El teléfono resbaló de mi mano y cayó sobre el escritorio con un golpe sordo. El pánico, frío y paralizante, me atenazó la garganta, impidiéndome respirar. Sentí como si la sangre se me hubiera congelado de golpe en las venas.
Mi bebé. Mi pequeño Alejandro. Rocío estaba sola con él en el departamento y esas dos bestias heridas iban directo hacia allá. Cuando los lobos no tienen nada que perder, se vuelven capaces de las peores atrocidades.
Sofía, que había estado observándome con creciente pr