—Cuidado con los sensores térmicos —advirtió Nueve, revisando el mapa térmico en su dispositivo—. Adrik es paranoico. Esto podría estar lleno de trampas.
Olivia asintió y se colocó los lentes infrarrojos. Caminó agachada entre las plantas secas, hasta llegar al punto exacto que Rey había descrito. Allí, una vieja estructura metálica estaba oculta bajo una manta rota y tierra.
—Aquí —susurró Olivia, quitando la tapa con esfuerzo.
Debajo, una trampilla metálica oxidada. Tecleó el código: 4512.
Un sonido sordo y chirriante confirmó que la compuerta cedía.
—Vamos —ordenó Nueve, bajando primero.
El pasillo subterráneo olía a químicos y humedad. Estaba tenuemente iluminado por luces de emergencia rojas. Olivia apretó su arma contra el pecho, sus pasos firmes, pero su respiración agitada.
—Dos sensores en las paredes —indicó uno de los hombres de Nueve—. Hay cámaras.
—Apaguen la señal —ordenó Olivia.
En segundos, uno del equipo cortó la energía con un inhibidor. Continuaron avanzando.
De pro