Capitulo 9: El Dolor De La Soledad

El amanecer sobre Manhattan no traía el calor tropical de Miami, sino una luz grisácea y fría que se filtraba a través de los inmensos ventanales del Penthouse en la Quinta Avenida. Frente al Central Park, la residencia de los De la O se alzaba como un monumento a la opulencia y al estatus social. Sin embargo, para Gabriela de la O, aquel lugar era un mausoleo de mármol donde su alma se desangraba a cuentagotas.

Gabriela, una mujer de veintiocho años con una elegancia aristocrática innata, permanecía de pie en el centro de la inmensa habitación principal. Su rostro, de facciones perfectas y pálidas, reflejaba un cansancio crónico y un miedo profundo. Llevaba puesto un batón de seda holgado, una prenda que durante los últimos meses había sido su uniforme para ocultar ante las pocas visitas permitidas el falso vientre de espuma que Rodrigo la había obligado a usar.

El sonido de la puerta principal al abrirse hizo que Gabriela diera un respingo. Sus manos, finas y temblorosas, se entrelazaron con fuerza sobre su regazo. Escuchó los pasos firmes y seguros de su esposo resonar en el pasillo, seguidos por el murmullo de una tercera persona. Segundos después, Rodrigo entró a la habitación. Lucía impecable, como si no hubiera pasado la noche viajando en un jet privado tras presenciar un parto y destruir la vida de una mujer en Miami. Detrás de él, una enfermera de mediana edad y rostro severo cargaba un pequeño bulto envuelto en una lujosa manta de lana celeste.

—Aquí está, Gabriela —anunció Rodrigo. Su voz barítona y autoritaria llenó el espacio, desprovista de cualquier calidez paternal, sonando más bien como un inversionista que presume la adquisición de una valiosa propiedad—. Tu hijo ha llegado a casa.

La enfermera avanzó y, con un movimiento mecánico, depositó al recién nacido en los brazos de Gabriela. Al sentir el peso real y el calor del bebé contra su pecho, a Gabriela se le cortó la respiración. Miró el rostro diminuto del niño; tenía apenas unas horas de nacido, la piel sonrosada y unos ojos cerrados que ignoraban el nido de lobos al que acababa de llegar.

Una oleada de culpa, ácida y aplastante, inundó el pecho de Gabriela. Ella era una mujer de buen corazón, criada bajo estrictos valores morales y religiosos, pero completamente anulada por el sometimiento psicológico de Rodrigo. Durante años, él la había castigado con su desprecio y sus palabras gélidas debido a su esterilidad, haciéndola sentir incompleta y defectuosa. Y ahora, la obligaba a ser cómplice de un crimen espantoso.

—Rodrigo... por Dios —susurró Gabriela, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla pálida—. ¿Qué hiciste? ¿De quién es este niño? Me dijiste que usarías un vientre de alquiler legal, pero esto... la forma en que bloqueaste las comunicaciones, los médicos que contrataste en secreto...

Rodrigo caminó hacia ella con paso lento y amenazante. Se detuvo a escasos centímetros, obligándola a levantar la mirada. Sus ojos oscuros, fijos y fríos como los de un reptil, se clavaron en ella con una intensidad que la hizo temblar. Con un dedo tosco, le levantó el mentón con brusquedad.

—Escúchame bien, Gabriela —siseó Rodrigo en un tono de voz sumamente bajo, pero cargado de un peligro letal—. A partir de este segundo, este niño es tu hijo biológico. Salió de tu vientre. El mundo entero vio tu embarazo, los registros médicos de Nueva York que yo mismo alteré así lo confirman. No quiero volver a escuchar una sola pregunta estúpida saliendo de tu boca. ¿Te queda claro?

—Es que no está bien, Rodrigo... —sollozó ella, aferrando al bebé con un instinto contradictorio de protección y terror—. La madre de este niño... debe estar sufriendo...

Rodrigo soltó una risa seca, un sonido carente de cualquier pizca de humanidad que heló la sangre de su esposa. Se dio la vuelta, caminó hacia el espejo de cuerpo entero y comenzó a ajustarse el nudo de la corbata con total tranquilidad.

—La madre de este niño es una delincuente que en este momento está tras las rejas en Miami, acusada de un fraude financiero multimillonario contra mis empresas —declaró Rodrigo con frialdad corporativa—. Su nombre es Verónica Alcázar y pasará los próximos quince o veinte años de su vida pudriéndose en una celda. No tiene dinero, no tiene familia, no tiene nada. Ante la ley, ella es una criminal y tú eres la respetable presidenta de la fundación benéfica De la O. ¿Quién crees que tiene las de ganar?

Gabriela ahogó un grito de horror, mirando al monstruo con el que se había casado. Entendió, con una lucidez aterradora, que si ella se atrevía a decir una sola palabra, Rodrigo sería capaz de destruirla de la misma manera. El sometimiento era absoluto; estaba atrapada en una jaula de oro, atada a un secreto de sangre.

—Margaret —llamó Rodrigo, mirando a la enfermera que permanecía estática junto a la puerta—. Lleva al niño a la guardería. Asegúrate de que todo esté listo para la sesión de fotos de la tarde. Los fotógrafos de la revista de la alta sociedad neoyorquina llegarán a las tres. Queremos que el anuncio del nacimiento del heredero de la firma sea perfecto.

La enfermera asintió, tomó al bebé de los brazos de una Gabriela en estado de shock y salió de la habitación.

Rodrigo se colocó el saco de su traje gris hecho a la medida, se revisó el reloj de lujo y miró a su esposa por última vez antes de salir hacia la oficina.

—Arréglate, Gabriela. Quiero que luzcas radiante para la prensa. Borra esa cara de velorio. Hoy es el día más feliz de nuestras vidas —sentenció, cruzando el umbral y cerrando la puerta tras de sí.

Gabriela se dejó caer de rodillas sobre la alfombra de felpa blanca. Se cubrió el rostro con las manos, llorando con un dolor sordo y asfixiante. El peso de la farsa era una losa que aplastaba su dignidad. Sabía que afuera, el mundo celebraría la fortuna y la "bendición" de la familia De la O, mientras que en algún lugar de Miami, una mujer llamada Verónica vivía un infierno terrenal, despojada de su libertad y de su propio hijo.

Caminó con pasos mecánicos hacia la guardería del bebé, un espacio inmenso decorado con muebles de diseñador y juguetes costosos. Se acercó a la cuna de madera fina donde el niño descansaba. Al observarlo con detenimiento, notó un pequeño detalle que la enfermera había pasado por alto al cambiarle la ropa de la clínica: enganchada en la mantita celeste original, había una pequeña tarjeta manuscrita de control de signos vitales. El nombre del médico estaba tachado con marcador negro, pero en la esquina inferior derecha, con una caligrafía temblorosa pero clara, se leía: Madre: Verónica Alcázar.

Gabriela estiró los dedos y, con el corazón latiéndole a mil por hora, desprendió la tarjeta. Su primer impulso fue destruirla, quemarla para no dejar cabos sueltos que desataran la furia de Rodrigo. Sin embargo, algo en su interior, un destello de decencia y compasión humana, la detuvo. Guardó la pequeña tarjeta en el fondo de un joyero oculto en su clóset.

Miró al bebé una vez más, sabiendo que esa pequeña prueba era el único hilo que conectaba al niño con su verdadera identidad. Una identidad que Rodrigo creía haber borrado para siempre, sin sospechar que las mentiras perfectas siempre terminan por agrietarse desde el interior.

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