9. Cuando el orgullo tiene nombre y apellido
Al día siguiente, Meivi decidió no poner un pie fuera de casa. Bastó con asomarse por la ventana para ver a los reporteros estacionados como buitres frente a su edificio, esperando otra declaración, otra foto, otra grieta en la vida perfecta que ellos siempre creían que ella llevaba. Cerró las cortinas sin paciencia y se encerró en el despacho, ese cuarto donde podía respirar sin máscaras, aunque fuera por un rato.
El lugar estaba silencioso, apenas iluminado por la luz gris que entraba desde