Verónica caminó con pasos suaves hacia el comedor, llevando con cuidado los platos calientes. Rodrigo ya se había aflojado el nudo de la corbata y se encontraba sentado a la mesa, completamente concentrado en la pantalla de su teléfono celular. Tenía las cejas un poco juntadas, esa típica expresión de hombre de negocios que a ella tanto le imponía y que le recordaba el enorme poder que él manejaba en su empresa.
—Hice salmón con hierbas, como a ti te gusta —dijo Verónica con una voz dulce, dejando el plato frente a él mientras buscaba su mirada.
Rodrigo levantó la vista del teléfono por un segundo, guardó el aparato en el bolsillo de su pantalón y le dedicó una sonrisa de medio lado. Era un hombre innegablemente guapo, pero sus ojos oscuros tenían una fixeza que a veces resultaba intimidante.
—Gracias, mi vida. Huele excelente —respondió él, tomando los cubiertos—. Siéntate conmigo, por favor.
Verónica se acomodó en la silla de al lado, pegando un poco su asiento al de él. Le gustaba sentir su cercanía física, el calor de su cuerpo que tanto extrañaba durante los días de absoluto silencio en el penthouse. Cenaron de manera pausada. Rodrigo hacía comentarios sobre lo complicado que estaba el mercado de inversiones y lo pesado que había estado el tráfico aéreo desde Nueva York. Ella lo escuchaba con total atención, asintiendo con la cabeza, aunque en realidad no entendía mucho de finanzas. A Verónica lo que le importaba era el hombre que tenía enfrente, no su fortuna.
—Rodrigo... —habló Verónica en un susurro, dejando el tenedor sobre la mesa. Sus ojos color miel brillaron con una mezcla de timidez y esperanza—. Estaba pensando que, como mañana es fin de semana, tal vez podríamos hacer algo diferente. Escuché que abrieron una pequeña cafetería frente al mar en South Beach. Pensé que podríamos ir a desayunar juntos. Solo a caminar por la arena, como una pareja normal.
Rodrigo detuvo el vaso de agua a medio camino de sus labios. Sus ojos se entrecerraron y la dulzura fingida de su rostro desapareció en un instante. Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco que hizo vibrar los cubiertos.
—Verónica, ya hemos hablado de esto muchas veces —dijo él, y su voz bajó a un tono severo, como el de un padre que regaña a una niña pequeña—. Mis empresas están pasando por una auditoría muy importante. Hay fotógrafos y periodistas persiguiéndome por todo Miami para inventar chismes y afectar mis negocios. ¿Quieres arruinar mi carrera por un capricho de salir a la calle?
—No es un capricho, Rodrigo —replicó ella, sintiendo una punzada de dolor en el pecho. Sus hilos de dignidad se tensaron; ella no era una mujer interesada, era una mujer enamorada—. Es solo que la soledad aquí es muy difícil. No tengo amigas, no tengo trabajo, no hablo con nadie en todo el día. A veces siento que las paredes de este apartamento se me vienen encima. Solo quiero compartir contigo un momento común. Que te quedes a dormir toda la noche, que no te vayas corriendo al aeropuerto en la madrugada como siempre lo haces.
Rodrigo suspiró con fastidio, pero de inmediato cambió su actitud. Era un experto en manipular sus emociones. Se estiró un poco en la mesa, tomó las manos de Verónica entre las suyas y comenzó a acariciar sus dedos con una suavidad calculada.
—Mi amor, entiendo que te sientas sola, pero debes recordar que todo lo que hago es por ti, para que tengas el futuro que te mereces —mintió él, mirándola fijamente con una falsa ternura—. Te saqué de esa agencia de publicidad porque no quería que ningún jefe te explotara ni te tratara mal. Te di este penthouse, te di un auto de lujo, te di mis tarjetas de crédito para que compres lo que quieras y no tengas que preocuparte por el dinero jamás. ¿Eso no te demuestra cuánto te amo?
Verónica bajó la mirada hacia sus manos unidas. El recuerdo de sus padres fallecidos cruzó por su mente. Cuando ellos murieron, ella se quedó completamente sola, llena de deudas y con el corazón roto. Rodrigo había aparecido en su vida como un ángel guardán, pagando la hipoteca de su casa y prometiendo protegerla de todo mal. Por eso, sus valores de gratitud y lealtad la hacían ceder ante él una y otra vez.
—Sí, Rodrigo. Sé que me cuidas. Y te lo agradezco de corazón —susurró ella, queriendo convencerse de que todo estaba bien.
—Entonces confía en mí, mi vida —continuó él, levantándose de la silla y jalándola suavemente hacia su cuerpo—. Esta noche es solo para nosotros. Olvídate de la calle y del mundo exterior. Tú no necesitas a nadie más que a mí.
Rodrigo la tomó con firmeza de la cintura, pegando el cuerpo de ella contra el suyo. El aroma de su loción costosa inundó los sentidos de Verónica, y el deseo de sentirse amada apagó todas sus dudas. Ella lo rodeó por el cuello con los brazos, buscando sus labios. Él la besó con una mezcla de urgencia y posesividad, levantándola del suelo con facilidad para llevarla hacia la habitación principal.
En la inmensidad de la recámara, iluminada solo por las luces de los rascacielos que entraban por el gran ventanal, el ambiente se volvió denso y ardiente. Rodrigo la depositó sobre la inmensa cama de sábanas de seda gris oscuro, colocándose de inmediato entre sus muslos. Sus ojos oscuros brillaban con un hambre posesiva que a Verónica siempre la hacía temblar.
Con manos expertas y apresuradas, Rodrigo buscó el cierre trasero de su vestido blanco. El sonido metálico al deslizarse rompió el silencio de la habitación. Con una lentitud tortuosa, él apartó la tela, dejando al descubierto la espalda pálida y suave de Verónica. Ella soltó un suspiro ahogado cuando sintió los labios firmes y cálidos de Rodrigo recorrer la línea de su columna, dejando un rastro de besos ardientes que le erizaron la piel.
—Eres mía, Verónica. Solo mía —susurró él contra su oído, con una voz ronca y cargada de autoridad que a ella la encendía por completo.
Rodrigo se deshizo de su propia camisa, revelando su torso ancho y marcado. Verónica estiró los brazos, acariciando la piel firme de sus hombros, aferrándose a él como si fuera su único refugio en el mundo. Él la despojó de la delicada lencería de encaje y la recorrió con la mirada, devorando cada curva de su cuerpo con la satisfacción de un hombre que se sabe dueño absoluto de un tesoro oculto.
El encuentro se transformó en un torbellino erótico de sensaciones explícitas. Los besos de Rodrigo se volvieron más profundos, más hambrientos, mientras sus manos grandes delineaban con fuego sus caderas. Verónica se arqueó sobre las sábanas de seda, entregándose por completo al ritmo salvaje e implacable que él le imponía. En la penumbra de la noche, la habitación se llenó de suspiros, gemidos suaves y el roce constante de sus cuerpos sudorosos. Para Verónica, esa pasión desbordante era la única prueba de que él la amaba; en ese fuego líquido, ella borraba por unas horas toda su soledad y se sentía viva.
Horas más tarde, cerca de la tres de la mañana, Verónica se despertó debido a un leve frío en la cama. Al estirar la mano hacia el lado izquierdo, las sábanas ya estaban completamente vacías.
Se incorporó despacio, tallándose los ojos, y vio un hilo de luz tenue que provenía de la sala. Caminó descalza y en absoluto silencio por el pasillo de mármol. Al asomarse, vio a Rodrigo de pie junto al ventanal. Ya estaba completamente vestido con su traje gris y terminaba de arreglarse el nudo de la corbata mientras hablaba por teléfono en un tono de voz sumamente bajo.
—Sí, ya voy en camino al aeropuerto privado —decía Rodrigo con una voz completamente fría y corporativa, muy diferente a la que usaba con ella—. Dile al piloto que tenga el avión listo. Debo estar en Nueva York antes de las siete de la mañana. Sí, agenda la junta con los socios para el mediiodía... Y llama a Gabriela, dile que llegaré a tiempo para desayunar con ella antes de la reunión de la fundación.
Verónica se quedó inmóvil en la penumbra del pasillo. El nombre de "Gabriela" no le causó ninguna sospecha; pensó que simplemente se trataba de alguna socia importante o una ejecutiva de la empresa de Rodrigo. Lo que realmente le partió el alma fue ver que, una vez más, él se marchaba en la oscuridad de la noche, dejándola sola con las migajas de su tiempo.
Rodrigo colgó el teléfono, tomó su maleta de piel y caminó hacia la salida principal. Al pasar cerca del pasillo, notó la silueta de Verónica. No mostró ninguna sorpresa ni compasión al ver su rostro lleno de tristeza. Se acercó a ella, le dio un beso rápido en la frente y le dedicó una sonrisa lánguida.
—Me tengo que ir, mi vida. Te llamo cuando aterrice en Nueva York. Pórtate bien y no salgas del apartamento —dijo él antes de cruzar el umbral.
El sonido de la cerradura electrónica al cerrarse resonó en el silencio del penthouse como el cerrojo de una celda. Verónica regresó a la cama sola, abrazando la almohada que aún conservaba el aroma de Rodrigo, sin imaginarse que en Nueva York, una mujer llamada Gabriela preparaba el desayuno esperando al mismo hombre, y que una pequeña vida ya comenzaba a tejerse en silencio dentro de su propio vientre.