Capítulo 3: ¡Es Insoportable!

Aquella noche, el sueño se convirtió en un lujo inalcanzable para Cristina. La ansiedad y la emoción formaban un torbellino en su pecho que la mantenía despierta, obligándola a dar vueltas y vueltas entre las sábanas de su amplia cama. La boda estaba a la vuelta de la esquina; apenas faltaban cuarenta y ocho horas para unir su vida a la de Rafael. Le parecía algo increíble, un giro maravilloso del destino que apenas lograba asimilar.

 ​Incapaz de seguir atrapada en la quietud de las cobijas, se incorporó con cuidado. Deslizó sus piernas fuera del colchón y, con el andar pausado y desigual que le imponía su lesión, caminó hacia la cómoda.

 ​Allí, bajo la tenue luz de la lámpara de noche, descansaba el objeto que buscaba: una vieja fotografía de sus padres.

 ​La tomó entre sus manos con una delicadeza infinita, casi temiendo que el recuerdo pudiera romperse al tacto. Con la yema de los dedos delineó los rostros de las dos personas que más había amado y que la muerte le había arrebatado tan pronto en aquel trágico accidente. Sintiendo un nudo de nostalgia y felicidad en la garganta, comenzó a hablarles en un susurro, rompiendo el silencio de la habitación.

 ​Les contó, con el corazón en la mano, lo emocionada que estaba. Les habló de Rafael, de lo mucho que la cuidaba, y de cómo ese hombre maravilloso había llegado a curar las heridas de su soledad y sus complejos. Les juró que iba a ser muy feliz y que, desde donde estuvieran, por fin podrían dejar de preocuparse por su pequeña niña.

 ​Abrazando el portarretratos con fuerza contra su pecho, como si al hacerlo pudiera sentir un pedazo del calor familiar que tanto extrañaba, Cristina regresó a la cama. Se acurrucó de lado, manteniendo la fotografía bien pegada a su corazón, y así, arrullada por la promesa de un futuro perfecto, se quedó profundamente dormida.

 A la mañana siguiente, muy temprano, Xiomara llegó a la mansión de Cristina. El plan del día era ayudarla a elegir la lencería para su noche de bodas, una excusa perfecta para seguir de cerca cada uno de sus movimientos. Recorrieron varias de las tiendas más exclusivas de la ciudad, pero ningún conjunto lograba hacer sentir cómoda a Cristina. Detrás de los estantes, Xiomara se burlaba disimuladamente; le causaba una gracia infinita ver la inseguridad de su supuesta amiga.

 ​Finalmente, en una sofisticada boutique, Cristina entró al probador con un conjunto seleccionado por Xiomara. Fingiendo una urgencia para ir al baño, la mujer se alejó del lugar, dejando a Cristina sola.

 ​Dentro del probador, frente al enorme espejo de luces cálidas, Cristina se contempló. Verse en aquel encaje diminuto y sensual, lejos de hacerla sentir hermosa, avivó sus peores complejos: se sintió más fea, desproporcionada y sin gracia que nunca. Con un nudo en la gola, se dio la vuelta para tomar su ropa de diario, pero calculó mal el movimiento; sus prendas se habían resbalado de la banqueta, cayendo fuera del probador.

 ​Al intentar estirarse para alcanzarlas, el estabilizador de su pierna falló, haciéndola perder el equilibrio. Cristina cerró los ojos, esperando el doloroso impacto contra el suelo, pero antes de caer, unos brazos fuertes y firmes la sujetaron por la cintura, sosteniéndola con sorprendente facilidad.

 ​Asustada y con el corazón a mil por hora, Cristina abrió los ojos y miró hacia arriba. Al enfocar la vista, se topó con unos ojos verdes una sonrisa arrogante que reconoció de inmediato: era Alejandro Villarreal.

 ​—¿Qué haces aquí? —preguntó ella de inmediato, desconcertada y con la voz temblorosa al verlo irrumpir en la zona de probadores de mujeres.

 ​—Solo evito que te rompas la cabeza, no seas malagradecida —se burló él, sosteniéndole la mirada sin soltarla por completo.

 ​Cristina intentó reincorporarse, pero la debilidad en su pierna y los nervios se lo impidieron. Con un movimiento firme, Alejandro la ayudó a ponerse de pie. En cuanto se sintió firme, ella intentó cubrirse el cuerpo con los brazos; se moría de la vergüenza, sintiendo las mejillas arder. Alejandro, fiel a su estilo descarado, la recorrió con la mirada de pies a cabeza y luego esbozó una media sonrisa.

 ​—Te burlas de mí, como siempre lo has hecho —le reclamó ella, al borde de las lágrimas por la humillación.

 ​Él no respondió al ataque. Con un gesto rápido, se agachó para recoger la ropa del suelo y se la extendió. Cristina le arrebató las prendas de las manos y se ocultó de inmediato tras la cortina del probador para vestirse a toda prisa. Mientras se cambiaba, con la tela de por medio, volvió a interrogarlo, indignada:

 ​—No me has respondido, Alejandro. ¿Qué demonios haces metido aquí?

 ​—Me estoy escondiendo de una de mis amantes —respondió él con total naturalidad, recostándose de hombros contra la pared exterior del probador—. Me vio entrar a la tienda y quiere seguramente reclamarme porque no la he llamado. Y la verdad, no está tan buena como para soportar sus reclamos. 

 ​— ¿Y que haces en una tienda de lencería?.

 ​— Tengo una cita con una sensual rubia esta noche, y le llevo algo lindo que usar.

 ​—Eres un cerdo... —escupió Cristina desde el interior, abrochándose la blusa con manos torpes.

 ​—Dime lo que quieras, pero al menos no soy un adefesio como tu...Entenderás —replicó Alejandro, usando ese tono pesado que siempre la hacía rabiar desde que eran niños.

 ​—¿Sabes qué? ¡Lárgate de aquí! —sentenció ella, abriendo la cortina de golpe, ya completamente vestida y con los lentes puestos.

 ​Alejandro no se movió. La miró fijamente, cruzándose de brazos, y con una mezcla de cinismo y curiosidad, soltó el golpe definitivo:

 ​—Vi en las revistas de sociedad que te casas en dos días. Dime una cosa... ¿Quién demonios tuvo tan mal gusto?

 —¡Cállate, Alejandro! —lo cortó Cristina, con la voz temblando de rabia—. Mejor vete antes de que tu amante te vea y termines perdiendo la fortuna que acabas de heredar.

 ​—¿Heredar? Estás loca —replicó él, soltando una risotada amarga—. Mi amado padre ahora me exige casarme para ser su sucesor. El viejo todavía vive en los tiempos antiguos, cree que un papel firmado me va a cambiar.

 ​Al escuchar aquello, una chispa de satisfacción cruzó la mirada de Cristina, quien no pudo evitar esbozar una sonrisa irónica.

 ​—¡Wow! Eso es exactamente lo que te mereces por todas tus humillaciones —sentenció ella, acomodándose los lentes—. Que seas muy feliz buscando una esposa obligada. Yo, en cambio, seré feliz con el amor de mi vida.

 ​—Sí, claro, como sea. Allá él y su pésimo gusto —respondió Alejandro con desdén, restándole importancia con un gesto de la mano—. Yo jamás me casaría con una mujer como tú. Adiós.

 ​Sin decir más, Alejandro se dio la vuelta y se alejó con paso firme, dejándola sola en el pasillo de los probadores.

 ​Cristina se quedó estática, con las palabras de él resonando en sus oídos como ecos dolorosos. El silencio de la tienda pareció volverse más pesado. Lentamente, giró sobre sus talones y regresó frente al espejo. Se miró fija, minuciosamente, deteniéndose en sus gafas gruesas, en su postura tímida y en la línea oculta de su pierna lastimada.

 ​«¿En verdad soy tan desagradable?», se preguntó en un susurro, mientras una lágrima silenciosa amenazaba con resbalar por su mejilla.

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