Mundo ficciónIniciar sesiónCuando Cristina salió por fin del probador, tratando de recomponerse y ocultar el rastro de la discusión con Alejandro, encontró a Xiomara un poco más allá, deslizando las manos con fascinación sobre varios vestidos de gala exhibidos en los percheros.
—¿Vas a comprar uno? —le preguntó Cristina, intentando forzar un tono alegre para dejar atrás sus propias inseguridades.
Xiomara soltó un suspiro cargado de fingida lástima y dejó caer los hombros, mirando de reojo a su amiga.
—No, qué va... No tengo suficiente dinero —respondió, entornando los ojos con amargura—. Para serte sincera, Cristina, si tú no me hubieras regalado el vestido de dama de honor, ni siquiera tendría qué ponerme para ir a tu boda.
El corazón bondadoso de Cristina se conmovió de inmediato ante el lamento de la mujer. Sin pensarlo dos veces, se acercó a ella con una sonrisa cálida.
—¿Cuál de todos te gusta más? —preguntó.
—¡Ay, todos! Son una belleza... —exclamó Xiomara, recorriendo las telas exclusivas con ojos codiciosos.
—Entonces elige el que quieras —le dijo Cristina con total generosidad—. Tómalo como un regalo mío. Quiero que te veas hermosa ese día.
Los ojos de Xiomara se iluminaron con una mezcla de triunfo y cinismo. Sin poder creer la ingenuidad de su víctima, se abalanzó sobre ella para rodearla con un abrazo hipócrita, apretándola contra su pecho mientras por encima de su hombro sonreía con malicia.
—¡Gracias, eres la mejor amiga del mundo! —exclamó con voz melosa.
En cuanto se separó, Xiomara no dudó un solo segundo: caminó directo al fondo de la boutique y descolgó el vestido más costoso de toda la tienda, lista para exprimir la billetera de Cristina una vez más.
Al llegar a la mansión, Cristina no pudo contenerse y le contó a su nana el amargo momento que había pasado en la boutique por culpa de Alejandro. Beatriz escuchó con atención, soltando un suspiro de resignación al oír el nombre del joven.
—Ese Alejandro Villarreal nunca va a cambiar, mi niña —dijo la nana, negando con la cabeza—. Pero bueno, hay que admitir que eso no le quita lo atractivo que es. Por eso es tan presumido; sabe perfectamente que las mujeres se derriten por él y andan siempre detrás de sus pasos. Tú no le hagas caso, no dejes que te amargue tu momento.
Cristina se sentó en la cama y se quejó de su pierna; la ida a la tienda de ropa le estaba pasando factura.
—¿Te traigo tus pastillas, mi amor?
—No, nana, estoy bien, ya sabes cómo es esto —le respondió Cristina. Desde el accidente, esa había sido su vida: limitada por culpa de su pierna.
Mientras tanto, en el centro de la ciudad, la atmósfera en el imponente despacho presidencial de las empresas Villarreal era completamente distinta. Roberto Villarreal, el patriarca de la familia, revisaba minuciosamente una serie de documentos sobre su escritorio. Quería tener absolutamente todo listo para el nombramiento de su nuevo sucesor.
En ese momento, Alejandro entró a la oficina con su habitual aire de seguridad, pero se detuvo en seco al notar la presencia de los abogados de la familia. Intrigado por la escena y presintiendo que algo no marchaba a su favor, cruzó los brazos y miró a su padre.
—¿Qué significa todo esto, papá? —preguntó con evidente desconfianza.
Roberto levantó la mirada, seria e implacable, y acomodó los papeles antes de hablar.
—Es muy simple, Alejandro. Como tú no tienes la más mínima intención de casarte ni de sentar cabeza, voy a tener que entregarle la sucesión de las empresas a Ernesto, mi mano derecha. Él ha trabajado conmigo por más de diez años y conoce este imperio al derecho y al revés.
Al escuchar aquellas palabras, Alejandro sintió que la sangre le hervía. La indignación lo hizo dar un paso al frente, golpeando suavemente el escritorio.
—¡¿Qué?! ¡Esto tiene que ser una broma! —exclamó, furioso—. ¿Cómo es posible que prefieras darle el liderazgo de nuestras empresas a un extraño? ¡Ernesto no es de la familia! ¿Vas a dejar fuera a tu propio hijo por un empleado?
—Ernesto es un hombre intachable y responsable —replicó Roberto, sin perder la calma pero con una firmeza que hizo eco en las paredes del despacho—. Me lo ha demostrado en cada uno de los años que lleva trabajando a mi lado. Hoy por hoy, es el mejor sucesor que estas empresas pueden tener. Entiéndelo bien, Alejandro: si mi propio hijo no tiene la capacidad, la madurez ni la seriedad necesarias para manejar este imperio, entonces no le voy a dejar absolutamente nada.
Alejandro salió furioso de la oficina, dando un portazo que resonó en todo el pasillo. La rabia le nubbaba el juicio. Era cierto que le gustaba la fiesta, el descontrol y las mujeres, pero su padre estaba siendo profundamente injusto: él no era ningún aparecido. Llevaba trabajando codo a codo en la constructora desde el mismo día en que se había graduado de la universidad, entregando diseños brillantes y demostrando su talento como arquitecto. Que ahora pretendieran dejarlo fuera de su propio legado por no querer firmar un acta de matrimonio le parecía una traición imperdonable.
Mientras tanto, ajeno a las tormentas de los Villarreal, Rafael llegaba a la mansión de Cristina. Llevaba en las manos un enorme y vistoso ramo de rosas rojas, el camuflaje perfecto para sus verdaderas intenciones.
—¡Mi amor! —exclamó Cristina, con los ojos iluminados de emoción en cuanto lo vio entrar a la estancia.
—Hola, mi vida. Estás bellísima —le respondió él, forzando una sonrisa ensayada y cargada de hipocresía.
Conmovida por el detalle, Cristina se impulsó hacia él, pero su pierna le falló y terminó en el piso. Rafael la miró con desprecio por unos segundos antes de fingir preocupación; luego la tomó entre sus brazos y la ayudó a levantarse.
—Mi amor, lo siento —le dijo ella, apenada.
—Está bien, cariño, no pasa nada. no mi importa tener que levantarte todos los días si es necesario.
—Mi amor, mañana por fin es el gran día —susurró ella, abrazada a su cuello, sintiéndose la mujer más afortunada del mundo.
—Sí, mi vida, estoy tan ansioso... Te amo tanto —replicó Rafael, rompiendo el contacto suavemente para mirarla a los ojos.
Aprovechando el momento de vulnerabilidad y ternura, soltó el anzuelo—: Y precisamente por eso, mi amor, quería recordarte tu promesa... Esa de que seré yo quien maneje absolutamente todo lo relacionado con tus empresas. Es que ya no quiero que te preocupes por contratos ni finanzas; quiero que te dediques por completo a descansar y a tu tratamiento para la pierna.
Cristina lo miró con profunda devoción, conmovida por lo que ella creía que era una muestra genuina de amor y protección.
—Claro que sí, mi amor, no tienes por qué preocuparte —le aseguró, acariciándole la mejilla—. Mañana serás mi esposo y, en cuanto firmemos, te daré el poder absoluto para que te encargues de todo. Confío ciegamente en ti.







