Mundo ficciónIniciar sesiónLas contracciones comenzaron en la madrugada de un martes lluvioso. Verónica se despertó con una punzada intensa en la espalda baja que la obligó a aferrarse a las sábanas de la suite. Al principio intentó mantener la calma, respirando despacio como le habían enseñado, pero cuando el dolor se repitió apenas diez minutos después, supo que el momento había llegado. Su hijo estaba listo para nacer.
Con dificultad, Verónica presionó el botón de emergencia junto a la cama. En cuestión de segundos, la enfermera jefe y dos asistentes entraron a la habitación. Lo que a Verónica le extrañó, en medio de su dolor, fue la absoluta frialdad de sus rostros. No había sonrisas de felicitación, ni la calidez habitual que se espera en una sala de maternidad. Se movían con una precisión mecánica, casi fantasmal. —Llamen a Rodrigo... por favor, avísenle que ya va a nacer —suplicó Verónica con la voz entrecortada, mientras una nueva contracción la hacía arquearse en la cama. —El señor de la O ya está en camino, señora Alcázar. Mantenga la calma —respondió el ginecólogo de cabecera, entrando a la habitación mientras se colocaba los guantes de látex. Sus ojos, detrás de las gafas, eran fríos y distantes. Dos horas más tarde, Verónica fue trasladada a la sala de partos de la clínica. El ambiente allí era gélido, iluminado por potentes lámparas blancas que hacían brillar el metal de los instrumentos médicos. El dolor físico era abrumador, pero la angustia en el pecho de Verónica era aún mayor. Rodrigo no aparecía. Ella necesitaba su mano, su mirada, su apoyo en el momento más importante de su vida. —¡Rodrigo! —gritó Verónica entre lágrimas, haciendo un esfuerzo sobrehumano en cada pujido—. ¿Dónde está? ¡Necesito que esté aquí! —Concéntrese en pujar, Verónica. Ya casi termina —ordenó el médico con voz dura, ignorando por completo el sufrimiento emocional de la joven. Tras varios minutos de una agonía intensa, un llanto agudo y fuerte rompió la tensión de la sala. El corazón de Verónica dio un vuelco de amor puro. El llanto de su hijo borró instantáneamente todo el dolor. Una oleada de lágrimas de felicidad corrió por sus mejillas sudorosas. —Es un niño... sano y fuerte —anunció la enfermera en un tono extrañamente plano. —Déjenme verlo... por favor, pónganmelo en el pecho —pidió Verónica, estirando los brazos con desesperación, ansiosa por sentir la piel de su bebé por primera vez. Sin embargo, la enfermera le dio la espalda de inmediato, envolviendo al recién nacido en una manta blanca y caminando hacia la salida lateral de la sala. El médico ni siquiera parpadeó. —Hay que hacerle unos chequeos de rutina, Verónica. Descanse —dijo el doctor. En ese momento, la puerta de la sala se abrió y la imponente figura de Rodrigo apareció. No vestía ropa quirúrgica, sino su impecable traje gris. No miró a Verónica con amor ni con orgullo. Sus ojos oscuros pasaron de largo de la camilla y se fijaron directamente en la enfermera que cargaba al bebé. Con un leve asentimiento de cabeza, Rodrigo le dio una orden silenciosa. La enfermera salió de la habitación con el niño en brazos, desapareciendo por el pasillo. Verónica, debilitada y con la vista nublada por el esfuerzo, sintió que el terror absoluto la congelaba por dentro. Sus valores de madre y su instinto de protección se encendieron con una fuerza desesperada. —¡Rodrigo! ¿A dónde se llevan a mi hijo? ¡Diles que me lo den! —gritó ella, intentando incorporarse en la camilla, pero las correas de seguridad en sus muñecas y la debilidad de su cuerpo se lo impidieron. Rodrigo caminó lentamente hacia ella. Se paró al lado de la camilla y la miró desde arriba. En su rostro no había rastro del hombre cariñoso y protector de los últimos meses. Su mirada era de un hielo absoluto, la mirada de un monstruo que finalmente se quitaba la máscara. —Tranquila, Verónica. El niño está bien —dijo él, y su voz barítona sonó más distante y cruel que nunca—. Cumpliste con tu parte. El heredero de los De la O ya nació. —¿De qué hablas? ¡Es nuestro hijo! ¡Trae a mi bebé! —sollozó Verónica, sacudiéndose con las pocas fuerzas que le quedaban, sintiendo que el mundo se le derrumbaba encima. —No, Verónica. Es mi hijo —sentenció Rodrigo con una frialdad espantosa—. Y en este momento, va camino a Nueva York para estar con su verdadera madre, Gabriela. Ante el mundo, tú nunca exististe. Verónica abrió los ojos desmesuradamente, sintiendo que el corazón se le partía en mil pedazos ante la magnitud de la traición. Antes de que pudiera gritar de nuevo, sintió un pinchazo agudo en el catéter de su brazo. El ginecólogo, siguiendo las órdenes de Rodrigo, acababa de inyectarle una fuerte dosis de sedante. —No... por favor... mi bebé... —susurró Verónica en un hilo de voz, mientras el llanto se ahogaba en su garganta. La luz blanca de la sala comenzó a oscurecerse. El rostro impasible de Rodrigo fue lo último que vio antes de que el medicamento la arrastrara hacia un abismo de inconsciencia profunda, dejándola completamente sola, despojada de su libertad y del milagro de su vida.






