—Max… —susurró, su voz quebrada—. Estoy aquí.
Se inclinó y lo besó. Un beso suave, desesperado, lleno de todo lo que quería decirle y no podía. Pero él no respondió. Su cuerpo permanecía inmóvil, su alma atrapada entre este mundo y el siguiente.
—Está inconsciente —explicó Luna desde la puerta, con la voz suave pero firme—. Lo mantenemos así… para que no sufra.
Olivia asintió sin girarse, las lágrimas cayendo por su rostro sin control. Se obligó a respirar hondo, aunque sentía que el dolor le oprimía el pecho.
—Lo traje aquí porque en la casa Blake no podríamos ocultárselo a los niños —continuó Luna con delicadeza—. Mia, Tomas, Clayton, Noa y Lily se habrían dado cuenta… y no dejarían de preguntar por él. Aquí está seguro.
Olivia asintió otra vez, esta vez en silencio.
Luna dio un paso atrás y cerró la puerta con suavidad, dejándolos solos.
Olivia se acurrucó junto a Max, rodeándolo con sus brazos, como si con eso pudiera protegerlo de todo. Le susurró palabras dulces al oído, palabra