Capitulo 7: ¡¿Dónde Está Mi Hijo?!

El regreso a la conciencia fue lento y doloroso. Lo primero que Verónica sintió fue un terrible dolor de cabeza y un sabor amargo en la boca. Abrió los ojos despacio, parpadeando con dificultad ante la claridad que entraba por el gran ventanal. La lluvia de la madrugada había cesado; el sol brillaba con fuerza afuera, iluminando la habitación con una luz pacífica que contrastaba con el infierno que ella empezaba a recordar.

Se llevó una mano al vientre de forma instintiva. Al sentirlo completamente plano y flácido, un escalofrío de terror recorrió toda su columna vertebral. La cruda realidad la golpeó como un balde de agua fría: ya había dado a luz, y Rodrigo se había llevado a su bebé.

—¡Mi bebé! ¡Por favor, que alguien me ayude! —gritó Verónica con la voz ronca, intentando levantarse de la cama de un salto.

El dolor físico del parto la hizo tambalearse, pero la adrenalina del instinto materno fue más fuerte. Se desconectó el suero del brazo con un tirón seco y caminó descalza hacia la puerta de la suite, abriéndola de golpe. Al salir al pasillo de la clínica, el silencio que encontró la dejó helada.

No había enfermeras, ni médicos, ni personal de limpieza. Las luces estaban apagadas y los carritos con medicamentos habían desaparecido. Verónica corrió desesperada por el pasillo, empujando las puertas de las otras habitaciones, pero todas estaban completamente vacías. Rodrigo había pagado una fortuna no solo por el silencio del personal, sino para desalojar el lugar por completo en cuanto el niño naciera. Ella estaba completamente sola en medio de la naturaleza.

Regresó corriendo a su habitación buscando su bolso, su teléfono, sus identificaciones o cualquier forma de comunicarse con el mundo exterior. Sin embargo, Rodrigo se había asegurado de borrar cualquier rastro de ella. No había documentos, no había registros médicos, ni una sola pertenencia suya. La habían dejado completamente indocumentada e incomunicada en una habitación vacía. Solo encontró una muda de ropa sencilla y limpia que alguien había dejado sobre un sillón.

Con el corazón latiéndole a mil por hora y la mente inundada de una furia ardiente, se vistió rápidamente. Sus valores de madre y su instinto de protección se encendieron. No le importaba su debilidad física; ella iba a salir de ahí, iba a caminar por el sendero del bosque hasta la carretera y encontraría la forma de llegar a las autoridades para denunciar que un hombre poderoso llamado Rodrigo de la O le había robado a su hijo.

Justo cuando se disponía a cruzar el vestíbulo principal, el sonido de unas sirenas rompió la paz del lugar.

Verónica sintió un destello de esperanza. La policía, pensó. Alguien se había dado cuenta de lo que estaba pasando y venía a rescatarla.

Corrió hacia la pesada puerta de cristal justo en el momento en que esta se abría de golpe. Cuatro oficiales de policía entraron con rostros serios, seguidos por un hombre de traje gris que sostenía una carpeta de cuero. Verónica dio un paso atrás, intimidada. Jamás había visto a ese hombre en su vida; no conocía a nadie del entorno de Rodrigo, pero la frialdad en la mirada del desconocido la hizo temblar.

—¿Es ella? —preguntó el oficial a cargo, mirando una fotografía en su tableta digital.

—Sí, oficial. Ella es Verónica Alcázar —afirmó el abogado, leyendo una orden de aprehensión judicial—. La mujer que el departamento de delitos cibernéticos de nuestra firma de inversiones ha estado rastreando. Usando cuentas espejo y firmas digitales falsificadas a su nombre, desvió millones de dólares de la corporación del señor De la O. Las pruebas electrónicas apuntan directamente a sus datos de identidad, y el rastreo de su última transacción nos trajo hasta esta propiedad privada.

Verónica abrió los ojos con horror, negando con la cabeza.

—¿De qué están hablando? ¡Eso es una mentira! ¡Yo no sé nada de finanzas ni he robado un solo dólar! —gritó con desesperación—. ¡Yo no conozco a este hombre, ni a su empresa! ¡Rodrigo de la O me tenía oculta aquí! ¡Acabo de dar a luz y él me robó a mi bebé! ¡Tienen que buscar a mi hijo!

El oficial no se conmovió por sus lágrimas ni por su evidente debilidad. Al no tener ella identificaciones que confirmaran su estado de salud, y ante la imponente validez de una orden de arresto emitida por fraude financiero cibernético, los policías actuaron de inmediato. El oficial se acercó a ella con paso firme, tomándola de los brazos para colocarle las esposas metálicas en las muñecas con un golpe seco.

—Verónica Alcázar, queda usted arrestada por los delitos de fraude electrónico masivo y robo de identidad corporativa —declaró el policía mientras le leía sus derechos mecánicamente.

—¡No! ¡Por favor, escúchenme! ¡Me robaron a mi hijo! ¡Soy inocente! —sollozó Verónica, luchando inútilmente mientras la arrastraban hacia la salida.

El abogado de la corporación cerró su carpeta con una sutil mueca de desprecio. Rodrigo lo había planeado con una precisión quirúrgica: al incriminarla digitalmente utilizando su identidad desde el anonimato, se aseguraba de sepultarla en una prisión sin que ella hubiera tenido jamás un solo contacto con su mundo real. Su credibilidad ante la ley estaba destruida antes de poder pronunciar la primera palabra.

Mientras la metían a la fuerza en la parte trasera de la patrulla bajo la fría llovizna que comenzaba a caer de nuevo, Verónica apoyó la frente contra el vidrio empañado. Las lágrimas de debilidad se secaron en sus ojos color miel, siendo reemplazadas por una mirada de hielo absoluto. La joven inocente que se había entregado por amor había muerto esa tarde. En sus ojos nacía una mujer con un solo motor en el corazón: sobrevivir a la cárcel, demostrar cómo usaron su nombre y regresar para destruir el imperio de Rodrigo de la O, cobrándole cada gota de dolor y recuperando al hijo que le habían robado.

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