Sigo.
Hubo un amanecer en el que ella se detuvo en la ventana más tiempo de lo habitual. La luz no era espectacular, no había nubes rosadas ni destellos perfectos, solo un sol tímido que iluminaba lentamente la ciudad. Pero algo en esa quietud la hizo respirar profundo. Sintió que podía quedarse así, solo observando, sin necesidad de ir a ningún lugar ni de hacer nada extraordinario. Ese silencio la abrazó más que cualquier palabra.
En el trabajo, la dinámica había cambiado de manera sutil pero