Mundo de ficçãoIniciar sessãoKristhel Randall esperó a Arvid Mehmed durante cuatro años, pero él nunca volvió. Había prometido regresar apenas cumpliera los dieciocho años, pero cuando llegó a la capital, dónde su padre millonario, se olvidó de ella. Años más tarde, cuando su padre capo, la encontró, Kristhel Randall escapó a la capital, con la esperanza de encontrar a su amor de infancia, Pero al llegar a la capital, lo primero que vio, fue a su novio de adolescencia, comprometiéndose con otra mujer.
Ler maisKristhel Randall contaba con solo trece años de edad cuando Arvid Mehmet le robó un beso. Aquel adolescente estaba próximo a cumplir los dieciséis años y no aguantó un día más: terminó confesando sus sentimientos hacia la niña de ojos cielo y cabello de sol, como solía decirle.
—¿Crees que mamá y mi madrina lo acepten? —preguntó ella. — Yo creo que se enojarán, pero después entenderán —respondió Arvid. Se acercó más a Kristhel y volvió a besarla. Al soltar los labios de ella, confesó—: Te amo. La puberta sonrió y repitió lo mismo. Después de tantos besos y abrazos, caminaron hasta la casa tomados de la mano. Al llegar, vieron varios hombres vestidos de negro en la entrada. —¿Quiénes son? —inquirió Kris. —No lo sé, averigüemos —dijo Arvid. Tomó la mano de Kris y caminaron así hasta que los dos hombres se percataron de su presencia. —Señor, aquí está el joven Arvid —dijo uno de ellos. Entonces Sergio Mehmet salió de la cabaña. Al ver a su hijo, sonrió, se acercó y lo abrazó. —Hijo, al fin te encontré. Arvid se apartó de él. Sus ojos cenizos buscaron a su madre en el interior de la casa. —Mamá… —se acercó a ella y la abrazó—. ¿Quién es ese hombre? —Soy tu padre, y he venido por ti —respondió Sergio. —No te llevarás a mi hijo —dijo Marlín. —Claro que lo haré —replicó Sergio al acercarse—. Tú te robaste a mi hijo hace años, y si no vienes conmigo, te meteré en prisión. —No, no lo hagas —solicitó el joven. —Está bien, iremos contigo —dijo Marlín, devastada. —Bien, andando todos —ordenó Sergio. Tomó la mano de Arvid, pero este se soltó. —No quiero irme —expresó al mirar a Kris. —Claro que irás. No pienso dejarte en este pueblo de mala muerte. Te he buscado durante casi catorce años, y ahora que te he encontrado, no dejaré que sigas lejos de mí. A continuación, ordenó a sus hombres que agarraran a su hijo y lo subieran al auto en contra de su voluntad, para luego dirigirse al helicóptero. No obstante, Arvid pidió un momento. —Solo déjame despedirme —suplicó. Se acercó a Kris y, con un nudo en la garganta, dijo—: Perdón por no poder quedarme a tu lado, crecer juntos e ir a la universidad juntos. —Arvid, no me dejes… —Prometo que apenas cumpla los dieciocho volveré, nos casaremos y viviremos en este pueblo muy felices. Tendremos muchos hijos que correrán por este patio —sonrió y dejó caer unas lágrimas. Llevó su mano al rostro de ella y acercó sus labios para profundizar un beso que dejó perpleja a Marlín—. Volveré, Kris. Solo espérame. —Ya fue suficiente —interrumpió Sergio. Agarró el brazo de Arvid y lo llevó a rastras de aquel lugar. Cuando subieron al auto, aquel adolescente no dejó de mirar hacia atrás. Su amada Kris se había quedado parada, contemplándolo partir. “Volveré, Kris, volveré por ti”, pensó. Cuatro años pasaron. Desde hacía dos años, Kristhel Randall esperaba todos los días la llegada de la chiva, por si su amado Arvid aparecía. No obstante, él nunca llegó. Durante los primeros dos años esperó sus cartas, las cuales nunca llegaron; y desde hacía dos años lo esperaba a él, pues ya había cumplido la mayoría de edad y se suponía que debería haber ido por ella. Sin embargo, no tenía noticias ni de Arvid ni de su madrina Marlín. Al ver bajar a todas las personas de la chiva, el corazón de Kris se destrozó: era un día más sin Arvid. Antes de que su hija saliera del colegio, Magda había salido de compras. Caminaba muy sonriente y saludando a todos los vecinos. De pronto, su corazón se detuvo y, al segundo siguiente, latió con fuerza: el hombre que se encontraba a solo unos metros era su esposo. Aunque los años pasaran, ella podía reconocer el porte de aquel hombre. Magda tragó grueso y soltó las fundas de agarradera que llevaba en las manos; al caer al suelo, las frutas y verduras rodaron por la vía. Antes de que él la viera, se desvió del camino y tomó otra calle. Mientras corría, observó la hora en su reloj de mano; al ver la hora, supuso que Kris ya debía estar en casa. Al tomar el camino a su hogar, miró hacia atrás: nadie la seguía. Volvió a correr; sus piernas temblaban y su corazón latía con fuerza. El miedo de que aquel hombre encontrara a su hija y la lastimara se apoderó de ella. Magda llegó a casa, abrió la puerta con brusquedad y encontró a su hija llorando nuevamente sobre la cama. Ya sabía el motivo: había sido así desde que Arvid partió. Sacó la ropa de Kristhel y la suya, y preparó de manera rápida las maletas. —¿Qué pasa? ¿Por qué estás así? ¿Y esa maleta? —preguntó Kris. —Debemos irnos del pueblo. —¿Dónde vamos? —No preguntes y solo obedece. —Mamá, no puedo irme. Arvid volverá por mí, y si no me encuentra cuando venga… —Arvid no volverá por ti. Ya olvídate de esa promesa. Si Arvid hubiera querido volver, ya lo habría hecho: hace dos años cumplió la mayoría de edad. No ha escrito ni tampoco ha venido. Si no lo ha hecho, es porque no volverá. — Yo sé que volverá… Algo le ha de haber pasado. —Hija, Arvid se ha convertido en un CEO muy importante. A estas alturas, las mujeres le sobran. ¿Crees que aún seguirá pensando en la niña de ojos cielo y cabellos de sol? —Arvid me ama y sé que volverá por mí. Al ver que su hija no entraba en razón, Magda tomó las maletas y le pidió que la siguiera. Cuando Magdalena abrió la puerta, se dio cuenta de que varios hombres se acercaban a su casa. Rápidamente la cerró y se dirigió a Kris: —Vete ahora. Caminó hasta la puerta trasera y colocó la maleta de Kris en los brazos de esta. —¿Por qué me dices que me vaya? ¿No dijiste que iríamos las dos? —Al verla mirando por la rendija, inquirió—: ¿Qué pasa? Los ojos de Magda Randall se iluminaron.—Ya es muy tarde para hablar de ese tema —dijo Kris.—¿Tarde? ¿Por qué es tarde? ¿Tienes a alguien en Yucán?—No, pero tú sí tienes —Arvid sonrió—. Y por respeto a esa mujer no deberías escarbar en el…—Es mi secretaria, solo eso. No tengo a nadie, Kris. No dejé tiempo para buscarte un reemplazo, ya que quiero llevarte por siempre en mi corazón.Aquellas palabras la gratificaron. En serio quiso lanzarse a sus brazos y decirle cuánto lo amaba, pero no sabía si él deseaba ese abrazo y ese beso tanto como ella. Por ello simplemente respondió:—Yo no quería casarme, Arvid, y te lo hice saber muchas veces cuando hablaba de mi carrera y de lo que quería hacer. Y cuando tú hablabas de un hogar, hijos, unas largas vacaciones en Valleral, viajes en familia recorriendo el mundo… veía difícil lograr lo que quería, porque tú soñabas con una cosa y yo con otra.No lo miraba cuando hablaba, pero él sí.—¿Creíste que no te dejaría realizar tus sueños? ¿Que los truncaría solo para conseguir los míos?
Cuando Ellyün le pidió a Kris que fuera madrina de su pequeña bebé, ella supo de inmediato que allí estaría él. Quiso rechazar la petición por temor a regresar y encontrarlo, pero Ellyün no merecía ese rechazo, y menos aún aquella hermosa bebé que tenía por hija.Por ello decidió aceptar y enfrentar su miedo: el miedo a verlo de la mano de otra mujer.Y allí estaba, junto a una hermosa dama con la que conversaba amablemente antes de que ella saliera. Desde el interior de la casa podía verlo: vestido de blanco, con un traje hecho a su medida, zapatos brillantes y su perfecto peinado.—Es hora —dijo Ellyün.Kris le sonrió y fue tras ella. Mientras se dirigían al jardín donde estaba organizado todo, Ellyün se detuvo a saludar a alguien; Kris continuó hacia el cura. Cuando los ojos de Arvid se posaron en ella, sintió que las piernas se le volvían gelatina.Se quedaron mirándose durante largos segundos, hasta que la mujer se paró y empezó a sacudirle el traje. En ese instante alguien rodeó
Le dolió, le dolió en el alma decirle todas esas cosas que en realidad no sentía. Ver a Arvid así, destruido y en agonía, la destrozó por dentro. Tuvo ganas de saltar a sus brazos y decirle cuánto lo amaba, que ningún otro hombre podría ocupar su lugar ni sacarlo de allí. Sin embargo, su cobardía no se lo permitió. Se quedó en silencio viéndolo partir, viendo cómo se marchaba con el corazón desgarrado y dejaba el suyo igual de roto.Volvió a casa y se encontró con Fred. Al verla en ese estado, él le preguntó:—¿Qué te sucede? ¿Te encuentras bien?Ella asintió.—Estoy muy bien. Creo que deberías ir a ver a Arvid.—¿Por qué?—Solo ve —suspiró, aguantando las lágrimas—. Imagino que está en la mansión.Dicho eso, se encerró en su habitación a llorar. Lloró con tanta fuerza que su madre tocó la puerta en repetidas ocasiones, pero no le abrió. No quería dar explicaciones; solo deseaba sumergirse en el dolor y llorar hasta que cesara ese ardor que le quemaba el pecho. Sin embargo, mientras m
Después de haberle dado el sí a Arvid, él no dejó de trabajar en la organización de la boda. La madre de Kris estaba al frente de todo y, al tratarse de un enlace en solo dos meses, todos estaban extremadamente atareados.Kris no sabía por qué razón no podía sentirse feliz ante su próxima boda. Junto a Ellyün caminó hasta el comedor de la universidad, se sentaron allí y ella soltó un profundo suspiro.—¿Sucede algo? —preguntó Ellyün, que hasta ella notaba que Kris no estaba contenta, aunque Arvid parecía no percibirlo.—Me casaré muy pronto —dijo Kris, forzando una sonrisa—. Pero no me siento feliz, Ellyün. No me siento preparada, siento que aún no es el momento. Quiero seguir soltera, quiero vivir la vida como la vive una joven de mi edad, cumplir mis metas, hacer muchas cosas… pero no casarme. Y me siento la mujer más miserable del mundo por fingir ante Arvid que estoy contenta con casarnos.—¿Y por qué no se lo dices? ¿Por qué no le comentas que aún no estás preparada para dar ese
Último capítulo