Capitulo 3: Positivo

Tres semanas pasaron desde aquella noche de pasión en el penthouse de Brickell. Para Verónica, los días transcurrían en una rutina idéntica y monótona: limpiar el apartamento, leer algunos libros, pedir cosas por internet para matar el tiempo y esperar las llamadas esporádicas de Rodrigo desde Nueva York. Sin embargo, en los últimos días, algo en su propio cuerpo comenzó a cambiar de una manera extraña.

Todo empezó una mañana, justo al levantarse de la cama. En cuanto sus pies tocaron el frío piso de mármol, una intensa ola de mareo la obligó a sentarse de golpe en el colchón. El mundo pareció girar a su alrededor durante unos segundos. Al principio, Verónica no le dio mucha importancia; pensó que simplemente se trataba de una baja de presión por no haber desayunado a tiempo, o tal vez el cansancio acumulado de tantas noches de insomnio provocadas por la soledad.

Pero los síntomas no desaparecieron. Al contrario, se volvieron más frecuentes y notorios. El olor del café por las mañanas, que antes le fascinaba, ahora le revolvía el estómago de forma violenta. Incluso su comida favorita, el salmón, le provocaba un rechazo inmediato. Además, sentía un cansancio inusual, un peso en los párpados que la obligaba a tomar largas siestas a mitad de la tarde.

Verónica era una mujer inteligente. Sumando los días de retraso que tenía en su ciclo menstrual, una sospecha maravillosa y a la vez aterradora comenzó a formarse en su mente.

¿Estaré embarazada?, se preguntó una tarde mientras se miraba en el espejo del baño, tocándose el vientre plano con manos temblorosas.

Para quitarse la duda de encima, Verónica supo que necesitaba una prueba casera, pero conseguirla no era tan sencillo debido al control que Rodrigo ejercía sobre ella. Ella no trabajaba, no tenía amigas y el teléfono que usaba estaba limitado. Sin embargo, Rodrigo le permitía salir en ocasiones muy específicas bajo el cuidado de Arturo, el chofer y guardaespaldas que él pagaba para "protegerla" de la calle.

Con los nervios de punta, Verónica llamó a Arturo a través del intercomunicador del edificio y le pidió que la llevara a una plaza comercial cercana, usando como excusa que necesitaba comprar unas cremas para el cuidado de la piel. El guardaespaldas aceptó de inmediato y la esperó en el vestíbulo.

Minutos después, bajaron en el ascensor. Arturo manejó la camioneta de lujo con total seriedad y la acompañó hasta la entrada de una gran farmacia dentro del centro comercial. El hombre se quedó de pie junto a la puerta principal de la tienda, cruzado de brazos y vigilando cada movimiento de la joven desde una distancia prudente.

Verónica entró al establecimiento sintiendo que el corazón le latía a mil por hora. Caminó por los pasillos con total calma, simulando buscar los productos de belleza que había mencionado. Cuando se aseguró de que Arturo estaba distraído mirando hacia la calle, caminó rápidamente hacia el pasillo de maternidad. Con manos temblorosas, tomó una caja con una prueba de embarazo digital.

Para evitar que Rodrigo viera el movimiento en sus cuentas, Verónica pagó el producto en la caja usando un billete de efectivo que había guardado de sus ahorros del pasado. La cajera guardó el artículo en una pequeña bolsa de plástico opaca, y Verónica la escondió de inmediato en el fondo de su bolso de mano.

Al salir de la farmacia, Arturo la miró con fijeza. Verónica forzó una sonrisa tranquila y levantó una pequeña bolsa con una crema facial que también había comprado para despistar.

—Ya tengo todo, Arturo. Podemos regresar al apartamento —dijo con voz suave.

Veinte minutos después, Verónica cruzaba la puerta del penthouse. Se despidió del chofer, cerró la puerta con el cerrojo digital y caminó directo al baño principal. Sentía que las manos le sudaban de la pura emoción. Sus valores íntegros y su inmenso anhelo de formar una familia de verdad la hacían desear con todas sus fuerzas que aquella sospecha fuera real. Desde la trágica muerte de sus padres en aquel accidente de auto, ella se había sentido completamente sola en el mundo. Un hijo significaba volver a tener raíces, tener a alguien de su propia sangre a quien amar sin condiciones.

Entró al baño, desempaquetó el pequeño artefacto de plástico y siguió las instrucciones con cuidado. Después, dejó la prueba sobre la encimera de cuarzo negro y se sató en la orilla de la tina, abrazando sus rodillas. Los cinco minutos de espera se le hicieron eternos, como si el tiempo se hubiera detenido por completo dentro de la jaula de cristal.

Cuando el reloj marcó el tiempo exacto, Verónica se puso de pie lentamente. Se acercó al lavabo, conteniendo la respiración, y fijó su mirada en la pequeña pantalla digital de la prueba.

Allí estaban, marcadas con total nitidez: dos líneas de color rosado intenso.

Positivo.

Verónica se cubrió la boca con ambas manos para ahogar un grito de pura alegría. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos color miel de forma generosa, corriendo por sus mejillas. Se dejó caer de rodillas en la alfombra del baño, pero esta vez no era por dolor ni por soledad, sino por una felicidad que le desbordaba el pecho.

Un milagro estaba creciendo dentro de ella.

—Vamos a ser una familia, mi amor... —susurró Verónica, acariciando su vientre con una ternura infinita.

En su inocencia y en el profundo amor que le tenía a Rodrigo, Verónica comenzó a imaginar un futuro hermoso. Pensó que este bebé era la bendición que tanto necesitaban para romper las cadenas del secreto y terminar con la estricta vigilancia de Rodrigo. Estaba convencida de que, al saber que iba a ser padre, Rodrigo dejaría de lado sus miedos a la prensa, se olvidaría de la discreción corporativa y finalmente la tomaría de la mano para presentarla ante el mundo como su esposa legítima. Ella creía que el nacimiento de su hijo convencería a Rodrigo de quedarse a dormir todas las noches a su lado, terminando para siempre con los viajes apresurados en la madrugada.

Verónica se puso de pie, limpiándose las lágrimas con un pañuelo. Miró el calendario en su teléfono. Rodrigo estaba programado para regresar a Miami en tres días. Tenía el tiempo perfecto para planear una sorpresa hermosa, una cena especial donde le entregaría la pequeña prueba de plástico envuelta en una caja de regalo.

Mientras Verónica caminaba hacia la sala, con el rostro iluminado por una sonrisa que no había tenido en años, se sentó en el sofá a idear las palabras exactas para darle la gran noticia al hombre de su vida. No tenía la más mínima idea de que, a miles de kilómetros de distancia, en una lujosa oficina de Nueva York, Rodrigo de la O colgaba el teléfono tras hablar con los médicos de su esposa Gabriela, frustrado una vez más por su esterilidad, sin saber que el destino ya le tenía preparado el heredero que tanto deseaba, pero de la forma más oscura y criminal posible.

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