El amanecer sobre Manhattan no traía el calor tropical de Miami, sino una luz grisácea y fría que se filtraba a través de los inmensos ventanales del Penthouse en la Quinta Avenida. Frente al Central Park, la residencia de los De la O se alzaba como un monumento a la opulencia y al estatus social. Sin embargo, para Gabriela de la O, aquel lugar era un mausoleo de mármol donde su alma se desangraba a cuentagotas.
Gabriela, una mujer de veintiocho años con una elegancia aristocrática innata, pe