Mundo ficciónIniciar sesiónLa cafetería olía a café recién molido y pan dulce. A esa hora de la mañana, el lugar estaba lleno de ejecutivos, diseñadores y estudiantes que hablaban entre laptops y tazas humeantes. Meivi estaba sentada junto a la ventana, con el cabello recogido en un moño sencillo y las gafas apoyadas en la punta de la nariz. Frente a ella, su mejor amiga, Valeria, la miraba como si acabara de escuchar el mayor escándalo del año.
—¡¿Qué?! —soltó Valeria, con un grito que hizo voltear a media cafetería. —Baja la voz, por favor —murmuró Meivi, llevándose la taza de café a los labios, fingiendo calma. —¿Cómo quieres que baje la voz si me dices que ese imbécil apareció en tu compromiso? —insistió Valeria, bajando el tono, pero no la indignación—. ¿Qué demonios hacía Thomas ahí? Meivi suspiró. —No lo sé. Tal vez alguien lo invitó o tal vez se coló, como siempre hacía. El punto es que apareció, abrió la boca y casi arruina todo el evento. Valeria dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco. —Ese hombre no tiene vergüenza. Después de lo que te hizo, debería estar viviendo en una cueva. —Sí, bueno, las cuevas no suelen tener cámaras ni cócteles, así que dudo que le interesen —respondió Meivi con ironía, moviendo la cucharita dentro del café. Valeria la observó, entre molesta y preocupada. —¿Y Damián? —preguntó con curiosidad contenida. —¿Qué pasa con él? —dijo Meivi, sin levantar la vista. —Leí los titulares esta mañana. “El CEO Moreau defiende a su prometida ante un incómodo exnovio.” —Valeria recitó la frase con dramatismo, como si fuera el fragmento de una novela barata—. Está en todas las redes. Meivi se recargó en la silla, mirando hacia la ventana. Afuera, la ciudad seguía su ritmo: autos, peatones, la vida de siempre. —Fue un impulso. Nada más. No hay que darle importancia. Valeria arqueó una ceja. —¿Un impulso? El hombre estaba listo para arrancarle la cabeza a Thomas. Si eso no es territorialidad, no sé qué es. —No exageres —dijo Meivi, cruzándose de brazos. —No exagero. Se notaba. Y, sinceramente, se lo aplaudo —replicó Valeria—. No muchos tendrían las agallas de enfrentarse a alguien en medio de toda esa gente. Meivi giró la mirada hacia ella, cansada. —No era su lugar. Yo podía manejarlo. Valeria rió bajo, incrédula. —Claro, como siempre. Tú puedes con todo, ¿no? No sé si lo has notado, pero te la pasas fingiendo que nada te afecta, y mientras tanto, te tragas media vida en silencio. La frase cayó pesada, pero cierta. Meivi no respondió. Solo giró la taza entre los dedos, observando el remolino del café, como si ahí dentro hubiera algo que necesitara entender. —No lo defiendo, pero tampoco lo niegues —añadió Valeria, más suave—. Ese tipo te defendió sin pensarlo. Y tú lo sabes. Meivi apretó los labios, recordando la escena. La mano de Damián sujetando el brazo de Thomas, la tensión en su mirada, su voz contenida. No había sido un gesto diplomático. Había sido instintivo, crudo. —No tiene nada que ver con eso —dijo finalmente, sin mucha convicción—. Damián es un hombre orgulloso. No iba a permitir que nadie lo dejara en ridículo, y menos delante de la prensa. Valeria sonrió, como quien ve a alguien negar lo obvio. —Claro. Fue su orgullo. No el hecho de que te mirara como si quisiera partirle la cara a cualquiera que se te acercara. —Valeria… —advirtió Meivi. —Lo sé, lo sé —dijo ella, levantando las manos—. No quieres hablar de eso. Pero entre tú y yo, ese odio que le tienes suena demasiado emocional para ser puro rechazo. —Te equivocas —dijo Meivi, con una calma que sonaba a defensa—. Lo detesto por lo que es: arrogante, prepotente, controlador. —Y atractivo —interrumpió Valeria con una sonrisa ladina. —No empieces —gruñó Meivi, reprobándola con la mirada. —Lo siento, pero lo es —insistió Valeria, encogiéndose de hombros—. Además, lo conoces desde hace años. No me sorprendería que en el fondo haya más historia de la que quieres admitir. Meivi se quedó callada. No por falta de respuesta, sino porque en el fondo sabía que había algo en esas palabras que no quería explorar. —Lo único que sé —dijo al fin— es que no pienso repetir errores. Ya tuve suficiente con un hombre que me hizo sentir pequeña. No volveré a dejar que nadie tenga ese poder sobre mí. Valeria asintió despacio. —Está bien. Pero solo recuerda algo: el amor y el odio no siempre saben mantenerse en su carril. A veces se mezclan. Y cuando lo hacen, queman todo lo que tocan. El silencio volvió a instalarse entre las dos, solo interrumpido por el ruido de la cafetera detrás del mostrador. Meivi suspiró, apoyando la barbilla en su mano. No lo admitiría, pero Valeria tenía razón en una cosa. El reloj marcaba las nueve de la mañana en Madrid. Desde las ventanas panorámicas del piso treinta y dos, se veía el cielo gris reflejando los edificios modernos del distrito financiero. La ciudad se movía con su ritmo habitual, mientras dentro de la oficina de Moreau Tech Industries, todo estaba envuelto en una calma controlada, casi quirúrgica. Damián estaba sentado frente a la gran pantalla de su despacho, atendiendo una videoconferencia con dos inversionistas extranjeros. La voz metálica del traductor automático llenaba el silencio. —El informe preliminar muestra un aumento del 12% en las suscripciones de software durante el último trimestre —explicaba su asistente desde el margen de la reunión—. Pero el mercado asiático sigue presentando resistencia con las licencias de seguridad. Damián asintió levemente, sin apartar los ojos de la pantalla. Del otro lado, los inversionistas lo observaban con respeto —o con miedo—, era difícil saberlo. Su reputación en el sector tecnológico no se debía solo a su inteligencia, sino a su frialdad para tomar decisiones. En Moreau Tech no había lugar para errores, ni para sentimentalismos. —El margen de resistencia es aceptable —dijo, finalmente, con voz grave y pausada—. Si el mercado no se adapta a nuestras condiciones, entonces ajustaremos los términos del acuerdo. No pienso negociar estándares por complacer a nadie. Uno de los inversionistas, un hombre de cabello canoso, se removió en su asiento virtual. —Pero señor Moreau, eso podría retrasar la expansión europea... Damián lo interrumpió con una leve sonrisa que no alcanzó los ojos. —Prefiero retrasar un trimestre antes que comprometer la seguridad del producto. No invierto en improvisaciones. Silencio. Ambos inversionistas asintieron, y el tono de la reunión cambió. Hablar con Damián siempre era así: directo, sin adornos, sin espacio para la duda. Después de unos minutos, la pantalla se apagó. El asistente se retiró con discreción, dejándole el despacho en completa tranquilidad. Damián se quitó el auricular y se apoyó en el respaldo de su silla. El silencio volvió a ser su refugio. Frente a él, el skyline de Madrid parecía una postal. Ordenado. Preciso. Predecible. Nada como las personas. Apoyó los codos sobre el escritorio y se frotó el puente de la nariz. La noche anterior había sido un desastre en todos los sentidos posibles. No soportaba la idea de que la prensa hablara más de su vida personal que de su empresa. Los titulares lo perseguían desde el amanecer: “El CEO que defendió a su prometida frente a su exnovio.” Un espectáculo mediático que él jamás habría permitido… si no fuera porque, por primera vez en años, actuó sin pensar. Nunca fue un hombre impulsivo, pero algo en esa escena lo había hecho perder la compostura. Tal vez el gesto arrogante de ese tipo. Tal vez la expresión de incomodidad en el rostro de ella. O tal vez —solo no quería admitirlo— la simple idea de verla vulnerable le resultaba insoportable. Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Su secretaria, Elena, asomó la cabeza con su eficiencia habitual. —Señor Moreau, su madre está en línea uno. Dice que es urgente. Damián suspiró. —Pásala. El tono de su madre sonó alegre, demasiado para la hora. —¡Hijo! He visto las noticias. Has sido toda una sensación. —No empieces, mamá —dijo él, girando la silla hacia la ventana. —No puedo evitarlo. Estás en todas las portadas. La gente no deja de hablar del “hombre que protege a la mujer que ama.” —Lo que vieron fue una pérdida momentánea de paciencia, no un acto romántico. Ella rió suavemente. —Llámalo como quieras. A veces la paciencia se pierde por las razones correctas. Damián solo suspiro. —No, digas tonterías hasta luego mamá. ---------------- Damián había terminado la reunión con el comité de desarrollo hacía menos de una hora y ya sentía la cabeza pesada. Llevaba todo el día entre gráficas, números y correos sin sentido, con la paciencia colgando de un hilo. Por un segundo, mientras repasaba la lista de pendientes en su ordenador, pensó que su madre tenía razón: quizás lo suyo no era el matrimonio… ni la vida social, ni el contacto humano. De hecho, si hubiera tenido que elegir una alternativa, probablemente se habría ido a vivir a un monasterio. Aunque, claro, lo descartó enseguida. Recordó aquellas épocas en las que su familia lo mandaba de niño a campamentos religiosos durante el verano. Las monjas siempre lo trataban con una devoción sospechosa, y más de una le sonreía con un exceso de “fe” que no tenía nada de santo. Definitivamente, no. Ser sacerdote no era una opción viable. Estaba en medio de ese pensamiento absurdo cuando la puerta del despacho se abrió sin previo aviso. —¿Se puede? —dijo una voz familiar, cargada de energía. Samuel, su mejor amigo desde la universidad, apareció con una sonrisa amplia y una niña pequeña en brazos. La niña, de unos cinco años, tenía el cabello castaño claro, rizado en las puntas, y unos ojos enormes que brillaban de curiosidad. —No esperaba verte por aquí —dijo Damián, dejando el bolígrafo sobre la mesa—. Pensé que seguías en California. Samuel sonrió mientras la pequeña se removía inquieta en sus brazos. —Acabamos de volver anoche. Ya sabes cómo es esto: jet lag, juguetes perdidos, y la niña empeñada en ver a su “tío Damián” antes de que yo siquiera terminara el café. La niña, sin esperar permiso, se deslizó de los brazos de su padre y corrió hacia él. —¡Damián! —gritó, con la alegría genuina que solo los niños saben tener. El hombre no pudo evitar sonreír. Se agachó para recibirla en brazos, y ella se aferró a su cuello con fuerza, dejando un rastro de risas suaves en su oído. —Hola, pequeña —dijo él, su voz suavizándose de forma involuntaria—. ¿Te portaste bien mientras estabas fuera? —Sí —respondió ella, con la seguridad del que cree que decirlo basta para hacerlo cierto—. Pero te eché de menos. Damián la miró con un gesto que, en cualquier otra persona, habría sido pura ternura. En él, era un pequeño milagro. —Yo también te eché de menos, ratoncita —dijo, antes de levantar la vista hacia su amigo—. ¿Qué te trae por aquí? Samuel se apoyó en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos y una sonrisa cómplice. —Vine a sacarte de esta cueva. Vamos a comer. No acepto excusas. Damián arqueó una ceja. —Tengo trabajo. —Siempre tienes trabajo —replicó Samuel—. Pero hoy no te lo voy a permitir. Me debes al menos una comida y una conversación decente. Además, mi hija no se va de aquí sin una hamburguesa. La niña lo miró con determinación. —Sí, Damián. Papá dijo hamburguesa. Él soltó una risa corta, sincera, que hasta a él le sorprendió. —Veo que no tengo opción. —Nunca la tuviste —dijo Samuel, divertido—. Vamos, te invito yo. Y si te portas bien, prometo no preguntarte por tu compromiso arreglado que está en todos los titulares. Damián lo fulminó con la mirada, pero el comentario no hizo más que arrancarle una sonrisa resignada. —Sabía que no ibas a resistir la tentación.






