5.Guerra fría

El día había amanecido despejado, con un cielo tan azul que parecía una burla para los nervios que se escondían detrás de las paredes del gran hotel El Mirador de Madrid, el lugar elegido para la boda más esperada del año.

Durante semanas, los medios habían seguido cada detalle: el vestido, la lista de invitados, los arreglos florales, los rumores. Todo.

Y por fin, después de tanto protocolo, llegó el día en que Meivi Villaseñor se convertiría oficialmente en la señora Moreau.

La habitación donde se preparaba era amplia, decorada con tonos marfil y flores frescas. Los ventanales daban a los jardines, donde los organizadores ultimaban los detalles de la ceremonia. Desde allí podía verse el arco de rosas blancas bajo el cual dirían sus votos.

Perfecto. Intocable. Como una postal.

Y, al mismo tiempo, completamente irreal.

Meivi estaba de pie frente al espejo mientras Valeria, su amiga de siempre, ajustaba los últimos mechones de su peinado.

El vestido era una obra de arte: seda suave, espalda descubierta, corte limpio y elegante, sin el exceso de encaje que tanto odiaba. Había sido diseñado por ella misma, por supuesto. Si tenía que casarse, al menos lo haría llevando algo que representara su estilo: firme, sobrio, sofisticado.

—No puedo creer que este día haya llegado —dijo Valeria, rompiendo el silencio con una sonrisa que mezclaba emoción y sarcasmo—. Si alguien me hubiera dicho hace años que ibas a casarte con Damián Moreau, le habría apostado todos mis ahorros a que no.

Meivi rió, apenas.

—Yo también habría apostado lo mismo.

—Y mírate ahora —continuó Valeria, dándole una mirada de pies a cabeza—. Pareces una modelo de revista.

—Eso no cambia nada —respondió Meivi, con un suspiro tranquilo—. Solo significa que el disfraz está bien hecho.

Valeria la observó en el reflejo del espejo, notando el brillo sereno en sus ojos.

—¿Estás nerviosa? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

—No —respondió ella, ajustando un pendiente con precisión—. Estoy concentrada.

No era del tipo de mujer que temblaba antes de un gran paso.

Pero eso no significaba que no sintiera el peso de lo que estaba a punto de hacer.

Casarse. No por amor, sino por deber. No por impulso, sino por estrategia.

Y aun así, no podía negar que había algo profundamente simbólico en ese momento: una parte de su vida moría para que otra —una completamente desconocida— comenzara.

Valeria cruzó los brazos, sin poder contener su curiosidad.

—¿Y él? ¿Sabes si ya llegó?

—Sí —respondió Meivi, con una media sonrisa—. Llegó temprano, como era de esperarse. Damián no soportaría dar la impresión de impuntualidad ni el día de su boda.

Valeria rió.

—Lo pintas como un reloj suizo con traje.

—Eso es exactamente lo que es —replicó ella—. Preciso, estructurado, impecable. No deja nada al azar.

Se hizo un breve silencio.

Valeria la miró desde el sofá, pensativa.

—A veces pienso que esa precisión suya te irrita porque te ves reflejada en ella.

—No digas tonterías —dijo Meivi, con una sonrisa que intentó sonar burlona.

—No es una tontería —insistió su amiga, bajando el tono—. Eres igual de perfeccionista. Lo tuyo es el control, Meivi. Lo de él también. Dos fuerzas iguales nunca se mezclan bien. Pero cuando lo hacen...

—Explota todo —completó Meivi, girándose hacia ella—. Lo sé.

Valeria la observó unos segundos más, antes de soltar una risa ligera para aliviar el ambiente.

—Bueno, al menos será una boda inolvidable.

Meivi tomó aire y volvió la vista al espejo.

La mujer que la miraba desde el reflejo no era la misma que años atrás había creído en promesas vacías ni la que se derrumbó frente a una traición.

Esa mujer había desaparecido.

La que estaba ahora frente al espejo era más fuerte, más serena… pero también más distante.

—Inolvidable, sí —murmuró—. De una forma u otra.

En ese momento, golpearon la puerta. Una de las organizadoras asomó la cabeza, sonriendo.

—Señorita Villaseñor, todo está listo. En quince minutos comenzamos.

Valeria le guiñó un ojo.

—Última oportunidad para huir.

—Si me escapo ahora, mi madre me mata y mi padre me sigue —respondió Meivi con una leve sonrisa—. Y Damián probablemente me demandaría por incumplimiento de contrato.

—Qué romántico —bromeó Valeria, riendo.

Meivi soltó una risa suave, pero sus manos temblaron un poco al acomodar el velo.

No era miedo. Era consciencia. La sensación de estar caminando hacia algo que cambiaría todo, aunque aún no supiera si para bien o para mal.

Mientras la música comenzaba a sonar en los jardines, Meivi respiró hondo y se miró una última vez.

No como una novia, sino como una mujer que sabía exactamente quién era y lo que estaba dispuesta a soportar.

—Vamos —dijo finalmente.

Y cuando salió de la habitación, la puerta se cerró tras ella con un sonido que marcó el fin de una vida y el comienzo de otra.

[Damián]

Nunca he creído en los días “perfectos”. Esos en los que todo sale tan bien que hasta el aire parece ensayado. Este era uno de ellos. El tipo de día que irrita a cualquiera que tenga algo de sentido común. El cielo sin una sola nube, el sol iluminando cada esquina del jardín, los invitados sonrientes, los fotógrafos esperando su momento de gloria. Y yo, con un anillo en el bolsillo y la sensación de que estaba a punto de hacer algo que cambiaría mi vida para siempre. No porque creyera en el romanticismo, sino porque sabía reconocer un punto de no retorno cuando lo veía.

La ceremonia estaba por comenzar. Desde donde estaba de pie, podía ver las filas de sillas, los arreglos florales, el reflejo del vino en las copas. Todo tenía ese aire de perfección cara y predecible que suele acompañar a los grandes eventos. No me importaba demasiado. Había aprendido a vivir en medio de la atención sin sentirme parte de ella.

Hasta que la vi.

Meivi apareció al final del pasillo con paso firme, el vestido cayéndole como si el tejido la conociera desde siempre. No se veía nerviosa. Ni sonriente. Solo ella, como siempre: esa calma impenetrable que en el fondo escondía un fuego difícil de ignorar. El murmullo del público se apagó, pero yo no oía nada. Ni la música, ni la brisa, ni las cámaras. Solo el sonido lento de sus pasos acercándose.

A veces olvidaba que podía ser tan jodidamente hermosa. No el tipo de belleza vacía que se busca en revistas, sino la que molesta, la que desarma sin pedir permiso. Y sí, me irritaba. Me irritaba que, incluso en un momento como este, tuviera el control de la situación. Que ni siquiera el altar pudiera intimidarla.

Cuando llegó a mi lado, me lanzó una mirada rápida, casi cortante, y su perfume me golpeó como un recuerdo. No dije nada. Ella tampoco. Era como si los dos hubiéramos acordado hablar con el silencio. Los votos fueron un trámite. Palabras medidas, firmes, sin titubeos. Si alguien en la multitud esperaba emoción, se habría decepcionado. Nosotros no éramos de esos.

El sacerdote pronunció las últimas frases, y en algún punto entre su bendición y los aplausos, sentí que el aire se espesaba. “Puede besar a la novia”, dijo con una voz demasiado complaciente. Ese fue el momento en que decidí que, si iba a hacerlo, lo haría a mi manera.

Meivi me miró con una mezcla de desafío y advertencia. Era casi cómico: esa mirada suya, la misma que usaba para ganarle una discusión, como si pudiera detenerme con solo un gesto. Por dentro, me reía. Por fuera, me limité a inclinar la cabeza, despacio, dejando que la distancia entre ambos se redujera con una precisión casi cruel. Ella retrocedió apenas un milímetro, como si aún esperara que tuviera la decencia de no cruzar la línea.

Pero no tuve ninguna intención de detenerme.

Cuando mis labios tocaron los suyos, todo el ruido alrededor desapareció. Fue un beso largo, seguro, sin titubeos. No de esos castos y formales que sirven para las fotos. Fue más profundo, más deliberado. Lo hice a propósito, claro. Quería verla perder el control aunque fuera por un segundo.

Y funcionó.

La sentí tensarse, resistirse al principio, sus manos crispadas en el ramo, su respiración alterándose. Luego algo cambió. No fue rendición, exactamente, sino una mezcla peligrosa de rabia y sorpresa. Intentó separarse, pero no lo permití. No hasta que sentí el temblor en su pulso, el leve temblor que me confirmó que había logrado exactamente lo que quería.

Cuando por fin me aparté, lo hice despacio, dejando que el silencio hiciera su trabajo. Ella me miró con los ojos abiertos, enfurecida, pero también desconcertada. Y eso, sinceramente, fue mejor que cualquier sonrisa.

—Ahora sí puedes respirar —murmuré lo bastante bajo para que solo ella me oyera.

Meivi apretó la mandíbula.

—Eres un idiota.

—Puede ser —respondí, con una media sonrisa—, pero ya soy tu idiota legalmente.

Ella giró la cabeza, intentando mantener la compostura frente a los invitados que aplaudían sin tener idea de lo que acababa de pasar entre nosotros. Yo volví a mirarla, más tranquilo de lo que debería.

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Los aplausos todavía resonaban cuando Damián y Meivi salieron del altar. La gente se levantaba, sonreía, lanzaba pétalos y frases que parecían sacadas de una revista de modas: “¡Qué pareja tan hermosa!”, “¡Qué boda tan elegante!”. Ninguno de los dos decía nada. Caminaban uno al lado del otro, tomados del brazo porque el protocolo lo exigía, no porque quisieran.

Cuando finalmente quedaron a solas por unos minutos, en el interior del hotel, Meivi fue la primera en romper el silencio.

—¿Qué demonios fue eso? —preguntó, sin rodeos, girándose hacia él.

Damián levantó una ceja, sin el más mínimo rastro de arrepentimiento.

—Un beso. No te voy a dar una clase de biología, ¿o sí?

Ella exhaló despacio, conteniéndose.

—Un beso, dice. Me besaste como si estuviéramos en un rodaje, delante de todos.

—Exacto —replicó él, con calma—. Delante de todos. Y por si no lo notaste, funcionó. Todos quedaron encantados.

—No soy un accesorio de tus puestas en escena, Damián.

Él sonrió apenas, ese gesto que en otros provocaba respeto, pero en ella solo conseguía irritarla más.

—Lo sé. Por eso no fue actuación.

Ella lo fulminó con la mirada.

—No vuelvas a hacer algo así sin avisarme.

—¿Y arruinar la sorpresa? No sería tan divertido —dijo, con voz baja, casi burlona.

Meivi lo miró con incredulidad, pero no contestó. Se dio media vuelta y caminó hacia la ventana, tratando de calmarse. Afuera, los invitados seguían entre risas y brindis, ignorando la guerra fría que se libraba en esa habitación. Damián se quitó los gemelos y los dejó sobre la mesa, observándola de reojo.

—No entiendo por qué te molesta tanto —dijo finalmente—. Fue un beso, no una declaración de guerra.

—No fue lo que hiciste —replicó ella, sin girarse—. Es la manera. Lo hiciste porque sabías que no podía hacer nada.

—Quizá —admitió él, encogiéndose de hombros—. O quizá lo hice porque me apetecía ver hasta dónde podías mantener la compostura.

Meivi lo miró entonces, despacio, como quien intenta decidir si lo mata o lo ignora.

—Tienes una habilidad impresionante para arruinar los momentos importantes.

—Y tú para tomarte todo demasiado en serio —respondió con serenidad.

Se miraron en silencio. Ni rabia ni dulzura, solo ese tipo de tensión que no necesita explicarse. Dos adultos que sabían exactamente lo que estaban haciendo, aunque no quisieran admitirlo.

Después de unos segundos, ella soltó un suspiro cansado y se cruzó de brazos.

—Eres insoportable.

—Lo sé —respondió él, con esa sonrisa mínima que decía más de lo que debería—. Pero ahora ya no tienes escapatoria.

—¿Eso es una amenaza?

—Una advertencia —dijo, ajustándose el reloj—. Y tranquila, no pienso volver a besarte… al menos no en público.

Meivi soltó, incrédula.

—Eres un idiota.

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