El tiempo había pasado como un suspiro. Los días de caos, secretos, traiciones y redención eran ya parte de un capítulo antiguo, un pasado que ahora se leía en susurros entre los recuerdos, como un libro cuyas páginas desgastadas solo confirmaban lo lejos que habían llegado.
La casa de campo donde vivía la familia Brook-Blake estaba rodeada de naturaleza y tranquilidad. Amplios jardines, una biblioteca con paredes repletas de libros, y una cocina siempre llena de vida. Pero ese día, algo especial flotaba en el aire.
—¿Mamá, has visto mi chaqueta blanca? ¡La de laboratorio! —preguntó Mia, entrando con el cabello recogido en una coleta, un estetoscopio colgando de su cuello.
—Está en la silla del comedor, justo donde la dejaste —respondió Olivia, con una sonrisa divertida mientras preparaba café.
Mia tenía ahora 15 años, pero su madurez y tenacidad la hacían parecer mayor. Había decidido seguir los pasos de su madre, Olivia, quien después de todo lo vivido, había retomado su pasión por