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Capítulo 6: ¿Necesitas Una Esposa?

Las lágrimas le nublaban la vista, y mientras su corazón se partía en pedacitos, les gritó con todas sus fuerzas. 

  ​—¡Malditos!

  ​Rafael y Xiomara se separaron de golpe, asustados al verse descubiertos. Al ver la rabia de Cristina, Rafael corrió hacia ella para detenerla. Cristina intentó cerrar las puertas del ascensor con desesperación, pero él metió la mano a la fuerza, la jaló del brazo con brutalidad y la tiró al suelo.

  ​—¡Cristina, espera! ¡No es lo que parece! —chilló Xiomara, desesperada por salvar el plan y los millones—. ¡Déjame explicarte! Todo es un malentendido...

  ​—¡Cállate! ¡No me hables! —le rugió Cristina desde el piso, mientras el aparato de su pierna se le enterraba dolorosamente por el golpe—. No les creo nada... ¡Son unos infelices, unos desgraciados!

  ​Rafael, al ver que la mentira ya no servía, cambió su cara de susto por una sonrisa cínica. Cansado de fingir, se paró frente a ella y le gritó con total desprecio:

  ​—¡Sí, es cierto! ¿Quieres la verdad? ¡Ahí la tienes! Xiomara y yo somos amantes. Nos amamos y nos deseamos. ¡No somos hermanos! Y si quieres saberlo todo: besar una mujer como tú solo me daba asco... ¡un asco infinito!

  ​Cada palabra fue como una puñalada para Cristina.

  ​—¿Por qué...? —preguntó con un hilo de voz y llorando sin parar—. ¿Por qué engañarme así?

  ​—¡Por dinero! —le espetó Rafael con una risa fría—. ¿Por qué más sería? Tus millones eran lo único que valías. ¿O de verdad creiste que me fijaría en ti por otra cosa?

  ​Cristina miró a Xiomara buscando algo de piedad, pero su amiga solo la miraba con lástima fingida. Humillada, Cristina intentó ponerse de pie, pero su pierna izquierda falló por completo debido al golpe y los nervios. Volvió a caer de rodillas.

  ​Al verla batallar, Rafael se burló sin piedad:

  ​—Mírate... das asco.

  ​Xiomara, al darse cuenta de que la fortuna se les había escapado a horas de la boda, estalló de rabia:

  ​—¡Maldita coja! ¡No te mereces nada de lo que tienes! ¡Fea, coja asquerosa!

  ​Rafael tomó a Xiomara del brazo y ambos entraron al apartamento, cerrando la puerta con un golpe fuerte.

  ​Sola en el pasillo, Cristina se arrastró por el suelo hasta apoyarse en la pared para poder levantarse. El dolor de su pierna no era nada comparado con el vacío en su pecho. Quiso ir a golpear la puerta, pero se detuvo. Ya no tenía caso.

  ​Entró al ascensor con el alma rota. Cuando llegó al primer piso, Cristina salió como un alma en pena, con la mirada perdida e ida por el dolor. Caminaba con mucha dificultad por el dolor de su pierna.

  ​—Señorita, ¿qué tiene? ¿Le pasó algo? —le preguntó el vigilante al verla tan pálida y llorando.

  ​Ella no respondió. Pasó de largo, arrastrando los pies, caminando sin rumbo hacia la calle.

 El chófer le preguntó que sucedía, pero ​Cristina no escuchaba nada; el zumbido de la traición en sus oídos era ensordecedor. Obsesionada con huir de ese maldito lugar, aceleró el paso todo lo que el estabilizador de su pierna le permitía. Llegó a la esquina e intentó cruzar la avenida sin mirar a los lados.

 ​El chillido estridente de unos neumáticos rompió el aire. Un imponente auto de lujo frenó de golpe, a escasos centímetros de ella. El susto y el violento movimiento para evitar el impacto hicieron que Cristina perdiera el equilibrio y cayera pesadamente sobre el pavimento.

 ​La puerta del conductor se abrió de inmediato y un hombre se bajó a toda prisa, con el rostro pálido por el susto y la adrenalina. Para sorpresa del destino, ese hombre era Alejandro Villarreal.

 ​—¡¿Pero qué demonios te pasa?! ¿Estás loca o qué...? —comenzó a reclamar él con su habitual tono imponente, pero sus palabras se congelaron cuando la reconoció en el suelo.

 ​Al verla temblar de pies a cabeza, con el rostro empapado en llanto y una mirada de absoluto desamparo, la arrogancia de Alejandro se desvaneció. Se agachó rápidamente y la tomó entre sus brazos con una firmeza y una delicadeza que nunca antes había mostrado con ella.

 ​—Cristina... Cristina, mírame. ¿Qué te sucede? ¿Estás herida? —le preguntó, con una genuina nota de preocupación en la voz mientras la sostenía contra su pecho.

 ​Ella levantó la mirada, fijando sus ojos llenos de lágrimas y dolor en el hombre que se había burlado de ella toda la vida, el único que, irónicamente, la había sostenido en sus peores caídas. Con la voz rota, pero con una determinación nacida de la más profunda sed de venganza, le hizo la pregunta que cambiaría el destino de todos:

 ​—¿Aún necesitas una esposa?.

 ​—No entiendo por qué me preguntas eso ahora —replicó él, confundido—. ¿Qué tiene que ver eso con lo que te está pasando?

 Cristina no le responde, sus lágrimas nuevamente llenan sus rostro. 

 Alejandro la carga en sus brazos y la sube al auto.

 Apenas avanzaron, Cristina se apoyo contra la puerta del conductor y se abrazó a sí misma, llorando en silencio. Alejandro la miraba desconcertado. No entendía qué le pasaba a esa mujer que siempre parecía aguantarlo todo.

 ​—¿Qué te está sucediendo, Cristina? ¿Por qué estás así? —le preguntó.

 ​Ella apenas podía respirar por el nudo en su garganta.

 ​—Estoy cansada... Tan cansada de tanto dolor, de tantas humillaciones —logró decir entre sollozos.

 ​—¿Qué pasó en ese lugar? —insistió él, apretando el volante—. Dime qué te hicieron.

 ​Cristina lo miró fijamente. Sus ojos reflejaban una profunda sed de venganza. Con firmeza, le volvió a preguntar:

 ​—¿Aún necesitas una esposa?.

 ​—Sí —respondió Alejandro, mirándola con seriedad—. Ya te lo había dicho. Mi padre nos exige casarnos para poder estar a cargo de toda la fortuna de la familia. Si no lo hago, lo perderé todo.

 ​Cristina se le quedó mirando en silencio mientras el auto avanzaba. En su mente, el plan ya estaba armado. Sabía exactamente lo que tenía que hacer: vengarse de Rafael y Xiomara, y Alejandro era la pieza perfecta para lograrlo.

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