Mundo ficciónIniciar sesión—Los bebés están bien, señora.
Miró al doctor con cara de sorpresa, todavía no procesaba la noticia.
—¿Cómo? ¿Dijo los bebés?
El doctor asintió agregando —Son gemelos, señora.
Diana se secó las lágrimas y respiró aliviada, aún con la mala situación que pasaba estaba felíz de ser madre.
La alegría no le duró mucho, porque su esposo y la amante llegaron a visitarla. Ese hombre al que había amado con tanta devoción parecía otro, totalmente diferente. Entró a la habitación de la mano de Yolanda, quien exhibía una sonrisa de triunfo.
—Solo vine a decirte que el divorcio fue aprobado por tu infidelidad, aquí te traje tu maleta, no te molestes en volver a la mansión porque todos tus bienes ahora son míos.
Ante la sorpresa, Diana se quedó pensativa por unos segundos.
—No me puedes despojar de mi patrimonio, te voy a demandar.
—¿Con qué dinero pagarás un abogado? —Sonrió con malicia—¡Ya sé! Vas a pagar con tu cuerpo, ahora eres una bandida que se embaraza de cualquiera. A la mansión fue uno de tus amantes a buscarte.
El rostro de Diana se tornó rojo de la indignación de ser difamada. Para ella era obvio que esa mujer había cambiado mucho a su marido, ahora la insultaba y despreciaba sin ningún remordimiento.
—No pienso discutir contigo, una prueba de ADN lo resuelve todo, tendrás que hacerte cargo de la manutención.
—¡Cállate perra! —Le dio una fuerte bofetada.
—Esto no se va a quedar así, te prometo que te vas a arrepentir de tus malas acciones. —Se limpiaba la sangre que corría de sus labios.
La respuesta de Sebastian Olmos, fue una fría carcajada, secundada por Yolanda Irrazabal:
—Rubia tonta, ¿Quién nos hará pagar? ahora no tienes ni donde caerte muerta.
—Sí, porque tu marido me robó mi fortuna, cuando no le sirvas te hará lo mismo, te aseguro que no quedarás sin castigo.
Ellos se miraron extasiados ante el sufrimiento de ella.
Mientras se marchaban Diana les gritaba pidiendo piedad.
—Sebastian, no me puedes hacer esto, yo no tengo familia y además, ¿De qué voy a vivir? Voy a tener dos bebés.
—No es mi problema, busca al padre de los bastardos o trabaja como todo el mundo, es hora de que aprendas a ganar tu sustento. —Dijo saliendo abrazado a esa mujer.
No había terminado de llorar por sus penas cuando uno de los médicos entró a la habitación.
—Señorita, ¿Quién se hará cargo de pagar la factura de la clínica?
Esas palabras rebotaban en su cabeza, al no tener dinero la estaban echando de allí también, aunque todavía no se sentía bien, sacó fuerzas de donde pudo y salió con su maleta de ruedas.
Caminaba por las calles sin rumbo fijo cuando empezó a llover, temblando de frío se acurrucó junto a un árbol y unos vagabundos le robaron su equipaje.
Salió corriendo detrás de ellos y no logró alcanzarlos, se tropezó y cayó tendida en la grama mojada.
Temblando de frío, un sentimiento de desesperanza le invadió, no tenía amigos a quien acudir, porque Sebastian se había encargado de alejarla de todos. Ella solo vivía para él.
La noche cayó de prisa y no tenía donde dormir así que fue a la iglesia y se quedó dormida en una de las bancas.
Mientras tanto, en su oficina el CEO Robert López le daba indicaciones al detective.
—No me importa que tengas que buscar en el mismo infierno— Bufó el CEO—quiero que investigues a todas las Diana Olmos de la ciudad. La recompensa es de cincuenta mil dólares.
Una vena abultada adornaba la frente de Robert, el detective tomaba datos de todos los detalles mientras asentía.
Con todo su dinero y su poder, le parecía absurdo no dar con el paradero de esa mujer. Horas más tarde el detective lo llamó para informarle de una mujer con esas características.
—Es la esposa de un millonario llamado Sebastian Olmos.
—Iré ahora mismo. —Añadió mientras apuntaba la dirección en una libreta.
Sebastian y Yolanda disfrutaban de una cena romántica en la mansión.
La empleada abrió la puerta y la cara de los amantes cambió cuando vieron a Robert López entrar en la sala.
—Señor, disculpe no lo pude detener—Se excusó la sirvienta.
Sebastian hizo un ademán de disgusto y se dispuso a enfrentar al intruso.
—¿Qué diablos eres? ¿Por qué entras de ese modo a mi propiedad?
—Soy Robert López, solo quiero hablar con su esposa.
Sebastian tomó un sorbo de vino y luego exclamó:
—Esa adúltera ya no es mi esposa, me salió con una barriga que no es mía. ¿Quién sabe de qué vagabundo se embarazó?
No había terminado de hablar, cuando un puñetazo en la cara lo derribó.
—Ese hijo es mío. Yo no soy un vagabundo, además todo fue....
Yolanda salió al paso y le interrumpió de manera cortante:
—Como sea ya esa mujer es parte del pasado de Sebastián. Por favor retirate si no me veré obligada a llamar a la policía.
Robert miró a la pelirroja con frialdad mientras pensaba:
“Por encima se nota la clase de arpías que son estas personas, es posible que le hayan hecho daño a mi hijo.“
—¿Eres sordo? ¿Acaso no entiendes que tu presencia no es grata? —Ella se le encima un poco a Robert.
—De acuerdo, me iré pero si me están ocultando información me encargaré de que la pasen mal, nadie se burla de mí.
Ya rumbo a casa mientras el auto se desplazaba de regreso a la mansión, Robert llamó al detective.
—No la encontré, ya no vive allí, te ordeno que me investigues más de esa mujer, quiero esa información de inmediato.
Horas más tarde el detective le entregó la información completa.
—Diana Reyes es la heredera del fallecido millonario, Oscar Reyes el CEO de las empresas Talismán dorado, casada con Sebastian Olmos, él maneja todos sus bienes.
—¿Es la dueña de todo y la echó a la calle?
Al recordar a esa pelirroja de grandes curvas y diminuta minifalda lo entendió todo:
“La despojó de todo y la cambió por otra”, pensó mientras se frotaba la barbilla.
El detective le dio detalles de la vida de Sebastian y de la amante.
—Esa mujer espera a mi hijo, tengo que encontrarla.
—Señor, haré lo imposible por traerla de vuelta.
Diana deambulaba por la calle, su estómago rugía de hambre, pasaba cerca de un restaurante y miraba a través del cristal a las personas que comían platillos apetitosos.
“ Tranquilos bebés, ya encontraré algo para comer”, se acariciaba el vientre mientras pensaba, “Sebastian ama a esa mujer, pero mis hijos son suyos, ¿Por qué los niega?”
Otra noche se acercaba, se apresuró a ir a la iglesia antes de la hora del cierre. Justo cuando pensaba que ya todos se habían ido, una señora la miró allí acostada en una banca.
—Mujer, la iglesia cerró, no te puedes quedar aquí.
—No tengo a donde ir, mi marido me dejó y estoy embarazada, déjeme aquí, ¡Por favor! ¡Se lo suplico! —Se arrodilló y le siguió suplicando abrazada a las rodillas de la anciana.







