Mundo ficciónIniciar sesiónCon el corazón latiendo a prisa por la ilusión, Cristina tomó el teléfono. No podía aguantar un segundo más sin compartir su alegría con el hombre que le había devuelto la fe en el amor. Marcó el número de Rafael con dedos temblorosos.
Al otro lado de la línea, el teléfono vibró sobre la mesa de noche. Rafael, con el pecho aún subiendo y bajando por la agitación de los besos de Xiomara, se aclaró la garganta rápidamente antes de contestar. Cambió el tono de su voz en un segundo, adoptando esa máscara de hombre tierno y devoto que tan bien sabía usar.
—¡Mi amor! —exclamó Cristina al escuchar su voz—. ¡No sabes lo feliz que soy! Acaba de llegar el vestido de novia... Ya le hicieron el último arreglo y me queda perfecto. Me muero de ganas de que llegue el día, Rafael, me muero de ganas de ser tu esposa.
Xiomara, acostada a su lado, cubrió su boca con una sábana para ahogar una risa burlona. Rafael le dedicó una mirada de complicidad a su amante mientras le respondía a su prometida:
—Yo también me muero de ganas, mi vida. No sabes la felicidad que me da escucharte así. Eres lo más hermoso que tengo y estos dos días se me van a hacer eternos. Te amo, Cristina.
Tras unas cuantas promesas vacías más, Cristina colgó la llamada, suspirando con una sonrisa idílica dibujada en el rostro. Se quedó de pie, contemplando el encaje y la seda blanca del vestido, como si en esas telas estuviera bordado su futuro entero.
A unos metros, Beatriz la observaba en silencio. La nana esbozó una sonrisa al ver la dicha de su niña, pero por dentro, una sombra de duda la atormentaba. Había algo en Rafael y en Xiomara que no terminaba de cerrarle; una espina de desconfianza que nunca había podido arrancarse del todo. Había miradas entre esos supuestos hermanos, secretos a voces y una cortesía que a veces le parecía demasiado ensayada. Sentía, con el agudo instinto de una madre, que ocultaban algo. Sin embargo, al ver los ojos brillantes de Cristina —esos ojos que tanto habían llorado en el pasado—, la anciana prefería callar. Se decía a sí misma que tal vez eran solo celos tontos de vieja, un intento exagerado por proteger a la única familia que le quedaba, inventando fantasmas donde no los había.
Dando un paso al frente, Beatriz rompió el silencio con voz suave:
—Parece un sueño, mi niña... Verte aquí, preparando tu boda y a solo dos días de casarse. Todavía te miro y recuerdo cuando eras una jovencita y llorabas por las esquinas por aquel muchacho que te gustaba en la universidad. ¿Te acuerdas? Alejandro Villarreal.
La sonrisa de Cristina se desvaneció un poco, reemplazada por una mueca de fastidio. Agitó la mano en el aire, como queriendo espantar un mal recuerdo.
—¡Ay, nana, por Dios! No le hagas caso a eso, es una estupidez —respondió Cristina, intentando restarle importancia—. Ese hombre lo único que ha hecho en su vida ha sido burlarse de mí, desde que éramos unos niños. Y ahora se cree mucho más, intocable, solo porque su padre le va a heredar toda su fortuna. No me hables de él, por favor; mi presente y mi futuro están con Rafael.
A kilómetros de ahí, en una impresionante mansión rodeada de impecables jardines y frondosos rosales, la tensión se cortaba con un cuchillo. En el imponente despacho familiar, Alejandro Villarreal discutía acaloradamente con su padre, un hombre de carácter implacable que no estaba dispuesto a torcer el brazo.
La condición era clara y no negociable: Alejandro debía casarse y sentar cabeza antes de que se le permitiera tomar las riendas del negocio. Don Roberto Villarreal no pensaba retirarse para dejar el esfuerzo de toda su vida y la fortuna de la familia en manos de un irresponsable.
A sus 29 años, Alejandro era un arquitecto brillante por profesión, pero un alma indomable por elección. Atractivo, magnético y consciente de su poder, le fascinaban las fiestas, el lujo y la compañía de mujeres hermosas que no exigieran compromisos. Detestaba la sola idea del matrimonio; para él, firmar un papel significaba asfixiar su libertad. Sin embargo, había algo que deseaba con la misma intensidad con la que rechazaba el altar: el control total del imperio familiar.
Y no era un imperio cualquiera. Los Villarreal formaban parte de la élite más exclusiva y poderosa de Los Ángeles, dueños de una de las firmas inmobiliarias y constructoras más grandes de todo el país. Su nombre era sinónimo de opulencia; manejaban un monopolio dedicado al diseño y edificación de hoteles de cinco estrellas, condominios vanguardistas y residencias de un lujo inimaginable.
Alejandro se pasó una mano por el cabello, frustrado, midiendo sus pasos por el despacho mientras la mirada severa de su padre le exigía una respuesta. Sabía que estaba acorralado entre el estilo de vida que tanto amaba y el legado que por derecho —y ambición— le correspondía.







