Mundo ficciónIniciar sesión
Diana Reyes, era la típica heredera millonaria, su vida siempre fue un cuento de hadas.
A sus veinticinco años conserva su belleza intacta, unos ojos azules intensos que contrastan con su rubia cabellera y un cuerpo bien esculpido, como tallado por los mismos Dioses.
Su matrimonio con Sebastian Olmos, un joven empresario era casi perfecto, lo único que le hacía falta para sellar esa felicidad era un hijo.
Habían pasado tres años desde su boda y no había logrado quedar embarazada.
Para Diana resultaba penosa la revisión del ginecólogo, pero no quedaba de otra necesitaba saber si había algún problema.
El médico, viendo su nerviosismo trató de transmitir confianza:
—Será un procedimiento sencillo, indoloro. Solo trate de relajarse, respire profundo. Lo primero será….
—No me diga nada, solo hágalo. —Diana abrió los ojos y miró la blanca pared del hospital.
El médico asintió y procedió a iniciar su trabajo.
“Si no soy yo la del problema, me costará mucho convencer a mi esposo de que se revise, con lo machista que es.”
Respira profundo, nunca le han gustado los hospitales por su olor a antisépticos y medicinas
Recordaba claramente la palabra de su marido:
—Yo soy un hombre sano, eres tú la estéril, además apenas cumplí los treinta, estoy en mi plenitud.
—Amor, no lo cuestiono, solo deseo ser madre.
Sebastian se negó a realizar la prueba de fertilidad y le sugirió que se mandara a examinar a fondo.
—Si tanta falta te hace un hijo, podemos adoptar. —Le había dicho algo exasperado.
El doctor culminó su trabajo y se disponía a salir de la habitación.
—¡Espere! ¿No me va a decir nada?
—Señorita, quédate acostada un momento.
Ese día el consultorio tenía mucho ajetreo, en horas anteriores, la asistente del doctor había renunciado y dejó las carpetas con las historias de los pacientes regadas en el escritorio.
El doctor se dio cuenta de que algo inusual había ocurrido cuando el magnate Robert López irrumpió en su consultorio.
—¿A qué hora es qué va a realizar la inseminación? No quiero que la candidata se arrepienta.
El médico revisó unos papeles y se llevó las manos a la cabeza.
—Lo siento señor López. Hubo un error y sus espermatozoides fueron implantados a otra mujer.
El millonario estalló en ira y con el ceño fruncido le gritó:
—Exijo que me digan el nombre de esa mujer de inmediato.
—Diana Olmos, es el nombre de la paciente.
El médico corrió a la habitación de la paciente y Robert corrió más atrás.
La habitación estaba vacía, ella había bajado al estacionamiento y realizaba una llamada por teléfono.
—¡Lo siento señor López! Esa mujer se fue, pero no debe estar lejos. Es una joven rubia, delgada. —El rostro del doctor lucía pálido.
El CEO Robert López salió agitado y molesto, su mirada examinaba el lugar hasta que se detuvo al ver a Diana.
Ella se asustó un poco por la cantidad de hombres que lo acompañaban.
—¡Mujer! Vendrás conmigo. —La rabia se reflejaba en los azules ojos del CEO.
—No iré a ningún lado, si me viene a robar, tenga llévese todo—. Le estaba dando la cartera y el celular. —No se meta en problemas, mi esposo es muy influyente.
En el estacionamiento había muchas mujeres, todas jóvenes y con la misma descripción.
El apuesto caballero, ahogó una maldición y le dio la espalda a la chica, para seguir la búsqueda.
Robert López, lo tenía todo, o al menos casi todo, porque ninguna de las mujeres que habían pasado por su cama le había dado un hijo.
Su fobia al matrimonio lo había llevado a contratar un vientre en alquiler. Ahora enojado y al mismo tiempo triste; su sueño de ser padre se esfumaba. Una mujer desconocida llevaba su producto en el vientre.
“¡Rayos! Con lo grande que es esta ciudad, donde consigo a esa chica.”
Le exasperaba el hecho de que un hijo suyo creciera fuera de su alcance. Por más que amenazó a la clínica con una demanda, no obtuvo la dirección de esa mujer.
—Son políticas de la clínica, señor López. Además nada garantiza que será exitoso el proceso.
—Me importa un carajo, un hijo mío está allá afuera, ¿Y lo único que me dice son sandeces? Demandaré este lugar por incompetencia.
Los gritos salían del consultorio y los trabajadores se agruparon afuera.
Robert salió con mala cara, no miró ni para los lados. Para terminar de completar, alguien llamó a los medios de comunicación.
—Señor Robert, ¿Es cierto que pagó para un proceso de inseminación y la mujer se dio a la fuga?
El hombre miró a la reportera con frialdad:
—No tengo nada que declarar.
Dos meses más tarde:
Diana comenzó a sentir malestares propios de un embarazo, se hizo la prueba y salió positiva. Para estar más segura se hizo unos análisis y en efecto esperaba un bebé.
Muy emocionada, deseaba darle la buena noticia a su esposo. Como siempre estaba trabajando, la secretaria no se encontraba en su puesto así que entró a la oficina.
—Mi amor, no sabia que estabas ocupado. — dijo mirando a Yolanda Irrazabal, una pelirroja muy adinerada que era clienta de la empresa.
La mujer le lanzó una mirada cómplice al marido de ella y este carraspeó nervioso:
—Mira, Diana. Ya es tiempo de que nos divorciemos, yo no te amo, si me casé contigo es por el dinero de tus difuntos padres que ya es mío.
—Si esto es una broma, es de mal gusto, dime ¿Dónde están las cámaras?
Ninguno de los dos sonrió ante las palabras de Diana, lo cual disparó las alarmas.
“¡Oh mi Dios! He colocado todo mi patrimonio en manos de Sebastian.”
—¿Qué haces mirandome con esa cara de idiota? — Añadió Sebastian sacando una carpeta. —Firma el divorcio.
—No me puedes dejar, vamos a ser padres. —Le enseñó los exámenes de laboratorio.
Sintió las manos fuertes de Sebastian templando sus cabellos.
—Mira idiota, ese hijo no es mio, yo soy estéril, firma el divorcio y lárgate lejos a criar a tu bastardo.
Esas palabras frías y despiadadas fueron acompañadas por la risa burlona de Yolanda.
—Ya lo oíste, ¿Qué pensabas? este hombre es mío desde antes de conocerte. Yo siempre estuve en las sombras esperando este día.
Diana intentó darle una bofetada, la mano de Yolanda bloqueó la suya en el aire.
—Suelta que me haces daño.
—Error cariño, daño es el que te haré ahora. —Apretó su cuello casi hasta dejarla sin aire.
Ante la mirada indiferente de Sebastian se desarrolla una pelea entre las mujeres.
Con mucho esfuerzo Diana logró soltarse del agarre de Yolanda y tomó aire.
—Ya vete mujer, yo conseguiré el divorcio de todos modos, con ese embarazo no será difícil probar que fuiste infiel.
Ella no podía entender por qué su esposo actuaba de esa manera y mucho menos el hecho de que tuviera una amante, le parecía una pesadilla.
Al borde del llanto le gritó:
—¡Eres un desalmado! ¿Como niegas al fruto de nuestro amor? ¡Te odio! — Saltó a su pecho, tratando de arañar su cara.
—¡Quieta fiera! — La empujó con tanta fuerza que cayó al suelo.
Para Diana las luces se apagaron por completo y despertó horas más tarde en una clínica. Ese olor a remedios le pegaba en la nariz, carraspeó un poco antes de preguntar con miedo:
—Mi bebe, ¿Cómo está? Dígame que no lo perdí, ¡Por favor! ¡Hable ya!







