Los dos meses siguientes transcurrieron en una calma que bordeaba la perfección. Volví a mi trabajo en el bufete de Sofía, y aunque al principio me costó separarme de mi pequeño Alejandro, saber que se quedaba en el departamento bajo el cuidado amoroso y responsable de Rocío me daba una paz absoluta. Me sentía productiva, fuerte y, sobre todo, dueña de mi propio destino.
Y luego estaba Diego.
Tal como me lo había jurado la noche en que ganamos el juicio, no pasó un solo día sin que me demostr