Mundo ficciónIniciar sesión—Tantas candidatas y tenía que elegir a la más fea.
Andrade se sonrió al oír esa frase mientras se acomodaba la corbata.
—¿Quiere belleza o eficacia? Si contrate a esa mujer, es porque le ví potencial.
Robert dejó el tema de lado y enfocó su atención en las cifras de la computadora.
Estaba de pésimo humor porque no había sabido nada de la portadora de su semilla.
En su cubículo Diana, algo inquieta trataba de concentrarse en su trabajo, sentía cómo la ansiedad la oprimía lentamente.
Era el primer día del nuevo proyecto y, aunque hubiera querido concentrarse, su embarazo oculto era algo que le preocupaba mucho.
Las otras empleadas no le dirigían la palabra y la miraban de reojo.
A pesar de que el señor Andrade le habían alentado con palabras de bienvenida, Diana sabía que su apariencia era el motivo del rechazo de los compañeros de trabajo.
En ese entorno laboral la superficialidad ganaba terreno sobre el talento real.
En su oficina el CEO daba órdenes a su mano derecha, Andrade lo conocía muy bien y sabía cuando callar y cuando hablar.
—Jefe, tenemos que prestar especial atención a los detalles del proyecto, la compañía de la competencia es fuerte.
Robert, no prestó atención al comentario de Andrade. Su enfoque estaba en otro lugar, en otro asunto.
—Duplica la recompensa al detective, quiero que se motive a encontrar a esa mujer —dijo Robert con desdén, mirando por la ventana.
Andrade se dirigió al cubilo de Diana y le ordeno:
—Tienes que ir ahora con el doctor de la empresa para que te haga los análisis de rigor.
Diana sintió un escalofrío al escuchar esas palabras. La idea de que su embarazo quedara al descubierto le espantó en gran manera.
¿Qué perdiera su empleo?, esa idea era aterradora, su trabajo era crucial para su seguridad financiera y su futuro hijo.
En ese momento, Robert mandó a llamar a su nueva asistente. Le dio una fría mirada y luego se dedicó a mirar unos documentos.
—Si Andrade te contrató a pesar de tu apariencia, no lo voy a desautorizar, más bien
justifica su sueldo. Quiero que analices el estado financiero de los últimos tres meses y me digas qué y cuántas ganancias o pérdidas hemos tenido —exigió Robert, con tono autoritario.
Diana le lanzó una rápida mirada, tragó saliva nerviosamente antes de responder:
—Me tomé el trabajo de indagar esa información antes de que usted lo pidiera —dijo, tratando de aparentar seguridad. —El incremento de las ganancias de un setenta por ciento con respeto al trimestre anterior.
Robert asintió con la cabeza y le hizo señas de que continuara con su análisis. Diana levantó la cabeza y lo miró a los ojos sin titubear:
—Las ganancias no son malas, pero se puede aumentar invirtiendo menos en publicidad y más en donaciones por parte de la empresa. El grupo López debe estar a la vanguardia en cuanto a los nuevos tiempos que vivimos.
La eficiencia de Diana sorprendió a Robert, quien se dio cuenta de que la había juzgado por su apariencia. Él siempre había visto a las mujeres en su oficina como muñecas de vitrina.
Ahora Diana le daba una cátedra para aumentar las cifras, sus ideas le llamaron la atención. En ese instante, sus ojos cambiaron de expresión, ahora la miraba con respeto.
—Vaya, después de todo creo que Andrade tiene buen ojo para contratar personal.
Diana sintió que sus mejillas se encendían por el cumplido. Aunque no olvidaba la forma tan humillante en que la había tratado.
Recordó las recomendaciones de su jefe inmediato.
—El señor López a veces tienes sus malos arranques, pero si muestras eficiencia no tendrás problemas.
De hecho el consejo le fue útil porque su jefe, una veces estaba de buen humor y otras malhumorado.
A veces la trataba con desdén, la tachaba de lenta, pero ella no se desanimaba y hacia caso omiso a los insultos.
—Diana, ¿A donde cree que va?
—Señor Lopez, es que mi jefe inmediato me mando a realizarme los análisis médicos.
Cuando esos ojos se posaban sobre ella el resultado era un ligero temblor de piernas y un calor intenso inexplicable.
—Yo soy el que manda aquí, no irás a ese chequeo de rutina, hay cosas mas importantes, desde ahora estás a la cabeza del nuevo proyecto.
—Señor, me halaga, para mi es un honor que piense en mi para tan gran responsabilidad.
A ella le pareció ver una débil sonrisa en ese rostro serio.
Diana se tomó muy en serio su trabajo y los primeros resultados dejaban ver los avances positivos del proyecto.
Ya Robert no se fijaba mucho en la apariencia de ella ni la molestaba, ahora lo que le importaba era los números y los aportes que ella pudiera hacer a la empresa.
—¿Dónde está el reporte que te pedí? Te veo lenta, toma vitaminas, mujer.
—Señor, estoy trabajando en eso, el departamento de finanzas me acaba de dar el reporte, no he tomado un solo descanso.
Seguía siendo estricto, cada vez que le señalaba un error o exigía resultados más impresionantes, Diana reprimía el deseo de aclarar las razones detrás de su cansancio constante.
Tras cada reprimenda, ella pensaba en los pequeños seres que llevaba dentro, en cómo cada jornada se convertía en un desafío físico y emocional.
“¡Dios mio! Es insoportable mi jefe, o cuido mi trabajo o cuido mi salud, ¿Qué hago?”
En esos momentos de tensión, Diana mantenía la cabeza alta, sabiendo que, a pesar de cómo la tratara Robert, no podía dejar el empleo.
El ambiente se volvió todavía más hostil cuando un nuevo rumor circuló por la oficina.
—Dicen que si no logra ganarle a la empresa de la competencia, el CEO va a dejar caer algunas cabezas —susurró una compañera en la pausa para el café, con una risa nerviosa.
La presión aumentaba. Cada vez que uno de sus compañeros de trabajo estallaba en risas sarcásticas cuando se cruzaban con ella o la atajaban con comentarios punzantes, Diana no opinaba nada.
El teléfono interno sonó, era Robert, quien con voz gruñona le llamaba a la oficina.
—¡Diana! venga de inmediato.
Los nervios le pegaron en el estómago, tomó aire para distraer las náuseas.
Se quito los lente y se soltó el cabello, cuando se dirigía a la oficina del CEO.
Sus ojos se encontraron y se miraron en silencio, hasta que él pudo balbucear algunas palabras:
—¿Nos conocemos de algún lado?, su mirada se me hace familiar ahora que la veo mejor.
—Sí, por supuesto que nos conocemos de antes, ¿No se acuerda?







