Mundo de ficçãoIniciar sessãoOlivia Blake fue traicionada por aquellos que más amaba: su padre la condenó, su hermana gemela Maia la destruyó, y en una sola noche perdió todo… incluso a los hijos que había jurado proteger. Creyeron que estaba acabada, pero Olivia sobrevivió. Ahora, cinco años después, regresa con un nuevo rostro y una determinación inquebrantable: recuperar lo que le arrebataron. Lo que nunca imaginó es que su camino volvería a cruzarse con Max Brook, el magnate más poderoso de la ciudad, el mismo hombre que cambió el rumbo de su vida sin saberlo. Atrapado entre las mentiras de Maia y la atracción inexplicable hacia aquella misteriosa mujer que parece conocerlo más de lo que aparenta, Max comienza a dudar de todo lo que creía cierto. Mientras Maia lucha por aferrarse al poder con mentiras cada vez más peligrosas, Olivia prepara un juego de venganza que amenaza con desmoronar la fachada perfecta de los Blake y revelar secretos imposibles de enterrar. En una guerra de hermanas marcada por la ambición, el odio y la sangre, ¿quién logrará imponerse cuando la verdad salga a la luz?
Ler maisOlivia Blake abrió los ojos con un sobresalto. El techo desconocido, la suave luz filtrándose por las cortinas y el olor a alcohol mezclado con perfume masculino le confirmaron lo impensable: no estaba en casa. El dolor en su cuerpo, la desnudez bajo las sábanas arrugadas y las imágenes difusas de la noche anterior —manos firmes tocándola, besos intensos que le robaban el aliento— le golpearon la mente como ráfagas. Un escalofrío le recorrió la piel.
Quiso levantarse, cubrirse, huir… pero la puerta se abrió de golpe.
—¡Olivia! —la voz de su padre, Dereck Blake, resonó como un trueno en la habitación. Su figura se recortó en el umbral, rígida, con el rostro desencajado entre furia y preocupación.
Tras él apareció Maia, su hermana gemela, fingiendo angustia mientras sus ojos se clavaban en la cama deshecha, en las sábanas manchadas. Una chispa maliciosa brilló en su mirada antes de esconderla tras una máscara de horror.
—¿Qué ha pasado aquí? —exigió Dereck, avanzando a grandes zancadas.
Olivia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No pudo hablar. El rostro de su padre se endureció aún más al descubrir las marcas rojizas en su cuello, la ropa tirada por el suelo como pruebas condenatorias.
—¡Esto es inaceptable! —rugió, señalando la cama con el dedo tembloroso—. ¡Está más que claro lo que ocurrió!
—Papá… no es lo que parece… —balbuceó Olivia, abrazándose a la sábana.
—¡No nos mientas! —la interrumpió él con un ademán brusco—. Todos estábamos buscándote, llamándote, y ahora entiendo. ¡Te estabas revolcando con un hombre!
—¡No! —sollozó ella—. Yo… no recuerdo nada… alguien me…
No alcanzó a terminar. Dereck levantó la mano y la bofeteó con tal fuerza que la cabeza de Olivia giró hacia un lado. El dolor le ardió en la mejilla.
—¡Basta de excusas! —bramó.
En ese instante, Olivia contempló a su hermana celebrando con evidente júbilo, y comprendió de inmediato que ella estaba detrás de todo lo ocurrido. Sin embargo, consciente de su frágil posición dentro de la familia Blake, sabía con absoluta certeza que, aunque revelara la verdad, su padre jamás le daría crédito.
—Papá… por favor… —susurró ella con lágrimas cayendo sin control.
El segundo golpe fue aún más brutal. El labio inferior de Olivia se partió, tiñendo la sábana de rojo. Maia bajó la vista, fingiendo conmoción, pero sus labios temblaron en un gesto que no era de llanto, sino de satisfacción.
Maia se inclinó junto a su hermana, fingiendo compasión.
—Papá, por favor, no le pegues más. Tienes que comprender que, al venir del campo y sin educación, ella no entiende lo que significa la decencia.—Mira tu propio cuerpo —espetó Dereck—. ¿Todavía te atreves a negarlo? No eres nada a comparación de tu hermana. Ella si es una Blake que le ha traído honor a la familia.
Mientras Dereck empezaba a caminar hacia la puerta, lanzando una última mirada de desprecio a su hija, Olivia se quedó allí, arrodillada en el suelo, con la sombra de Maia proyectándose sobre ella.
—Recoge tus cosas y vuelve a casa —ordenó Dereck sin mirarla—. Esto no ha terminado.
La puerta se cerró de golpe, dejándola sola con Maia. Su hermana finalmente dejó escapar una sonrisa de satisfacción mientras se inclinaba para susurrarle al oído:
—¿Lo ves, hermana? —susurró, inclinándose sobre ella—. Nadie te cree. Y aunque grites la verdad… seguirá siendo inútil.
Las lágrimas de Olivia se mezclaron con la sangre en su boca. En el fondo, sabía que Maia tenía razón, jamás le creerían.
…
Más tarde
Maia Blake estaba reclinada en un elegante sillón de su habitación, la luz cálida de la lámpara bañaba sus facciones mientras sostenía una copa de vino tinto. Sonreía con deleite, contemplando a través del ventanal el paisaje nocturno de la ciudad. Todo había salido según lo planeado: Olivia había sido despojada de su inocencia, su padre había presenciado la escena vergonzosa y ahora la reputación de su hermana quedaría manchada para siempre.
—Ahora sí, papá se dará cuenta de quién merece realmente su respeto… —susurró para sí, paladeando otro sorbo de vino.
El sonido vibrante de su celular la sacó de su ensueño. Frunció el ceño al ver el número desconocido, pero al contestar reconoció de inmediato la voz del hombre que había pagado para arruinar a Olivia.
—Vaya, no esperaba tu llamada —dijo ella, fingiendo entusiasmo—. Has hecho un gran trabajo. No te imaginas lo agradecida que estoy…
—No cantes victoria todavía —la interrumpió el hombre con voz grave.
El gesto de Maia se tensó.
—¿Qué quieres decir? ¿Acaso no cumpliste con tu parte?
Hubo un silencio breve, casi incómodo. Luego, el hombre soltó la bomba:
—No estuve con tu hermana. Alguien más entró a esa habitación antes que yo.
Maia se quedó helada, su copa tembló en su mano.
—¿Cómo que alguien más? ¿Quién? —exigió con un hilo de voz.
—Pude conseguir el video de la cámara de vigilancia del hotel. Te lo mandaré. Será mejor que lo veas con tus propios ojos.
El corazón de Maia se aceleró. Colgó la llamada y, segundos después, un archivo de video llegó a su celular. Con dedos nerviosos lo abrió.
En la pantalla, observó cómo Olivia tambaleaba al entrar en aquella habitación de hotel, vulnerable, desorientada. Minutos después, la imagen mostró a un hombre alto, de porte imponente, ingresar tras ella y cerrar la puerta. La cámara no captó más, pero bastó para que un escalofrío recorriera el cuerpo de Maia.
La copa de vino resbaló de su mano, derramándose sobre la alfombra, olvidada.
El hombre del video no era otro que Max Brook.
El nombre retumbó en su cabeza como un trueno. Max Brook, el magnate que dominaba el mundo empresarial de la ciudad, un hombre cuya influencia alcanzaba hasta los cimientos del poder político y financiero. Nadie osaba enfrentarlo. Nadie.
Maia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Su plan, que había imaginado perfecto, acababa de convertirse en una pesadilla. Involucrar a Olivia con Max jamás había estado en sus cálculos. Si ese video salía a la luz, no solo quedaría expuesta su conspiración… Max mismo podría buscarla, y entonces, su vida estaría en verdadero peligro.
El miedo la rodeó como un velo helado, inmovilizándola. Sabía que debía actuar rápido. Debía decidir si ocultar el video, destruirlo o… utilizarlo.
Pero con Max Brook, un movimiento equivocado podía significar su final.
El tiempo había pasado como un suspiro. Los días de caos, secretos, traiciones y redención eran ya parte de un capítulo antiguo, un pasado que ahora se leía en susurros entre los recuerdos, como un libro cuyas páginas desgastadas solo confirmaban lo lejos que habían llegado.La casa de campo donde vivía la familia Brook-Blake estaba rodeada de naturaleza y tranquilidad. Amplios jardines, una biblioteca con paredes repletas de libros, y una cocina siempre llena de vida. Pero ese día, algo especial flotaba en el aire.—¿Mamá, has visto mi chaqueta blanca? ¡La de laboratorio! —preguntó Mia, entrando con el cabello recogido en una coleta, un estetoscopio colgando de su cuello.—Está en la silla del comedor, justo donde la dejaste —respondió Olivia, con una sonrisa divertida mientras preparaba café.Mia tenía ahora 15 años, pero su madurez y tenacidad la hacían parecer mayor. Había decidido seguir los pasos de su madre, Olivia, quien después de todo lo vivido, había retomado su pasión por
…El cielo estaba despejado y una brisa cálida acariciaba el campo florido a las afueras de la ciudad. Max había insistido en llevar a Olivia y a los niños a pasar el día en aquel lugar tranquilo, rodeado de naturaleza, donde las risas de los pequeños podían escucharse con libertad.Olivia se recostó en una manta extendida sobre la hierba mientras observaba a Mia y Noa correr tras unas mariposas. Tomas jugaba con unas piedritas organizándolas como si fueran soldados, mientras Clayton se acercaba a ella con una flor entre sus dedos.—Para ti, mamá —le dijo con una sonrisa luminosa.—Gracias, amor —respondió Olivia, acariciándole el cabello. Fue entonces cuando notó que llevaba algo más escondido en la otra mano—. ¿Qué tienes ahí?—Nada... todavía —dijo misterioso, corriendo hacia Max, que lo esperaba cerca de un árbol grande.Fue entonces cuando todo cambió.La música comenzó a sonar suavemente desde un altavoz escondido entre las ramas. Olivia alzó la vista, confundida. Max, con una s
—¿Qué pasó…? Me siento… raro.—Te envenenaron, Max. Estuviste a punto de morir, pero conseguimos el antídoto. Lo logramos —le acarició el rostro con delicadeza, con miedo a lastimarlo—. Estás vivo. Gracias a ti, a tu fuerza.Max intentó moverse, pero el dolor lo obligó a quedarse quieto. Aun así, su mano temblorosa buscó la de ella.—¿Tú…? ¿Tú me salvaste?—Sí. Y lo haría mil veces más —Olivia le sonrió entre lágrimas—. No podía dejarte. No después de todo.Max la miró en silencio, con los ojos húmedos y el corazón enredado en emociones que aún no entendía del todo.—Te vi… en un sueño —murmuró—. Estabas llorando y besándome… pensé que me estaba muriendo.—No era un sueño —susurró ella—. Era real. Estaba aquí… y lo haría otra vez si fuera necesario.Max tragó saliva, con esfuerzo. Su mirada se tornó más nítida, más firme.—¿Me amas, Olivia?Ella lo miró fijamente, sin temblores, sin miedo.—Sí. Te amo, Max Brook. A pesar de todo. Incluso cuando no debí… incluso cuando creí que no lo m
—Cuidado con los sensores térmicos —advirtió Nueve, revisando el mapa térmico en su dispositivo—. Adrik es paranoico. Esto podría estar lleno de trampas.Olivia asintió y se colocó los lentes infrarrojos. Caminó agachada entre las plantas secas, hasta llegar al punto exacto que Rey había descrito. Allí, una vieja estructura metálica estaba oculta bajo una manta rota y tierra.—Aquí —susurró Olivia, quitando la tapa con esfuerzo.Debajo, una trampilla metálica oxidada. Tecleó el código: 4512.Un sonido sordo y chirriante confirmó que la compuerta cedía.—Vamos —ordenó Nueve, bajando primero.El pasillo subterráneo olía a químicos y humedad. Estaba tenuemente iluminado por luces de emergencia rojas. Olivia apretó su arma contra el pecho, sus pasos firmes, pero su respiración agitada.—Dos sensores en las paredes —indicó uno de los hombres de Nueve—. Hay cámaras.—Apaguen la señal —ordenó Olivia.En segundos, uno del equipo cortó la energía con un inhibidor. Continuaron avanzando.De pro
Golpeó con fuerza las cadenas de la silla, como si el recuerdo todavía lo enloqueciera.—Por eso juré vengarme. No solo de ella… sino de su maldita sangre. De ustedes.Las palabras retumbaron como disparos en el aire. Olivia sintió un escalofrío recorrerle la espalda… pero no se apartó. No esta vez. Porque ahora entendía muchas cosas.Los ataques. Las amenazas. El veneno.Y Maia.Su hermana gemela. Muerta. Asesinada por uno de los hombres de Rey.Su garganta se cerró. Un dolor viejo volvió a su pecho como una herida abierta.—La mataste —susurró—. Mataste a Maia… utilizaste el odio que tenía por mí, para que ella misma se consumiera.Rey no respondió de inmediato. Solo la miró. Y luego sonrió, pero ya no era una sonrisa cruel… sino vacía.—No me importa. Solo quería que doliera.Olivia se contuvo para no llorar. No por él. No por ella. Por todo lo que esa venganza absurda había destruido. Pero no podía quebrarse. Tenía que mantener la cabeza fría.—¿Ni siquiera si fuera tu verdadera h
—Max… —susurró, su voz quebrada—. Estoy aquí.Se inclinó y lo besó. Un beso suave, desesperado, lleno de todo lo que quería decirle y no podía. Pero él no respondió. Su cuerpo permanecía inmóvil, su alma atrapada entre este mundo y el siguiente.—Está inconsciente —explicó Luna desde la puerta, con la voz suave pero firme—. Lo mantenemos así… para que no sufra.Olivia asintió sin girarse, las lágrimas cayendo por su rostro sin control. Se obligó a respirar hondo, aunque sentía que el dolor le oprimía el pecho.—Lo traje aquí porque en la casa Blake no podríamos ocultárselo a los niños —continuó Luna con delicadeza—. Mia, Tomas, Clayton, Noa y Lily se habrían dado cuenta… y no dejarían de preguntar por él. Aquí está seguro.Olivia asintió otra vez, esta vez en silencio.Luna dio un paso atrás y cerró la puerta con suavidad, dejándolos solos.Olivia se acurrucó junto a Max, rodeándolo con sus brazos, como si con eso pudiera protegerlo de todo. Le susurró palabras dulces al oído, palabra
Último capítulo