Mundo ficciónIniciar sesiónLos tres días de espera pasaron con una lentitud insoportable para Verónica. Sin embargo, a diferencia de otras ocasiones donde la soledad la deprimía, esta vez su rostro reflejaba una luz completamente nueva. Cada mañana, al despertarse, lo primero que hacía era llevar sus manos a su vientre aún plano y sonreír. Saber que no estaba sola, que el fruto de su amor crecía dentro de ella, le daba una fuerza que no había sentido en años.
La tarde del regreso de Rodrigo, Verónica se esmeró como nunca antes. Limpió el penthouse hasta dejarlo impecable, colocó flores frescas en la sala y preparó una cena espectacular. Para la ocasión, eligió un vestido de seda de un color azul suave que resaltaba el brillo de sus ojos color miel. Sobre la mesa del comedor, justo al lado del plato de Rodrigo, colocó una pequeña y elegante caja de regalo de color blanco, adornada con un lazo de cinta plateada. Adentro, envuelta en papel de seda, descansaba la prueba digital con las dos líneas rosadas. A las ocho de la noche en punto, el sonido electrónico de la puerta anunció la llegada del magnate. Verónica sintió que el corazón le daba un vuelco de pura emoción. Se arregló el cabello frente al espejo del pasillo y caminó a recibirlo con una sonrisa radiante. Rodrigo entró arrastrando su maleta de piel, luciendo impecable pero con el rostro visiblemente cansado por los negocios. Al ver a Verónica, sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo con su habitual aire de posesividad. —Buenas noches, mi vida. Estás hermosa —dijo él con su voz gruesa, dejando la maleta en el suelo para recibir el abrazo de la joven. Verónica se aferró a su cuello con una ternura desbordante, besándolo con una pasión renovada que a Rodrigo lo tomó un poco por sorpresa. Él la tomó de la cintura, disfrutando de su calidez, sin sospechar absolutamente nada. —Te extrañé muchísimo, Rodrigo. Ven, pasa al comedor, la cena ya está servida y te preparé una sorpresa —dijo ella, tomándolo de la mano con entusiasmo para guiarlo hacia la mesa. Rodrigo se quitó el saco del traje, se aflojó la corbata y se sentó en su lugar. Fue en ese momento cuando sus ojos oscuros repararon en la pequeña caja blanca con el lazo plateado. Arqueó una ceja, intrigado. —¿Y esto, Verónica? No recuerdo que fuera una fecha especial —comentó con una sonrisa ligera, pensando que tal vez ella le había comprado algún detalle con el dinero en efectivo que le daba. Verónica se sentó a su lado, muy cerca, y tomó las manos de Rodrigo entre las suyas. Las manos le temblaban visiblemente y sus ojos se llenaron de lágrimas de felicidad absoluta. —Es una fecha que cambiará nuestras vidas para siempre, mi amor... Por favor, ábrela —le pidió con la voz entrecortada por la emoción. Rodrigo miró a Verónica, un tanto desconcertado por su intensidad, y tomó la caja. Con movimientos pausados y elegantes, desató el lazo de cinta plateada y levantó la tapa. Apartó el papel de seda blanco y se quedó congelado. En el fondo de la caja descansaba el pequeño artefacto de plástico digital. Las dos líneas rosadas se veían con total claridad. El silencio se apoderó del penthouse de Brickell. Un silencio denso, pesado, que a Verónica le pareció eterno. Mientras ella aguardaba una caricia o una palabra de amor, la mente de Rodrigo viajó de inmediato a miles de kilómetros de distancia, al imponente apartamento de la Quinta Avenida en Nueva York donde vivía su esposa, Gabriela. La vida con Gabriela no era un cuento de hadas; era un frío contrato social. Rodrigo la mantenía bajo un sometimiento sutil pero implacable. Gabriela, una mujer de la alta sociedad neoyorquina, vivía bajo el peso de las estrictas exigencias de su esposo. Rodrigo controlaba sus apariciones públicas, sus amistades y, sobre todo, le recordaba constantemente el único deber que no había cumplido: darle un heredero para consolidar el imperio familiar. Apenas la semana pasada, antes de viajar a Miami, Rodrigo había provocado una dolorosa escena en el desayuno de su mansión. Al recibir los resultados negativos de otro costoso tratamiento de fertilidad, él había dejado caer los papeles sobre la mesa con desprecio, mirando a Gabriela con una frialdad cortante. —Un hombre de mi posición no puede tener un matrimonio incompleto, Gabriela —le había dicho en un tono gélido, ignorando las lágrimas de la mujer—. Mi apellido necesita continuidad. Tu única tarea era asegurar el futuro de esta familia, y me estás fallando. Búscame una solución, o tendré que buscarla yo mismo. Gabriela, asfixiada por la culpa y el miedo a ser repudiada y perder su estatus social, se había hundido en la sumisión, prometiendo hacer lo que fuera necesario con tal de complacerlo. Ahora, mirando las dos líneas rosadas en la prueba de Verónica, los ojos oscuros de Rodrigo se entrecerraron. Una chispa enigmática, fría y profundamente calculadora brilló en su mirada. Su rostro se volvió una máscara indescifrable. Miró el plástico, luego miró el vientre de Verónica y de nuevo el plástico, mientras un silencio absoluto envolvía la habitación. No había amor en sus ojos, sino la fría expresión de un ajedrecista que acaba de encontrar la pieza que le faltaba para ganar una partida oculta. Verónica, al ver que Rodrigo continuaba mirando la prueba sin decir una sola palabra, sintió que una punzada de angustia le oprimía el pecho. La sonrisa se le borró lentamente. —¿Rodrigo?... ¿No te da gusto? —preguntó en un hilo de voz, temerosa de haber cometido un error. Al escuchar su voz, Rodrigo reaccionó de inmediato. El lobo se volvió a vestir con la piel de cordero en un parpadeo. Una enorme sonrisa, perfectamente ensayada, se dibujó en sus labios. Dejó la caja sobre la mesa, se levantó de su asiento y tomó a Verónica en sus brazos, levantándola del suelo con fuerza. —¡Por Dios, Verónica! ¡Es la noticia más maravillosa de mi vida! —exclamó él con una falsa emoción que sonó sumamente convincente—. Me quedé en shock, mi amor. No puedo creer que vayamos a tener un hijo. Es un milagro. Verónica soltó un suspiro de alivio tan grande que volvió a llorar, esta vez apoyando la cabeza en el pecho de Rodrigo, escuchando los latidos de su corazón. Ella se sintió la mujer más afortunada del mundo, creyendo que sus sueños de tener una familia real y libre por fin se harían realidad. —Pensé que te ibas a enojar por la prensa y tus negocios... —susurró ella entre lágrimas. Rodrigo la separó un poco, tomándole el rostro con ambas manos y mirándola fijamente a los ojos con una ternura fría y ensayada. —A partir de hoy, nada de eso importa. Este bebé es mi prioridad absoluta —mintió él, besándole la frente—. Pero precisamente por eso, mi vida, tenemos que ser más cuidadosos que nunca. Nadie en la calle debe enterarse de esto hasta que el niño nazca. Debes alimentarte bien, descansar y no exponerte a ningún peligro. Yo mismo me encargaré de traerte a los mejores médicos privados directamente aquí, al apartamento, para que no tengas que salir a los hospitales públicos a exponerte. Te voy a cuidar como a un tesoro. Verónica asintió con la cabeza, completamente conmovida por sus palabras de supuesta protección. Ella no podía ver la indescifrable red que la mente de Rodrigo ya comenzaba a tejer a su alrededor en absoluto silencio. No se imaginaba el trasfondo de sus palabras, mientras en Nueva York, Gabriela aguardaba con terror e incertidumbre la siguiente llamada de su implacable esposo.






