Los meses transcurrieron como un suspiro de seda dentro del penthouse de Brickell. El cuerpo de Verónica cambió por completo, floreciendo con la dulce curva de una maternidad que ya alcanzaba los ocho meses de gestación. Su vientre estaba grande y hermoso, y cada patadita del bebé era para ella una promesa de esperanza. Durante todo ese tiempo, Rodrigo se había comportado como un hombre atento, controlando sus médicos y medicamentos bajo la excusa de una profunda protección.
Sin embargo, a mil