Mundo de ficçãoIniciar sessãoLas semanas pasaron con la misma velocidad con la que uno se acostumbra a una idea que no pidió.
Ni Meivi ni Damián buscaron hablar entre ellos. Ambos tenían demasiado orgullo para dar el primer paso, y al mismo tiempo, la suficiente madurez para saber que el encuentro era inevitable. El anuncio oficial se fijó para un viernes por la noche, en el salón principal del hotel Valmont, un lugar tan elegante como impersonal, donde todo parecía diseñado para brillar bajo las cámaras. Los Moreau habían organizado la recepción, y los Villaseñor, aunque con una sonrisa algo más tensa, aceptaron asistir. La prensa ya estaba al tanto: “Una alianza entre dos grandes nombres de la industria”. Así lo llamaban. Un “compromiso estratégico”, una “fusión entre familias poderosas”. Nadie mencionaba la palabra matrimonio arreglado, pero todos lo pensaban. El salón estaba lleno. Luces blancas, copas de cristal, periodistas apostados discretamente en las esquinas, y una orquesta que sonaba demasiado perfecta para un evento que en realidad se sentía forzado. Damián llegó primero. Traje oscuro, cabello perfectamente peinado, expresión impenetrable. Era el tipo de hombre que, sin decir una palabra, controlaba el ambiente. Su sola presencia bastaba para que la gente bajara la voz o fingiera admiración. Saludó a los invitados, o más bien asintió, porque hablar nunca fue lo suyo. La cortesía era un trámite, no una necesidad. Su madre, radiante, no dejaba de sonreírle a las cámaras. —Tienes que relajarte un poco, hijo —le dijo en voz baja—. Hoy es un gran día. —Para quién, exactamente —respondió él, sin apartar la vista del salón. —Para todos —replicó ella con naturalidad—. Ya verás que Meivi es una mujer extraordinaria. Damián no contestó. Solo se limitó a mirar su reloj, deseando que el evento terminara antes de empezar. Cuando los Villaseñor entraron al salón, el murmullo del público cambió de tono. Los fotógrafos giraron casi al mismo tiempo, los flashes se encendieron, y el aire se volvió más denso. Meivi caminaba entre la multitud con esa seguridad que solo alguien verdaderamente herido aprende a usar como armadura. Vestía un traje negro, elegante, sin un solo exceso. Su cabello caía suelto sobre los hombros, y su mirada era directa, sin vacilar. No parecía nerviosa, ni incómoda, ni siquiera sorprendida. Solo firme. Sabía que todos la observaban. Y eso, curiosamente, le daba poder. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Damián, el tiempo pareció detenerse. No hubo sonrisas. Tampoco saludo. Solo ese tipo de silencio que dice demasiado. Él la observó de arriba abajo con la frialdad de quien analiza una estructura antes de aprobarla. Ella sostuvo la mirada con el mismo desafío de siempre, aunque su corazón le diera un golpe seco en el pecho. Años habían pasado desde la última vez que se vieron, pero ninguno parecía haber olvidado la forma exacta en la que el otro lo irritaba. —Ahí está —susurró la madre de Damián, con un tono casi emocionado—. Qué mujer más hermosa, ¿verdad? —Hermosa no significa fácil —respondió él, sin apartar la vista. Los padres de ambos se acercaron para saludarse, con sonrisas. Y, como si el destino se complaciera en burlarse de ellos, un periodista se adelantó con un micrófono en mano. —Señor Moreau, señorita Villaseñor —dijo con entusiasmo—, ¿podemos tener una foto de los futuros esposos? Damián dio un paso hacia ella. Meivi lo miró sin moverse, pero el fotógrafo ya estaba levantando la cámara. Él le ofreció la mano. Ella la tomó. No por gusto, sino porque ambos sabían que en su mundo, las apariencias pesan más que las verdades. El flash explotó frente a ellos. Por un instante, el salón se llenó de murmullos, de suspiros y de titulares imaginarios. A simple vista, parecían una pareja perfecta. uniendo imperios bajo el mismo techo. Pero quienes los conocían sabían que detrás de esa imagen había una guerra fría apenas contenida. Las risas y el tintinear de las copas llenaban el salón con una calma engañosa. Desde lejos, el compromiso parecía un éxito: dos familias unidas, periodistas satisfechos, un ambiente de celebración perfectamente controlado. Nadie imaginaba lo que realmente se escondía detrás de cada sonrisa medida. En una de las mesas centrales, Claudia Moreau, la madre de Damián, conversaba con Estela Villaseñor, la madre de Meivi. Ambas mujeres reían con esa elegancia que solo las familias acostumbradas a la prensa saben mantener. —Jamás imaginé que el destino volvería a cruzarnos así —comentó Claudia, con una sonrisa cálida, mientras sostenía su copa de champaña. —El destino siempre tiene maneras extrañas —respondió Estela—. Pero debo admitir que, viéndolos juntos, parecen hechos el uno para el otro. Claudia rió suavemente. —Ojalá mi hijo lo entendiera igual de rápido. Damián es... particular. Tiene sus propias reglas. —Los hombres así, son los que más aprenden a amar —replicó Estela con ternura. Ambas compartieron una mirada cómplice. Era el tipo de conversación que solo las madres entienden: esa mezcla de ilusión, estrategia y cariño disfrazado de diplomacia. A pocos metros, las hermanas de Damián —Alexandra y Sofía— estaban sentadas en otra mesa, observando a su hermano con disimulada curiosidad. Alexandra, la mayor, de unos cuarenta años, siempre había sido la más analítica. Llevaba años administrando una galería de arte y tenía ese aire tranquilo de quien todo lo evalúa. Sofía, por el contrario, era más impulsiva. —¿Estás viendo eso? —murmuró Sofía, inclinándose hacia su hermana mientras señalaba con la mirada a Damián y Meivi. —Claro que lo estoy viendo —respondió Alexandra, cruzando una pierna sobre la otra—. Aunque me sorprende que no haya explotado todavía. Sofía sonrió con un brillo divertido. —No digas eso. Están comportándose... civilizados. —Civilizados para los estándares de Damián, tal vez —contestó Alexandra—. Pero mira su cara. Está calculando el número exacto de segundos antes de que ella diga algo que lo saque de quicio. Ambas rieron bajo, mientras fingían interesarse por el brindis que los padres de ambos hacían al fondo del salón. —¿Y ella? —preguntó Sofía, bajando la voz—. ¿Qué opinas de Meivi? —Es interesante —respondió Alexandra, después de observarla unos segundos—. Tiene presencia, carácter… y además puede ser la media naranja de Damián —Entonces encaja —dijo Sofía—. Perfecta para nuestro hermano. A unos metros de ellas, los hermanos gemelos de Meivi, Andrés y Adrián, estaban junto a su padre, Héctor Villaseñor, escuchando con atención la conversación entre él y Don Gabriel Moreau. Ambos hombres, a pesar de sus diferencias, compartían el porte de quienes han cargado con responsabilidades toda la vida. —Aprecio mucho que nos hayan extendido la mano, Gabriel —dijo Héctor, con un tono sincero, pero algo cansado—. No es fácil aceptar ayuda, pero tú siempre fuiste un hombre de palabra. —Los años no borran las amistades verdaderas —respondió Gabriel, sonriendo—. Además, si algo he aprendido, es que los negocios vienen y van. Las familias, en cambio, perduran. Andrés, uno de los gemelos, no pudo evitar intervenir. —¿Y qué pasa si las familias no quieren perdurar juntas? —preguntó con una mezcla de ironía y curiosidad juvenil. Su padre le lanzó una mirada que bastó para hacerlo callar. Gabriel rió con suavidad. —Entonces el tiempo se encarga de enseñarles. A veces, lo que empieza como una obligación termina siendo la mejor decisión. Mientras tanto, Damián y Meivi seguían conversando con un grupo de inversionistas y periodistas que los rodeaban con curiosidad fingida. A cada pregunta sobre “cómo se conocieron” o “qué los unió”, ambos respondían con frases cortas, medidas, casi ensayadas. —Nos conocemos desde hace años —decía Meivi, con una sonrisa impecable. —Demasiados años —agregaba Damián, con ese tono neutro que podía sonar amable o mordaz, dependiendo de quién lo escuchara. Algunos reían, otros asentían sin entender la tensión invisible entre ellos. A cada flash, a cada mirada, Meivi sentía el peso de una vida que nunca eligió. Damián, por su parte, estaba agotado del teatro. Sonreír sin sentirlo era una habilidad que dominaba desde hacía años, pero aquella noche la práctica le pesaba más de lo habitual. Desde la mesa, su hermana Alexandra lo observó levantar la copa junto a Meivi. —Y ahí está —dijo, apenas moviendo los labios—. Nuestro querido hermano interpretando el papel del novio perfecto. —Por dentro debe estar maldiciendo a medio salón —rió Sofía, chocando suavemente su copa contra la de ella. Mientras tanto, Meivi pensaba exactamente lo mismo, aunque en sentido opuesto. No necesitaba oír lo que Damián pensaba; lo veía en su mirada: ese orgullo inquebrantable, esa rigidez que siempre la había exasperado. ---------------- [Damián] No sé cuántas preguntas tuvimos que responder esa noche, pero fueron demasiadas. Periodistas, socios, fotógrafos… todos con la misma sonrisa falsa, la misma curiosidad disfrazada de cortesía. Meivi y yo jugábamos bien el papel, como dos actores que conocen su guion al milímetro. Ella respondía con elegancia. Yo asentía, añadía lo justo y mantenía el rostro tranquilo. Ni una mueca de fastidio, ni una palabra de más. A simple vista éramos una pareja perfecta, pero por dentro solo pensaba en cuánto tiempo más iba a tener que soportar el circo. Meivi tenía ese aire sereno que tanto irritaba. No porque fuera desagradable, sino porque sabía controlarse demasiado bien. Y yo, sinceramente, detesto no poder descifrar lo que alguien piensa. Estaba justo por sugerir que nos retiráramos cuando lo vi. Un tipo alto, cabello rubio, sonrisa de anuncio barato. Caminó hacia nosotros con la confianza de quien cree que el mundo entero lo espera. —Meivi —dijo con una voz tan empalagosa que me dio ganas de reír—. No puedo creer que sigas igual de hermosa. Ella se tensó al instante. La sonrisa se le borró en cuestión de segundos, y eso me bastó para saber que no era precisamente un viejo amigo querido. —Thomas —respondió ella, seca, sin entusiasmo. Ah. El nombre me sonaba. No lo conocía personalmente, pero había escuchado alguna vez que ese tipo había trabajado con ella en una campaña. Algo así. No presté atención entonces, pero ahora deseé haberlo hecho. Thomas se acercó más, demasiado. —No sabía que te habías comprometido. Qué sorpresa… No pensé que te interesaran los hombres tan… tradicionales. —Sus ojos se deslizaron hacia mí con una sonrisa cargada de veneno. Meivi intentó mantener la compostura. —No tengo por qué darte explicaciones. Él rió bajo. —Siempre tan orgullosa. Supongo que sigues creyendo que nadie está a tu altura. La conversación empezaba a atraer miradas. La gente cercana bajó el tono de voz, fingiendo que no escuchaba, pero todos lo hacían. Yo observaba, sin intervenir. No porque me diera igual, sino porque prefería medir mis pasos antes de actuar. Pero entonces el idiota la tocó. Una mano en su brazo, suave, pero con esa intención arrogante de quien quiere marcar territorio frente a un público. Y ahí se acabó mi paciencia. —Retira la mano —le dije, sin levantar la voz. El hombre giró hacia mí, fingiendo sorpresa. —Oh, tranquilo, solo hablaba con ella. —Te dije que la retires —repetí, esta vez sin amabilidad. Su sonrisa vaciló. No estaba acostumbrado a que alguien le hablara así. Intentó bromear, pero ya no me interesaba escuchar. Di un paso hacia él, lo suficiente para que entendiera que no estaba negociando. —Si quieres seguir hablando, elige mejor a quién le pones las manos encima —le advertí—. Porque si vuelves a tocar a mi prometida, te aseguro que vas a necesitar otra mano para poder sostener la copa. Su rostro cambió. Pasó del descaro a la incomodidad. Meivi intentó interponerse, pero ya era tarde. El tipo murmuró algo ininteligible, dio un paso atrás y desapareció entre los invitados con la dignidad rota. El silencio a nuestro alrededor era incómodo. Algunas personas fingieron no haber visto nada, otras sonreían con nerviosismo. Yo solo ajusté el cuello de la chaqueta y respiré hondo. Meivi me miró con una mezcla de sorpresa y molestia. —No hacía falta que intervinieras —dijo al fin. —Claro que hacía falta —respondí, sin darle tiempo a continuar—. Estabas a un segundo de estamparle la copa en la cara, y dudo que eso te dejara bien frente a la prensa. Ella frunció el ceño. —Puedo defenderme sola, Damián. No necesito que me salves. —No te salvé —repuse con calma—. Solo puse a alguien en su lugar. Su mirada se endureció. —¿Así lo llamas? Porque desde aquí pareció un espectáculo más de tu ego. Por un instante pensé en dejarla ir. Pero algo en mí se rebeló. Tal vez el orgullo, o tal vez el simple hecho de que nadie me hablaba así desde hacía años. Tomé su muñeca con firmeza, sin brusquedad. Ella se detuvo, sin voltearse. —No lo hice por las cámaras —le dije en voz baja—. Lo hice porque me dio asco verlo tocarte. La frase quedó suspendida entre nosotros. Ella lo sabía, yo también. Ninguno quiso reconocer lo que eso significaba. Después de unos segundos, se soltó despacio y dio un paso atrás. —Agradezco el gesto —murmuró, con una calma ensayada—. Pero no necesito un héroe, Damián. —Perfecto —contesté—. Yo no soy uno. La vi alejarse entre la multitud. Y sí, probablemente tenía razón. No necesitaba que la defendiera. Pero igual lo hice. Y, maldita sea, no me arrepentía ni un poco.






