Mundo ficciónIniciar sesión—Son todos unos ineptos, esto no fue lo que pedí, hasta un niño de preescolar haría una mejor maqueta para el proyecto. —Mira a todos los empleados luego sale de la sala de junta con el ceño fruncido.
Su asistente Simón Andrade, lo sigue a grandes pasos, con un montón de carpetas debajo del brazo.
Robert López entra en su oficina y se deja caer en su sillón, con una cara de frustración que evidencia cómo se siente.
—Señor, la presentación no estuvo tan mala, ¿Es por esa mujer que se encuentra alterado?
—No ha nacido la mujer que me ponga de cabeza, además ¿Quién crees que eres para hacerme preguntas? ¿Quieres que te ponga de patitas en la calle?
Simón bajó la cabeza, más que un asistente era el único empleado que toleraba el mal carácter de Robert.
—¡Lo siento! Aquí le dejo las carpetas con todos los documentos que esperan por ser firmados, si no requiere más de mi presencia yo me retiro.
Robert no apartó la vista de la computadora, en el fondo si estaba prestando atención, solo que era del tipo de personas que no se disculpa con nadie.
Su asistente no se equivocó, desde que los planes de ser padre habían fallado, su carácter era de los mil demonios.
Ya lo tenía todo planeado, le pagaría a esa mujer para permanecer al lado del niño en su primer año de vida, para lo cual había redactado un contrato donde ella renunciaba a todos sus derechos de maternidad.
La afortunada se arreglaría la vida, era mucho el dinero que ganaría con ese contrato. Con rabia levantó el teléfono y llamó a su abogado.
—Quiero iniciar una demanda en contra de la clínica Saint Joseph. Deseo llevarlos a la quiebra.
El abogado no objetó en nada las órdenes de su jefe, luego de que colgara el teléfono.
Robert, se quedó pensativo, no deseaba darse por vencido en su deseo de conseguir a esa mujer.
“Tan pronto como la encuentre, la traigo a la mansión, tengo que vigilar de cerca esa gestación y apenas nazca el bebé le pago para que se largue, pensaba mientras miraba los documentos.
Por la buenas o por las malas tendría a ese niño a su cargo, respiró agitado no se podía concentrar en su trabajo.
“Si no acepta, entonces demando para obtener la custodia total.”
Para él todo se resolvía con dinero y esta no sería la excepción.
“Todos tienen un precio, además ella no tiene los medios para criar un bebé sola, el dinero no le vendría nada mal”
En un departamento modesto, Diana intentaba ayudar a la señora Juana a picar unos vegetales.
—Dame ese cuchillo, se nota que nunca has pelado una papa, siéntate. —La señora destapó una humeante olla de consomé de pollo y le sirvió una taza a su invitada.
—Gracias, de verdad no tengo palabras para agradecer, lo que ha hecho por mí, tenga por seguro que le pagaré con intereses.
Juana siguió haciendo su guiso, mientras la escuchaba con mucha atención.
—No es nada, yo no podía dejarte en la calle, por todo lo que me has contado, ese marido tuyo es una basura.
—Tres años, viví engañada, no sé cómo pude ser tan ingenua— Tomó un sorbo de consomé y se secó las lágrimas.
La señora se apresuró a cambiar de tema, haciendo chistes y ella mostró una sonrisa.
Tan pronto como terminó de comer, fue al bufete de Raul Mendoza, uno más de los abogados de su padre.
El hombre al saber que ella no tenía para pagar sus servicios se negó a tomar el caso.
—¡Lo siento! Mi tiempo vale dinero, además por lo que veo, Sebastián Olmos se cubrió bien las espaldas.
—Lamento molestarte, tienes razón, es un caso perdido, yo le dí todos los poderes para dejarme en la quiebra.
El hombre no dijo nada y la observó mientras se marchaban cabizbaja. Apenas ella cerró la puerta del bufete, el muy ladino, marcó el número de teléfono de Sebastian.
—La señora Reyes estuvo por aquí, como usted me indicó no acepté el caso. Además llamaré a mis colegas del gremio para que la ignoren.
—Buen trabajo, te voy a transferir un buen dinero por ese favor.
Sebastian colgó la llamada y tomó un sorbo de piña colada mientras miraba a Yolanda salir de la piscina con un diminuto bikini.
La mujer le dio un beso en la boca y él la aprisionó contra su pecho de forma apasionada.
Sentía alivio de estar por fin al lado de la mujer que amaba desde la universidad.
La decisión de su padre de comprometerlo con la heredera de los Reyes fue un golpe fuerte para él.
La familia Olmos, para ese entonces tenía un estilo de vida muy derrochador y los negocios no iban bien.
El matrimonio de Diana y Sebastián fue la tabla de salvación para ellos, el joven se metió bien en su papel de esposo amoroso.
Ahora al lado de su amante, cerró los ojos y recordó una de las tantas veces que la hizo suya pensando en Yolanda.
A pesar de la belleza de Diana, la veía sosa para su gusto y algo tímida en la cama, nada que ver con la ráfaga ardiente que era Yolanda Irrazabal.
Lo que más le fastidiaba de su ex esposa era esa insistencia de tener hijos. Su amante nunca lo había molestado con tal petición, ella sabía de su condición infertil y aún así lo amaba.
—Amor, ¿En que piensas? —dijo ella mimosa.
—Nada importante. Mejor vamos a la habitación que te quiero partir en dos.
La mujer se subió a horcajadas sobre él mientras le besaba el cuello y le mordisqueaba la oreja.
—¿Quien te llamó hace un rato? —Su voz susurraba.
—El abogado Raul Mendoza, me dijo que Diana fue a contratar sus servicios.
—Supongo que ya habrás tomado cartas en el asunto, ningún abogado de prestigio debe tomar el caso.
Sebastián asintió con expresión pícara, ella lo conocía muy bien, otro motivo para pensar que eran almas gemelas.
La tomó en su brazos y subieron a la habitación para dar rienda suelta a su pasión, mientras el mundo de Diana se hacía añicos ellos gozaban su victoria.
Diana regresó al departamento con la moral por el suelo, apenas pudo responder a la pregunta de Juana.
—¿Cómo te fue?
—Mal, todos me dieron la espalda. Cuando mi padre vivía, esos mismos abogados le adulaban.
La señora le servía algo de comida mientras ella revisaba su correo electrónico en la computadora.
—Un mensaje de la clínica de fertilidad, que raro llegó a la carpeta de spam.







