Capitulo 11: Libertad

Cuatro años de escuchar la palabra "no" habían sido suficientes para que cualquiera se rindiera. Cada vez que el abogado de oficio presentaba una solicitud de fianza o una revisión de caso, el juez la rechazaba de inmediato. Las influencias de Rodrigo de la O eran largas y su dinero compraba las decisiones en los tribunales de Miami. Verónica ya estaba harta de las promesas vacías y de las audiencias que solo servían para recordarle que estaba atrapada en un agujero oscuro.

Por eso, esa mañana de martes, cuando la guardiana le ordenó caminar hacia la sala de visitas porque un nuevo abogado exigía verla, Verónica fue sin ninguna ilusión. Caminó con sus pasos firmes, arrastrando las sandalias de plástico sobre el suelo gris, con las manos esposadas al frente y la mirada baja.

Al entrar a la pequeña sala privada de paredes de vidrio, se detuvo en seco. Sentado detrás de la mesa de madera no estaba el viejo abogado cansado de siempre. En su lugar, había un hombre que desbordaba una energía completamente diferente.

Mauricio Strikler se puso de pie en cuanto vio entrar a Verónica. A sus treinta y dos años, Mauricio era el dueño de uno de los bufetes de abogados más importantes y prestigiosos del país. Era un hombre innegablemente atractivo, de estatura alta y cuerpo atlético. Tenía el cabello castaño claro, perfectamente cortado, y unos ojos verdes e intensos que transmitían una inteligencia brillante y una seguridad absoluta. Vestía un traje azul oscuro que gritaba elegancia y poder, pero no tenía esa arrogancia fría que tanto daño le había hecho a Verónica en el pasado. En su rostro había una mezcla de seriedad y genuino respeto.

Mauricio venía de una familia humilde de inmigrantes que se había roto el lomo trabajando en Nueva York. Él había logrado todo a base de puro esfuerzo, ganando una beca en Harvard y escalando hasta la cima del mundo legal por sus propios méritos. Por eso, odiaba a los hombres poderosos que usaban su fortuna para pisotear a los inocentes. Su personalidad era la de un guerrero implacable en los tribunales: era directo, sumamente astuto y no le temía a ningún imperio corporativo.

—Buenas tardes, Verónica —dijo Mauricio. Su voz era varonil, clara y transmitía una calma que Verónica no había sentido en años—. Soy Mauricio Strikler. Por favor, siéntate.

Verónica se acomodó en la silla de metal frente a él, mirándolo con una evidente desconfianza. Las esposas tintinearon sobre la mesa. No iba a confiar en un extraño vestida con un traje caro tan fácilmente.

—No tengo dinero para pagar a un bufete como el suyo, licenciado Strikler —dijo Verónica con voz seca y directa, manteniendo la guardia en alto—. Sé perfectamente quién es. He visto su nombre en los periódicos que llegan aquí. Sus servicios valen una fortuna.

Mauricio sonrió de medio lado, una sonrisa ligera que suavizó sus facciones, y se sató frente a ella, respetando su distancia.

—No estoy aquí por tu dinero, Verónica. Estoy aquí porque conozco la injusticia de tu caso. Sé perfectamente lo que Rodrigo de la O te hizo. Sé cómo te mantuvo bajo un perfil oculto aquí en Miami y cómo usó tu nombre para armar un fraude digital multimillonario. Y lo más importante... sé que diste a luz a un niño en esa clínica privada justo el día de tu arresto.

Al escuchar mencionar a su bebé, Verónica sintió una sacudida en el pecho. Sus ojos color miel se clavaron en los ojos verdes de Mauricio con una mezcla de dolor y sospecha.

—¿Cómo sabe eso? —preguntó ella, entrecerrando los ojos y apretando los puños—. Nadie sabía de ese embarazo. Rodrigo de la O se encargó de borrarlo todo.

—La compañera de tu celda, Martha, tiene contactos afuera que lograron hacerme llegar una parte de tu expediente —explicó Mauricio con total honestidad, ganándose su atención sin presionarla—. Cuando leí la cronología de los hechos, noté que algo no cuadraba. Mandé a mi propio equipo a investigar los terrenos de esa supuesta clínica en el bosque y descubrí que Rodrigo de la O pagó una cantidad absurda de dinero para desalojar el lugar el mismo día que te arrestaron. Borraron los registros médicos, pero el dinero siempre deja un rastro.

Verónica guardó silencio, analizando las palabras del abogado. Por primera vez en cuatro años, alguien no la trataba como a una loca o una mentirosa. Sin embargo, su corazón herido la hacía avanzar con pies de plomo.

—¿Y qué gana usted con todo esto? —inquirió Verónica, buscando sus verdaderas intenciones.

—Rodrigo de la O y su firma de inversiones tienen un historial de aplastar a pequeños empresarios independientes para quedarse con sus acciones. Uno de esos empresarios era un amigo muy cercano de mi padre —confesó Mauricio, y sus ojos verdes brillaron con una seriedad implacable—. Llevo tiempo buscando la pieza clave para demostrar los movimientos sucios de su corporación. Cuando vi lo que te hizo, supe que no solo era una oportunidad para hacer justicia, sino para ayudar a una mujer que ha sido utilizada de la peor manera.

Verónica bajó la mirada hacia sus manos esposadas. Una pequeña rendija de confianza comenzó a abrirse en su interior, aunque todavía sentía miedo de creer en alguien.

—El juez me ha dicho que no cuatro veces, licenciado —susurró ella, mostrando un poco de la vulnerabilidad que tanto intentaba esconder—. Dice que las pruebas informáticas de la empresa de Rodrigo de la O son perfectas.

—Eran perfectas para un abogado de oficio que no sabe de tecnología, pero no para mí —respondió Mauricio, abriendo su carpeta de piel negra y mostrando un documento—. Descubrimos que la dirección IP desde donde se hicieron los desvíos de dinero no se generó en tu departamento de Miami, sino en una oficina central el mismo día y la hora en que tú estabas en labor de parto. Tú no podías estar frente a una computadora. Esa es una prueba que presenté ante un juez federal, no ante los jueces locales que la corporación de Rodrigo de la O maneja.

Verónica levantó la cabeza de golpe. El corazón le latió con fuerza.

—¿Eso significa que... tiene una oportunidad mi caso? —preguntó, usando una voz un poco más suave, permitiéndose confiar un mínimo porcentaje en el hombre que tenía enfrente.

Mauricio extendió su mano sobre la mesa, sin tocarla, pero ofreciéndole un apoyo visual que ella agradeció internamente.

—Significa que mañana por la mañana se firmará tu orden de liberación condicional, Verónica. Te prometo que vas a salir de esta cárcel.

Verónica miró la mano de Mauricio y luego sus ojos verdes. La firmeza y el respeto con el que la trataba comenzaron a derretir una parte del hielo en su pecho. No era una confianza ciega, pero era el inicio de una alianza.

—Gracias... licenciado Strikler —dijo ella, manteniendo aún la formalidad, pero con una mirada mucho más limpia y agradecida.

—Dime Mauricio, por favor —respondió él, guardando los papeles con una sonrisa caballerosa—. Mañana empieza el verdadero trabajo. Salir de aquí es solo el primer paso. Rodrigo de la O cree que te sepultó viva, pero mañana vas a recuperar tu libertad para empezar a recuperar tu vida.

Verónica asintió despacio. Por primera vez en cuatro años, sintió que el futuro ya no era una pared gris de concreto.

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