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Votos En Guerra
Votos En Guerra
Por: Esther Grace
1. Los términos del juego

[Meivi]

No sé en qué momento empecé a perder la costumbre de sorprenderme.

Tal vez fue el día que entendí que la gente que más promete quedarse, es la primera en correr cuando el espectáculo se derrumba.

Hace años creía en eso del “para siempre”. Tenía vestido, flores, un anillo, y la inocencia suficiente para pensar que el amor podía sostenerlo todo. Luego vino él, mi brillante exnovio con sonrisa de portada y moral de papel. Me engañó, me humilló y, por si no fuera suficiente, me convirtió en el entretenimiento favorito de los titulares.

Después de aquello, decidí que el amor era un lujo que no necesitaba.

Ahora vivo entre telas, luces y bocetos. El estudio es mi refugio. No hay promesas, solo entregas, fechas límite y desvelos con café frío. Es curioso cómo el éxito puede volverse un buen anestésico. A la gente le encanta mi trabajo, me aplauden en pasarelas, me buscan para diseñar lo que sueñan usar… pero cuando llego a casa, lo único que me espera es el silencio.

Y, honestamente, me acostumbré a él.

Esta mañana, sin embargo, algo cambió.

Mi padre me pidió que fuera a desayunar con él y mamá “sin excusas”. No sonaba a reunión familiar casual. Cuando bajé al comedor, el ambiente tenía ese tipo de quietud que antecede a las malas noticias.

Papá estaba con la mirada fija en su taza de café, y mamá jugaba con el anillo de bodas, como si necesitara distraer sus manos para no hablar.

—¿Pasa algo? —pregunté, dejando mi celular sobre la mesa.

Papá levantó la vista, con esa expresión que combina orgullo y culpa.

—Tenemos que hablar de algo importante.

Odio cuando empieza así. “Tenemos que hablar”. Tres palabras que siempre traen un problema disfrazado de oportunidad.

—El proyecto con la cadena internacional... —murmuró mamá, sin atreverse a mirarme—. No salió bien.

Lo supe antes de que terminara la frase.

—¿Qué tan mal? —pregunté, ya sabiendo que no quería escuchar la respuesta.

Papá se acomodó los lentes. Su voz sonó serena, pero se le notaba el temblor.

—Estamos en una situación delicada, hija. Y… necesito que me escuches sin interrumpir.

Ese tono no lo usaba desde que era niña. Así que lo hice. Lo escuché.

Y mientras hablaba de pérdidas, socios y “alianzas estratégicas”, mi mente se fue apagando palabra por palabra.

Hasta que soltó el nombre que no debía.

Damián Moreau.

Sentí un vacío frío en el pecho.

No había escuchado ese nombre en años, y honestamente, habría preferido no hacerlo jamás.

—¿Qué tiene que ver él en todo esto? —logré decir, conteniendo la ironía.

Papá exhaló despacio, como quien carga un peso que no puede compartir.

—Ellos… su familia, han accedido a ayudarnos. Pero hay una condición.

Mi madre evitó mirarme. Eso ya lo decía todo.

Ella siempre fue el tipo de mujer que podía disfrazar las tragedias con una sonrisa, pero no esta vez.

—¿Qué condición? —pregunté, aunque mi voz sonó más firme de lo que sentía.

Papá tardó un segundo en responder.

—Quieren unir ambas familias. Formalmente.

—¿Unir? —repetí, sabiendo muy bien lo que eso significaba.

—Un matrimonio, Meivi —dijo al fin, directo, sin rodeos.

No lo grité. No me levanté. No hice el típico espectáculo que cualquiera esperaría. Solo me quedé quieta.

Fue como si alguien me hubiera desconectado del mundo por un instante.

—Papá, por favor dime que estás bromeando —dije al cabo de unos segundos.

—No lo estoy —contestó él, bajando la mirada a su taza vacía.

El silencio pesó tanto que se podía escuchar el tic-tac del reloj en la pared.

Mamá respiró hondo y alzó la vista, con esa calma que usa cuando intenta suavizar lo imposible.

—Sabemos que es mucho pedirte… pero la situación no nos deja opciones. La empresa no soportaría otra pérdida.

—¿Y pensaron que venderme era la mejor opción? —pregunté despacio.

Papá cerró los ojos un segundo, como si la palabra le doliera.

—No te estamos vendiendo. Es un acuerdo entre familias.

—Un acuerdo —repetí, sarcástica—. Qué elegante suena eso cuando el que se sacrifica soy yo.

Nadie dijo nada. Mamá me observaba con esa expresión que mezcla orgullo y culpa, la misma que usaba cuando yo hacía algo bien, pero a un costo que ella no quería admitir.

Y no podía odiarlos. Por más absurdo que sonara, no podía.

Amo a mis padres. Han hecho lo imposible por mantenernos de pie. Pero a veces, su forma de protegernos se siente más como una jaula.

—¿Y quién fue el genio que pensó que casarme con Damián Moreau era una buena idea? —solté al fin, cruzándome de brazos.

Papá frunció el ceño.

—No hables así. Damián es un buen hombre, lo conoces desde niña.

—Precisamente por eso. Lo conozco. Sé cómo piensa, sé lo que es capaz de hacer cuando quiere ganar. No hay un solo día en que no me haya hecho la vida imposible desde que tengo memoria.

Mamá intentó intervenir.

—Ha cambiado, cariño.

—¿Cambiar? —reí sin humor—. Mamá, ese hombre no cambia ni aunque le caiga un rayo. Sigue siendo el mismo arrogante que disfrutaba verme perder en todo.

Papá golpeó la mesa, no con fuerza, pero sí con ese gesto que busca recuperar el control.

—No estás viendo el panorama completo. No se trata solo de ti, se trata de todos nosotros.

Y ahí estaba.

La frase maldita. La que siempre gana en cualquier discusión familiar.

“Se trata de todos nosotros.”

La forma elegante de decir que mis sentimientos eran secundarios.

Me incliné hacia atrás en la silla, intentando procesar.

Parte de mí quería gritarles, pedirles que no me usaran como moneda. Pero otra parte, la que había crecido viendo a mi padre romperse por mantener el apellido limpio, sabía que ya no había nada que negociar.

El daño ya estaba hecho.

Me levanté, despacio, evitando que la voz me temblara.

—No sé si puedo perdonarlos por esto, pero tampoco voy a arruinar lo que construyeron.

Mamá me miró con los ojos húmedos.

—Solo confía en nosotros, hija.

—Eso ya lo hice una vez —respondí, y caminé hacia la puerta.

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[Residencia Moreau]

La noticia le llegó un martes por la noche.

Uno de esos días en los que la rutina se repite como un eco: oficina, llamadas, revisiones de contratos, silencio.

Damián Moreau no era un hombre fácil de sorprender, y mucho menos de conmover. La vida le había enseñado a no confiar ni siquiera en la comodidad. Pero esa noche, cuando su madre lo llamó con esa voz amable que solía usar cuando estaba nerviosa, algo en su instinto se tensó.

—¿Puedes bajar un momento, hijo? —dijo ella, desde el comedor.

Dejó el portátil en pausa. Ajustó el reloj en su muñeca —un gesto mecánico, casi irritante— y bajó las escaleras.

El aroma a café recién hecho y la calma del hogar lo recibieron como cada noche, pero había algo distinto. La mesa estaba demasiado ordenada, y su padre lo miraba con esa seriedad que suele reservarse para las conversaciones incómodas.

Su madre, en cambio, sonreía. Demasiado.

—¿Qué pasó? —preguntó él, sin rodeos, mientras se servía un poco de café.

—Nada malo, cariño. Solo queremos hablar contigo —dijo ella, con un brillo entusiasmado que lo puso en guardia.

Damián tomó un sorbo sin responder.

Su padre carraspeó, cruzando las manos sobre la mesa.

—Tu madre y yo hemos estado hablando con la familia Villaseñor.

Solo escuchar ese apellido bastó para que se le endureciera la mandíbula.

Villaseñor.

La vieja historia. El apellido que siempre terminaba cruzándose con el suyo como una espina que nunca se arrancaba.

—¿Y? —murmuró, sin levantar la mirada.

—Están pasando por un mal momento —continuó el padre—. Y… bueno, decidimos ayudarlos.

Damián dejó la taza a un lado, lento, con una precisión casi quirúrgica.

—¿Qué clase de ayuda?

Su madre intervino antes de que su padre pudiera abrir la boca.

—Una unión familiar —dijo, como si fuera la cosa más natural del mundo—. Tu padre y yo pensamos que… podrías casarte con Meivi.

El silencio que siguió fue casi físico.

Damián la miró, incrédulo, intentando procesar si había escuchado bien o si se trataba de alguna broma mal ejecutada.

—¿Qué? —su voz sonó baja, contenida, casi un susurro, pero con ese filo que advertía peligro.

—No pongas esa cara —dijo su madre, nerviosa—. No es tan terrible. Conoces a la familia, y Meivi es una mujer encantadora. Muy talentosa.

Damián soltó una risa seca.

—Encantadora. Claro. Si por “encantadora” te refieres a la mujer más arrogante y altanera que he conocido, entonces sí, absolutamente encantadora.

Su padre lo observó con serenidad.

—No se trata de si te agrada o no. Es un acuerdo que beneficiará a ambas familias.

—¿Un acuerdo? —repitió él, con esa calma que precede al sarcasmo—. Qué conveniente. Siempre lo mismo: cuando las cosas se complican, me llaman para “arreglar” lo que otros arruinaron.

La madre frunció los labios, sin dejar que su entusiasmo se apagara.

—Damián, no es solo por negocios. Es… una oportunidad para ti también. Ya tienes treinta y dos años, hijo. No puedes seguir solo toda la vida.

Él la miró como si acabara de decir la cosa más absurda del planeta.

—Mamá, estar solo no es una enfermedad.

—Pero tampoco una meta —replicó ella, sin perder la dulzura—. Siempre estás trabajando, sin tiempo para nada más. Y Meivi… ella podría equilibrarte.

—¿Equilibrarme? —repitió, alzando una ceja—. Mamá, esa mujer no equilibra nada. Ella incendia lo que toca.

El padre intervino con un tono más firme.

—Basta. No vamos a discutirlo. La decisión está tomada.

Damián se quedó quieto, la mirada fija en él.

Era el tipo de hijo que no levantaba la voz. No necesitaba hacerlo. Bastaba con el silencio. Ese silencio que incomodaba porque nunca se sabía si estaba pensando o destruyendo mentalmente todo lo que oía.

—¿Así que decidieron mi vida por mí? —preguntó al fin, despacio, con una ironía fría que heló el ambiente.

—No decidimos tu vida —corrigió su padre—. Solo creemos que este paso puede traer estabilidad para todos.

Damián se levantó, tomó la taza vacía y la llevó al fregadero.

—Claro. Estabilidad. Qué palabra tan elegante para disfrazar una imposición.

Su madre se levantó también, con ese gesto de quien intenta suavizar la tormenta.

—Solo piénsalo, ¿sí? Tal vez no sea tan terrible como crees.

Él la miró con un cansancio que no era físico, sino emocional.

—No hay nada que pensar. Si lo que quieren es salvar un apellido, háganlo sin usar el mío.

Y se marchó.

Cruzó el pasillo con paso firme, sin voltear, sin una palabra más. Pero cuando llegó a su despacho, cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.

Se quedó de pie, mirando por la ventana, con las luces de la ciudad reflejadas en el cristal.

Meivi Villaseñor.

El simple hecho de pensar en ella le crispó los dedos.

Recordaba su sonrisa irónica de joven, su forma de competir por todo, la manera en que lo desafiaba sin miedo.

Y ahora tendría que casarse con ella.

Soltó una risa seca, incrédula.

El destino tenía un sentido del humor bastante miserable.

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