Los tres días de espera pasaron con una lentitud insoportable para Verónica. Sin embargo, a diferencia de otras ocasiones donde la soledad la deprimía, esta vez su rostro reflejaba una luz completamente nueva. Cada mañana, al despertarse, lo primero que hacía era llevar sus manos a su vientre aún plano y sonreír. Saber que no estaba sola, que el fruto de su amor crecía dentro de ella, le daba una fuerza que no había sentido en años. La tarde del regreso de Rodrigo, Verónica se esmeró como nunca antes. Limpió el penthouse hasta dejarlo impecable, colocó flores frescas en la sala y preparó una cena espectacular. Para la ocasión, eligió un vestido de seda de un color azul suave que resaltaba el brillo de sus ojos color miel. Sobre la mesa del comedor, justo al lado del plato de Rodrigo, colocó una pequeña y elegante caja de regalo de color blanco, adornada con un lazo de cinta plateada. Adentro, envuelta en papel de seda, descansaba la prueba digital con las dos líneas rosadas. A las
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