16. El tercero en discordia
Cuando las puertas del ascensor se cerraron tras ella, Meivi suspiró de inmediato. Caminó con la misma compostura con la que había entrado, cruzó el lobby, salió al estacionamiento sin mirar atrás. Solo cuando el auto arrancó y el vidrio polarizado la aisló del mundo, dejó caer la espalda contra el asiento.
La imagen de Vannesa entrando con esa seguridad insultante seguía repitiéndose en su cabeza. Y luego la mirada de Damián. Esa mezcla de molestia real y orgullo intacto. Él no había mentido.