Mundo ficciónIniciar sesiónVerónica Alcázar amó al hombre equivocado. Rodrigo de la O la usó, le robó a su hijo recién nacido y la condenó a la cárcel mediante una trampa corporativa perfecta para proteger su estatus social. Él pensó que la había destruido para siempre en el anonimato. Años después, Verónica está libre y ha vuelto para reclamar lo que es suyo. Ya no es la joven sumisa e indefensa; ahora cuenta con la mente brillante y el apoyo incondicional de Mauricio Strikler, el abogado más feroz de la ciudad, quien está decidido a ser su salvador dentro y fuera de los tribunales. Juntos, Verónica y Mauricio desafiarán al poderoso clan De la O en una lucha sin cuartel por la custodia del niño. Rodrigo descubrirá, de la peor manera, que su antiguo juguete ha regresado para convertirse en su peor pesadilla.
Leer másEl atardecer sobre la bahía de Miami siempre pintaba el cielo de tonos rosados y morados que se reflejaban en el agua. Desde el piso cuarenta y dos de un moderno rascacielos en la zona de Brickell, la vista era realmente hermosa. Sin embargo, para Verónica Alcázar, todo ese paisaje era solo la decoración de una prisión perfecta. Un cuadro idílico que contemplaba todos los días a través de unos enormes ventanales de vidrio que la separaban por completo de la vida real.
Verónica tenía veinticinco años y poseía una belleza natural que llamaba la atención de inmediato. Tenía el cabello castaño y largo, que le caía en ondas suaves sobre la espalda, y unos ojos grandes de color miel que siempre tenían un toque de nostalgia. Esa tarde, vestía un sencillo pero fino vestido de seda blanca que resaltaba su figura esbelta. No llevaba joyas, ni maquillaje exagerado. No lo necesitaba. Rodrigo de la O, su pareja, se había encargado de darle una vida llena de lujos y comodidades. El penthouse donde vivían era enorme, con pisos de mármol pulido, muebles de diseñadores italianos y un clóset lleno de ropa de marca que ella misma elegía por internet. Además, en el sótano del edificio había un auto deportivo del año que estaba a su disposición. Rodrigo le daba todo el dinero que ella quisiera a través de una tarjeta de crédito sin límite. Pero a cambio de todas esas cosas materiales, él le había quitado, poco a poco, su libertad. Verónica soltó un leve suspiro y se alejó del ventanal para caminar hacia la moderna cocina con barras de cuarzo negro. Sobre la estufa, la cena que había preparado con tanto esmero ya comenzaba a enfriarse. Había cocinado salmón con hierbas y una ensalada fresca, los platos favoritos de Rodrigo. Miró el reloj de la pared y vio que ya eran casi las nueve de la noche. El corazón se le aceleró un poco, una mezcla de emoción y nervios que ya se había vuelto costumbre en ella. Llevaba tres días sola en el apartamento, esperando su regreso. Rodrigo aparecía siempre de imprevisto, manejando el tiempo a su antojo. En las últimas semanas, la soledad se había convertido en una carga muy pesada para Verónica. En varias ocasiones, le había pedido con los ojos llorosos que cambiaran las cosas. Ella no le pedía regalos caros; solo quería cosas simples, como salir a caminar juntos por la playa, cenar en un restaurante público sin esconderse, o que él se quedara a dormir a su lado hasta el amanecer. Pero Rodrigo siempre tenía la misma respuesta fría y calculadora, disfrazada de protección: —Entiende, mi amor, que un hombre de mis negocios no puede andar exponiéndose en cualquier lugar. La prensa siempre está buscando chismes para dañar mis empresas. Lo que tú y yo tenemos es sagrado, y la mejor forma de cuidar nuestro amor es manteniendo la discreción. Y Verónica, por el profundo amor que le tenía y por lo sola que se encontraba en el mundo, le creía todo. Ella era huérfana de padre y madre. Hacía seis años, cuando apenas era una jovencita, su vida cambió por completo cuando sus padres murieron en un terrible accidente de auto en la carretera. Al ser hija única, se quedó completamente desamparada, sin tíos ni primos a los que acudir. Antes de conocer a Rodrigo, Verónica era una mujer independiente. Trabajaba como publicista en una de las agencias de marketing más importantes de Miami. Era inteligente, apasionada por su trabajo y tenía un futuro brillante. Fue precisamente en esas oficinas donde conoció al magnate. Rodrigo de la O, un exitoso CEO multimillonario, llegó a la agencia buscando una campaña publicitaria exclusiva para su firma de inversiones. El romance fue muy rápido. Rodrigo la llenó de detalles, le enviaba flores todos los días y la hacía sentir protegida, algo que ella necesitaba desesperadamente desde la pérdida de sus padres. Rodrigo vio su soledad y se aprovechó de ella. Con la promesa de que estarían juntos para siempre y diciéndole que una mujer tan hermosa no debía pasar por el estrés del trabajo, la convenció de renunciar a la agencia. Poco a poco, la fue alejando de todo. Le sugirió cambiar su número de teléfono para que "nadie la molestara", la mudó al penthouse y comenzó a hablar mal de las pocas amigas que le quedaban, diciéndole que esas personas solo la buscaban por interés. Verónica, cegada por la ilusión de formar un hogar, aceptó todo pensando que los celos y el control de Rodrigo eran muestras de un amor inmenso. Ella no tenía idea de la verdad. No sabía que para Rodrigo ella era solo su amante oculta en Miami. No se imaginaba que el hombre que le juraba amor eterno regresaba cada semana a una enorme mansión en Nueva York, donde vivía con Gabriela, su esposa legítima ante la sociedad y la iglesia. De pronto, un sonido electrónico rompió el silencio del lugar. Era el pitido de la cerradura de la puerta principal. A Verónica se le dio un vuelco el corazón. Se arregló el vestido con manos temblorosas y forzó una sonrisa para recibirlo. La pesada puerta de madera se abrió y la imponente figura de Rodrigo de la O entró al apartamento. A sus treinta y cinco años, Rodrigo era un hombre muy atractivo pero de porte arrogante. Vestía un traje gris hecho a la medida que demostraba su enorme poder económico. Tenía el cabello negro peinado hacia atrás y unos ojos oscuros que transmitían una frialdad absoluta. —Rodrigo... llegaste —dijo Verónica, caminando hacia él para abrazarlo. Él se quedó quieto, esperando que ella llegara a su lado, demostrando desde el primer segundo quién tenía el control. Cuando la tuvo cerca, la tomó de la cintura con firmeza y le dio un beso corto en los lips. El aroma de su costosa loción combinada con el olor a cuero de los aviones inundó el espacio. —Estás hermosa, Verónica. El blanco te queda muy bien —dijo Rodrigo con su voz gruesa y segura. Se quitó el saco del traje y lo dejó sobre un sillón, revelando sus hombros anchos bajo la fina camisa blanca. Verónica lo miró, sintiendo que la soledad desaparecía por un momento, sin sospechar que estaba atrapada en una red de mentiras y que el hombre al que consideraba su salvador era en realidad su peor enemigo.El sonido metálico de las esposas al abrirse fue reemplazado de inmediato por el estruendo ensordecedor de una pesada reja de hierro al cerrarse a sus espaldas. El eco resonó en el pasillo gris y húmedo, golpeando los oídos de Verónica como una sentencia de muerte. El olor a desinfectante barato, sudor acumulado y encierro inundó sus sentidos, provocándole una intensa náusea que la obligó a apoyarse contra la pared de concreto frío. Apenas habían pasado unas horas desde que la subieron a la fuerza a la patrulla en los terrenos de la clínica. Horas en las que el dolor físico de un parto reciente y la agonía de perder a su hijo se mezclaron en un torbellino de desesperación. La llovizna de Miami se había transformado en una tormenta que golpeaba las ventanas del centro de detención judicial de mujeres, reflejando el caos que destrozaba el alma de Verónica. —Camina, Alcázar. No tenemos todo el día —ordenó una guardiana de uniforme oscuro y rostro inexpresivo, empujándola levemente por
El regreso a la conciencia fue lento y doloroso. Lo primero que Verónica sintió fue un terrible dolor de cabeza y un sabor amargo en la boca. Abrió los ojos despacio, parpadeando con dificultad ante la claridad que entraba por el gran ventanal. La lluvia de la madrugada había cesado; el sol brillaba con fuerza afuera, iluminando la habitación con una luz pacífica que contrastaba con el infierno que ella empezaba a recordar. Se llevó una mano al vientre de forma instintiva. Al sentirlo completamente plano y flácido, un escalofrío de terror recorrió toda su columna vertebral. La cruda realidad la golpeó como un balde de agua fría: ya había dado a luz, y Rodrigo se había llevado a su bebé. —¡Mi bebé! ¡Por favor, que alguien me ayude! —gritó Verónica con la voz ronca, intentando levantarse de la cama de un salto. El dolor físico del parto la hizo tambalearse, pero la adrenalina del instinto materno fue más fuerte. Se desconectó el suero del brazo con un tirón seco y caminó descalza hac
Las contracciones comenzaron en la madrugada de un martes lluvioso. Verónica se despertó con una punzada intensa en la espalda baja que la obligó a aferrarse a las sábanas de la suite. Al principio intentó mantener la calma, respirando despacio como le habían enseñado, pero cuando el dolor se repitió apenas diez minutos después, supo que el momento había llegado. Su hijo estaba listo para nacer. Con dificultad, Verónica presionó el botón de emergencia junto a la cama. En cuestión de segundos, la enfermera jefe y dos asistentes entraron a la habitación. Lo que a Verónica le extrañó, en medio de su dolor, fue la absoluta frialdad de sus rostros. No había sonrisas de felicitación, ni la calidez habitual que se espera en una sala de maternidad. Se movían con una precisión mecánica, casi fantasmal. —Llamen a Rodrigo... por favor, avísenle que ya va a nacer —suplicó Verónica con la voz entrecortada, mientras una nueva contracción la hacía arquearse en la cama. —El señor de la O ya está e
Los meses transcurrieron como un suspiro de seda dentro del penthouse de Brickell. El cuerpo de Verónica cambió por completo, floreciendo con la dulce curva de una maternidad que ya alcanzaba los ocho meses de gestación. Su vientre estaba grande y hermoso, y cada patadita del bebé era para ella una promesa de esperanza. Durante todo ese tiempo, Rodrigo se había comportado como un hombre atento, controlando sus médicos y medicamentos bajo la excusa de una profunda protección. Sin embargo, a miles de kilómetros de distancia, en los lujosos salones de la Quinta Avenida en Nueva York, Rodrigo tejía la otra mitad de su perfecta red. Bajo sus frías órdenes y amenazas de dejarla en la calle y arruinar el apellido de su familia, Rodrigo había obligado a su esposa Gabriela a sumergirse en una farsa macabra. Gabriela, atrapada en su propio sometimiento, tuvo que anunciar ante su exclusivo círculo social que, tras años de intentos, finalmente estaba esperando un hijo. Rodrigo controló cada det





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