gesto, ya no re
Último capítulo