4- Fuerte y valiente

—Come primero y luego miras el correo— Juana le sirvió la comida.

—Gracias, te prometo que pronto aportaré para los gastos—Dijo mientras apagaba la computadora. 

Ni siquiera abrió el mensaje porque se acordó que le había dicho al doctor que en caso de no quedar embarazada por vía natural, consideraría una inseminación.

La dueña del departamento era una mujer muy atenta y estaba pendiente de ayudar en lo necesario. En medio de su dolor, su amistad era un gran apoyo.

Para Diana no había tiempo de sentarse a llorar, dos niños venían en camino y le aterraba la idea de no poder cubrir sus necesidades.

“Fui una tonta al dejar mi dinero en sus manos, ¿Cómo no pude detectar nunca que Sebastian me era infiel?".

Su mente se fue a esos días en que todavía estaban casados, él la dejaba con la cena preparada, llegaba tarde a casa alegando que había comido con los socios.

Las veces que lo buscó para tener intimidad, el esposo solo decía que estaba muy cansado y tenía sueño.

Ese trato frío la había llevado a pensar en procrear para tener ocupación, porque le había dicho a Sebastian que quería trabajar y a él no le gustó la idea.

—No, de ninguna manera, el lugar de una mujer es su casa, atendiendo al marido. —Le había dicho.

Diana siempre lo había disculpado, pensaba que solo se trataba de estrés por su trabajo o celos de pareja.

Ella se dio vuelta en su cama sin poder conciliar el sueño.

“Me la supo hacer Sebastian, jamás lo hubiera pensado de él.”

Hace memoria de los documentos que firmó para ceder poderes en la empresa de su padre.

Ahora caía en cuenta, él nunca la había amado y desde el inicio de su matrimonio, era ella la que pagaba todos y cada uno de los gastos y caprichos de su esposo.

Ni para la boda había aportado un dólar, todo lo había pagado la joven heredera.

Muchos recuerdos de ese día la invadieron, los padres de Sebastian habían invitado a todas sus amistades influyentes y ella que era la novia apenas había llevado a un par de amigas.

Yolanda tenía razón, ella siempre estuvo allí, en la boda fue presentada como una amiga y meses después ya la había convertido en socia de Talismán dorado.

“Necesito dinero para contratar a un abogado que quiera tomar mi caso.”, tragó saliva mientras pensaba en la posible conexión de Sebastian con esos bufetes que no quisieron ayudarla.

Apenas pudo dormir un par de horas, el olor a café recién colado la despertó. Se apresuró a levantarse, ya se había duchado cuando Juana le tocó la puerta.

—Ven que se enfría el desayuno— Dijo con amabilidad. 

Luego de comer revisó el diario en busca de ofertas de empleo, hizo un círculo con un lapicero sobre las más interesantes.

Había cursado estudios de finanzas en Francia y realizado un postgrado. De algo tenía que servir ser la mejor alumna de su clase.

No tenía ropa adecuada para salir a buscar empleo y la señora le regaló algunas de las prendas que no usaba.

Era ropa en buen estado, pero muy anticuada, aparte de que le quedaba ancha.

 Por suerte había un par de tacones altos que le quedaban a la perfección. 

En la computadora armó su resumen curricular y anexó los soportes.

En casi todos los lugares que fue, luego de saber su nombre le negaban el empleo.

Yolanda y Sebastián se habían encargado de llamar a las empresas cercanas para pedir que no le dieran empleo.

—¡Lo siento! No queremos problemas con el señor Olmos ni mucho menos con la señorita Irrazabal. 

Solo quedaba un aviso para intentar, la dirección era del otro lado de la ciudad.

Aún le quedaban unas pocas monedas y tomó el metro, esperanzada de encontrar algo.

La vacante era para asistente administrativa en el consorcio López C.A.  

Estaba por debajo de sus expectativas, pero era una oportunidad de mejorar su situación.

Diana entró en la gran empresa con paso firme, aunque sus pies le recordaban la tortura que había sido caminar durante horas con esos zapatos. 

Las ampollas ardían y ella solo quería quedarse descalza.

Se sumergió en sus pensamientos mientras apretaba su carpeta contra su pecho, sintiéndose ansiosa por la entrevista que se avecinaba.

Sin embargo, su mundo se agitó abruptamente al tropezar con un hombre que apareció de la nada. 

Fue un encuentro inesperado; él era joven, tal vez tendría unos treinta años, y poseía una mirada azul intensa que capturaba todo a su alrededor. 

La carpeta se le cayó al suelo, esparciendo papeles y documentos por el pasillo marmoleado de la recepción.

—¿Eres ciega? —preguntó él, con un tono cargado de desprecio.

—Disculpe, señor —acertó a responder Diana, sintiendo cómo el rubor subía por su rostro.

Él se tomó un momento para mirarla, escaneando su figura de arriba abajo con una mueca de desdén. Su mirada la hizo sentir diminuta e invisible.

—Oye, ¿quién te diseña la ropa, tu enemigo?

Las palabras le dolieron como un golpe. Pero Diana, aunque herida, no estaba dispuesta a dejarse humillar.

—Oiga, no es asunto suyo mi forma de vestir —replicó con valentía—. Gente como usted debería ir al psicólogo para que le trate el complejo de superioridad.

El joven soltó una risa desdeñosa y se marchó hacia el ascensor. 

Fue como si ni siquiera hubiera escuchado su respuesta; el ascensor se cerró detrás de él con un leve chasquido.

Diana se quedó allí, respirando hondo, tratando de dejar atrás el incómodo encuentro. 

—¡Atrevido!, aunque no se le quita lo elegante, ese traje azul debe ser muy costoso. —Refunfuñaba entre dientes. 

Entró a la sala de entrevistas, donde había una fila de mujeres que parecían haber salido de una pasarela de modas.

Con minifaldas y escotes reveladores. Aquella imagen era abrumadora, y en comparación, Diana se sintió anticuada, casi invisible.

Cuando casi  llegaba su turno, la ansiedad volvió a apoderarse de ella. En ese instante, toda su preparación parecía insuficiente. 

En el momento en que la llamaron, notó que solo quedaba ella. Los otros asientos estaban vacíos, las otras candidatas ya habían sido descartadas.

El segundo despues del CEO, un hombre corpulento y serio, la examinó con una expresión neutral. 

Era evidente que su apariencia no le molestaba, pero algo dentro de Diana decidió combatir esa primera impresión. 

Sabía que tenía habilidades; sus estudios en gestión administrativa la respaldan.

—Bien, empecemos —dijo el hombre, sacando una libreta de notas—. Cuéntame sobre ti.

A medida que comenzaba a hablar sobre su formación, notó que la expresión del ejecutivo se suavizó ligeramente. 

—¿Por qué crees que deberías ser elegida? —le preguntó al final.

—Porque entiendo el valor del trabajo y estoy dispuesta a aprender y a contribuir al equipo —respondió confiada—. No se trata solo de lo que llevo puesto, sino de lo que puedo aportar.

Andrade tomó nota, y cuando terminó la entrevista, le dedicó una mirada más atenta, como percibiendo algo más allá de la apariencia. 

Unos días después, recibió una llamada:

—¿Señorita Diana Reyes?

—Sí, ¿Quién habla?

La noticia le tomó de sorpresa:

—Soy Simón Andrade, la mano derecha del presidente de las empresas López, usted ha sido seleccionada para el puesto de asistente.

 Con una sonrisa en el rostro, reflejaba un sentimiento de triunfo.

Apenas colgó el teléfono fue a la cocina a buscar a Juana, le dio la noticia y ambas saltaban abrazadas.

—Tengo el empleo, ahora si no hay nada que me detenga.

—Esa es la actitud, una madre debe ser fuerte y valiente —añadió Juana con una sonrisa.

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guamachito2Esa es la actitud correcta, aunque el mundo se le caiga encima, una madre permanece luchando.
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