El aroma del café recién hecho la despertó. Valeria parpadeó, confundida, hasta que vio a Gabriel entrando en la habitación con una bandeja. —Buenos días, preciosa —dijo con una sonrisa cálida.
Ella no pudo evitar sonreír también, pese a todo lo que cargaba en el corazón.
Gabriel había sido un bálsamo, un escape necesario.
—Te ves feliz —murmuró, recibiendo la taza que él le tendía.
—Lo estoy —respondió él, inclinándose para besarle la frente—. Me alegra que anoche hayas confiado en mí.
Valeria