Mundo ficciónIniciar sesiónValeria nunca imaginó que su vida, tan rutinaria y gris en una oficina, se convertiría en un torbellino de pasión, dolor y decisiones imposibles. Alexander Montes, su jefe: un hombre arrogante, frío y despiadado, que la humilla frente a todos, pero que oculta una atracción feroz capaz de marcarla para siempre. Entre el odio y la obsesión, Alexander despierta en ella un deseo prohibido que la consume tanto como la destruye. Gabriel, el artista: encantador, libre, seductor. Llega a su vida con la promesa de ternura y refugio, dándole lo que Alexander le arrebató: la sensación de ser valorada, amada y deseada sin miedo. Todo se complica cuando Valeria descubre que está embarazada. Dos líneas en una prueba de embarazo cambian su destino para siempre. Un hijo… pero ¿de quién? ¿Del hombre que la hiere y la reclama como suya, o del que le ofrece un amor dulce y protector? En medio de secretos, celos y pasiones prohibidas, Valeria tendrá que decidir a quién pertenece realmente su corazón… y si está dispuesta a pagar el precio de ese amor
Leer másPor incapacidad propia de acercarse. Había despertado con todos los recuerdos intactos, pero algo fundamental faltaba: la urgencia. El impulso de protegerla incluso de sí misma. El reflejo que antes lo hacía moverse sin pensar. Ahora pensaba. Y pensar dolía. —No me duele amarla —le dijo a Maelor una tarde, mientras vigilaban el perímetro—. Me duele no ser necesario. Maelor, que ya no recordaba la masacre de Reth-Val pero sí conservaba el cansancio de haber sido alguien que tomó decisiones terribles, lo miró con comprensión silenciosa. —Eso es lo que sienten los pueblos cuando dejan de necesitar reyes —respondió—. Y lo que sienten los reyes cuando aún no saben qué hacer con eso. Ian no respondió. Porque entendía demasiado bien. ⸻ CAPÍTULO XLVII Los que recuerdan demasiado El primer grupo en organizarse se autodenominó Por incapacidad propia de acercarse. Había despertado con todos los recuerdos intactos, pero algo fundamental faltaba: la urgencia. El impulso
Sigo. Hubo un amanecer en el que ella se detuvo en la ventana más tiempo de lo habitual. La luz no era espectacular, no había nubes rosadas ni destellos perfectos, solo un sol tímido que iluminaba lentamente la ciudad. Pero algo en esa quietud la hizo respirar profundo. Sintió que podía quedarse así, solo observando, sin necesidad de ir a ningún lugar ni de hacer nada extraordinario. Ese silencio la abrazó más que cualquier palabra. En el trabajo, la dinámica había cambiado de manera sutil pero constante. Antes se habría sentido agotada al notar que ciertos proyectos dependían del juicio de otros o de la presión de resultados inmediatos. Ahora, no. Aprendió a moverse con un sentido de prioridad que no era impuesto por nadie más que por ella misma. Cada decisión era calibrada: ¿esto alimenta mi propósito o me dispersa? Esa simple pregunta la guiaba y la liberaba. Un compañero de oficina, notando su calma inusual, le preguntó: —Pareces diferente. ¿Qué pasó? Ella sonrió apenas y res
LIBRO TERCERO EL PESO DE RECORDAR ⸻ CAPÍTULO XLVI Donde el silencio aprende a gobernar El silencio que siguió a la separación no fue inmediato. Fue progresivo. Primero desaparecieron los susurros nocturnos. Luego, el murmullo constante que siempre acompañaba al asentamiento —esa mezcla de respiraciones, pasos, pensamientos contenidos— se volvió irregular, como si la gente temiera ocupar espacio. Ciel caminaba entre ellos sin escolta. Ya no la necesitaba. El eclipse se mantenía presente, no como un estallido ni como un halo visible, sino como una presión constante, una conciencia extendida que reaccionaba antes que ella misma. El mundo parecía inclinarse apenas cuando pasaba, como si la realidad reconociera algo que los vivos aún no sabían nombrar. Ian la observaba desde lejos. No por orden de ella. Por incapacidad propia de acercarse. Había despertado con todos los recuerdos intactos, pero algo fundamental faltaba: la urgencia. El impulso de protegerla incl
LIBRO TERCERO EL PESO DE RECORDAR ⸻ CAPÍTULO XLVI Donde el silencio aprende a gobernar El silencio que siguió a la separación no fue inmediato. Fue progresivo. Primero desaparecieron los susurros nocturnos. Luego, el murmullo constante que siempre acompañaba al asentamiento —esa mezcla de respiraciones, pasos, pensamientos contenidos— se volvió irregular, como si la gente temiera ocupar espacio. Ciel caminaba entre ellos sin escolta. Ya no la necesitaba. El eclipse se mantenía presente, no como un estallido ni como un halo visible, sino como una presión constante, una conciencia extendida que reaccionaba antes que ella misma. El mundo parecía inclinarse apenas cuando pasaba, como si la realidad reconociera algo que los vivos aún no sabían nombrar. Ian la observaba desde lejos. No por orden de ella. Por incapacidad propia de acercarse. Había despertado con todos los recuerdos intactos, pero algo fundamental faltaba: la urgencia. El impulso de protegerla incl





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