Éramos los vencedores absolutos. Aquellos lobos hambrientos ya no podían hacer absolutamente nada en contra de mi hijo; la ley los había desarmado y les había quitado los colmillos de un solo golpe.
Al escuchar el golpe final del mazo del juez, sentí que un peso gigantesco y asfixiante que llevaba cargando en la espalda durante más de un año se desprendía por fin. Una felicidad inmensa, pura y vibrante me inundó el pecho, haciéndome sonreír con ganas. No, lo que sentía en ese momento no era se