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4. entre contratos y miradas

El restaurante quedaba en una esquina tranquila del barrio de Salamanca, uno de esos lugares discretos que los madrileños con dinero usaban para escapar del ruido sin renunciar al buen vino.

El aire olía a pan recién horneado y a madera pulida. Luz cálida, decoración sobria, conversación tenue. Damián caminaba junto a Samuel, y entre ambos iba la pequeña Lucía, que lo tenía cogido de la mano como si fuera su propio tío favorito.

Lucía no paraba de hablar.

Comentaba todo: el color de las flores, el brillo de las copas, incluso el abrigo de una mujer que pasaba. Samuel sonreía, resignado, mientras Damián la escuchaba con una paciencia que habría sorprendido a cualquiera de sus empleados.

—Debería ofenderme —bromeó Samuel, quitándose el abrigo—. Juraría que mi hija te quiere más a ti que a mí.

Damián le lanzó una mirada seca.

—Eso no es nuevo. Siempre fuiste menos interesante que yo.

Samuel rió, acostumbrado a su tono mordaz.

—Ah, sí. El mismo encanto de siempre. Ni una pizca de humildad en treinta años.

Lucía sin soltar la mano de Damián para subir los escalones.

—Papá, Tío Damián es más divertido —anunció con total seriedad.

—Claro que sí, cariño —respondió su padre, riendo—. Damián siempre lo es… cuando no amenaza a la gente en conferencias de prensa.

El comentario arrancó una sonrisa mínima en el rostro del hombre, apenas perceptible.

La mesera llegó en ese momento y los guió hacia una mesa junto al ventanal. El lugar estaba casi lleno; el rumor de conversaciones y copas chocando llenaba el aire.

Mientras se acomodaban, Damián aprovechó para preguntar:

—¿Y tu esposa? Pensé que vendría contigo.

—Está descansando —dijo Samuel, con una mezcla de orgullo y cansancio—. La pobre no soporta los vuelos largos, y con el embarazo…

—¿Embarazo? —interrumpió Damián, alzando la vista—. No lo mencionaste.

Samuel sonrió de oreja a oreja.

—Sorpresa. Vamos a tener otro. Esta vez espero que sea un niño.

Lucía infló las mejillas.

—No quiero un hermano.

—Sí quieres —replicó su padre, con cariño—. Y si no, se lo regalo a Damián.

—No, gracias —respondió él, sin inmutarse—. Apenas sobrevivo a una.

Samuel soltó una carcajada.

—Sabía que dirías eso. Siempre tan cariñoso.

Pidieron la comida, y durante los primeros minutos hablaron de cosas triviales: viajes, proyectos, algún cliente difícil. Damián escuchaba, intervenía poco, pero lo suficiente para demostrar que estaba allí, atento.

Sin embargo, Samuel lo conocía demasiado bien. Podía leerlo incluso detrás de esa calma impecable.

En un momento, se inclinó hacia él, bajando la voz.

—A propósito… —empezó, con ese tono de quien finge inocencia—. ¿Cómo va eso de tu compromiso?

Damián levantó una ceja, sin apartar la mirada de la copa de vino.

—Depende. ¿Te refieres al compromiso mediático o al circo de titulares que lo acompaña?

—A todo en general —dijo Samuel, encogiéndose de hombros—. Saliste en todas las revistas, amigo. “El CEO más reservado de España conquista a la diseñadora más brillante del momento”.

—Interesante interpretación —respondió Damián con ironía—. No sabía que un contrato familiar se considerara conquista.

Samuel lo observó con atención.

—No te voy a dar el discurso de siempre. Pero admitámoslo, Damián: de todos los arreglos posibles, ese no suena tan terrible.

—Eso lo dices porque no tienes que compartir casa con alguien que te irrita con solo respirar —dijo él, sin alterar el tono.

—¿Y cómo sabes que te irrita si apenas la has visto después de años? —preguntó Samuel, ladeando la cabeza.

Damián se quedó callado un momento. Giró la copa entre los dedos, observando cómo la luz se rompía en el líquido rojo.

—Porque la conozco —dijo finalmente—. Y la gente como ella no cambia.

Samuel sonrió de medio lado.

—Podrías sorprenderte.

—No me gusta sorprenderme —contestó con sequedad.

El silencio se extendió unos segundos. Lucía rompió la tensión con una carcajada al ver un perro pasar por la ventana. Samuel le acarició el cabello, y luego volvió a mirar a su amigo.

—Damián… si de verdad no te importara, no estarías tan molesto cada vez que la mencionan.

—No estoy molesto —replicó él.

—Claro, claro —dijo Samuel, fingiendo creerle—. Y yo soy monje franciscano.

Damián soltó un resoplido entre divertido y resignado.

—Deja el psicoanálisis para tu terapeuta.

—No necesito ser terapeuta para ver que algo en ti se está moviendo —respondió su amigo con tono tranquilo—. Y no me refiero al trabajo.

Antes de que Damián pudiera responder, llegó la comida. Lucía aprovechó para cambiar de tema y contarles una historia inverosímil sobre una rana que hablaba inglés. Samuel rió, Damián la escuchó con la misma atención con la que escuchaba a un inversionista. Pero en el fondo, las palabras de su amigo seguían resonando.

Después del almuerzo, el sol madrileño había comenzado a descender, tiñendo las calles de un tono dorado que parecía suavizar incluso el caos del tráfico. Samuel y Damián se despidieron frente al restaurante con un apretón de manos y una de esas palmadas en el hombro que solo los viejos amigos entienden.

Lucía, en cambio, se aferró a su pierna.

—No te vayas sin prometerme que vas a venir a montar bicicleta conmigo —exigió con un puchero tan genuino que habría derretido a cualquiera.

Damián se inclinó a su altura, fingiendo una seriedad que apenas lograba mantener.

—No hago promesas que no pueda cumplir —dijo, aunque su voz se suavizó al ver la carita de la niña.

—Entonces promételo igual —insistió ella—. Yo sé que tú cumples.

Él suspiró, rendido.

—Está bien, lo prometo. Pero solo si me prometes portarte bien.

Lucía estalló en risa y le dio un abrazo que lo tomó por sorpresa. Por un instante, Damián se permitió sonreír de verdad. Samuel los observó con un gesto de satisfacción.

—Si algún día te cansas de las juntas y las empresas, podrías dedicarte a ser niñero —bromeó.

—Prefiero enfrentar a los inversores —respondió Damián, con una media sonrisa.

Se despidieron entre risas, y mientras Samuel subía al coche con su hija, Damián se quedó mirando cómo se alejaban. Había algo en esa escena —la simpleza, la calidez, el ruido infantil de Lucía despidiéndose desde la ventanilla— que le recordó cuánto tiempo llevaba viviendo sin nada parecido.

El ruido de su teléfono lo devolvió a la realidad.

Un mensaje nuevo.

Mamá: “No olvides la cena de esta noche con los Villaseñor. 20:30. En casa. Ponte algo decente.”

Damián soltó un leve bufido.

Su madre tenía una forma peculiar de darle órdenes con tono amable. “Ponte algo decente”, como si fuera un adolescente rebelde y no un empresario que dirigía una de las compañías tecnológicas más rentables de Europa.

Guardó el móvil en el bolsillo y se subió a su coche. El trayecto de vuelta a la empresa se sintió más pesado que de costumbre. El tráfico, el ruido, el murmullo constante de la ciudad… todo le irritaba. O quizás no era eso. Quizás lo que lo irritaba era la idea de volver a verla.

En cuanto llegó a la sede de Moreau Tech Industries, el personal lo saludó con respeto automático. Entró al ascensor sin detenerse, subiendo directo a su despacho. El aire acondicionado zumbaba suave, y la ciudad se desplegaba a través de los ventanales. Todo estaba en orden, todo bajo control.

Excepto él.

Encendió la computadora solo por rutina. No tenía intención de trabajar.

En cambio, se quedó observando el reflejo de su propio rostro en el cristal del ventanal.

La cena con los Villaseñor era inevitable. Lo sabía desde que recibió el mensaje. Lo había intentado posponer dos veces, pero su madre no aceptaba excusas. “Es importante mantener las apariencias”, le había dicho.

Apariencias. La palabra maldita de su vida.

Pasó una mano por su cabello, exhalando con cansancio.

Era curioso. Podía enfrentarse a reuniones multimillonarias sin pestañear, podía dominar una negociación en tres idiomas y desarmar un contrato en cinco minutos, pero pensar en esa cena lo alteraba más de lo que quería admitir.

Verla otra vez.

Sentarse frente a ella.

Y fingir, una vez más, que todo era civilizado.

La última cena antes del matrimonio.

La última vez que podrían ser simplemente “ellos”, sin el peso de la palabra esposos marcando la distancia que ninguno quería recorrer.

El reloj marcó las seis.

Quedaban apenas dos horas.

El reflejo del cielo comenzaba a oscurecerse, y la ciudad encendía sus luces poco a poco.

Damián se levantó, tomó su chaqueta del respaldo y se miró de reojo en el espejo lateral del despacho.

Perfecto. Impecable. Intocable.

Así era como debía verse.

Así era como sabía ocultarse.

Cerró la puerta tras de sí y bajó al estacionamiento. Mientras encendía el motor, un pensamiento lo atravesó con un dejo de ironía amarga:

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La casa de los Moreau era una mezcla perfecta entre elegancia y frialdad. Cada detalle —desde el mármol pulido hasta los candelabros de cristal— parecía calculado para impresionar. Esa noche, el comedor principal estaba iluminado con una luz tenue, suficiente para darle calidez a la escena sin perder el aire de solemnidad que tanto caracterizaba a la familia.

La mesa estaba servida con una precisión casi ceremonial. Platos blancos de porcelana, copas relucientes, velas encendidas, vino francés. A simple vista, era una cena familiar común. Pero debajo de esa superficie impecable, el ambiente tenía una tensión apenas perceptible, una que cualquiera con un poco de sensibilidad podría notar.

Damián llegó puntual, como siempre. Saludó a todos con esa cortesía distante que usaba como escudo. Sus tres hermanas —Alexandra, Sofía y Elena— ya estaban allí, conversando animadamente con los padres de Meivi y sus hermanos gemelos, Andrés y Adrián, que parecían bastante más interesados en la comida que en la etiqueta.

Claudia, era la perfecta anfitriona. Movía las piezas de la noche con una sutileza casi artística, logrando que todos se sintieran cómodos… o al menos lo parecieran.

Cuando Meivi entró al comedor, el murmullo se redujo apenas un segundo. Llevaba un vestido de satén azul oscuro, sencillo pero elegante. Su cabello suelto, los labios con un toque discreto de color, y esa mirada firme que parecía desafiar incluso al silencio. La acompañaban sus padres, Estela y Héctor Villaseñor, que saludaron con afecto a los Moreau.

Damián se levantó apenas unos centímetros de la silla, lo suficiente para ser cortés, pero sin exagerar.

—Buenas noches —dijo ella, con un tono educado, antes de tomar asiento frente a él.

—Buenas noches —respondió él, seco, aunque su mirada se detuvo un instante más de lo necesario.

La cena comenzó con risas y conversación.

Los padres recordaban anécdotas del pasado: viajes, colaboraciones, fiestas antiguas. Las hermanas de Damián preguntaban a Meivi sobre su trabajo en la industria de la moda, y ella, profesional como siempre, respondía con calma y elegancia.

—He leído que tu última colección fue un éxito en Milán —comentó Elena, la más joven de las hermanas, mientras servían el vino—. Tienes un talento impresionante.

—Gracias —respondió Meivi con una sonrisa medida—. Fue mucho trabajo, pero valió la pena.

Sofía, más directa, intervino con una sonrisa maliciosa.

—Debe ser complicado mantener un negocio tan exigente y al mismo tiempo prepararse para una boda, ¿no?

La frase flotó en el aire como una chispa.

Meivi mantuvo la compostura.

—Depende de con quién te cases —respondió, con tono sereno.

Damián levantó una ceja, sin girar la cabeza.

—Espero que eso haya sido un cumplido —dijo, con un leve dejo de ironía.

—Considera que fue neutral —replicó ella.

Los gemelos, que hasta ese momento habían estado en silencio, apenas contuvieron una carcajada.

Sus padres les lanzaron una mirada fulminante, y el ambiente volvió a tensarse, aunque algunos intentaron disimularlo con nuevas risas.

Claudia, intervino enseguida para cambiar de tema.

—Ay, los jóvenes. Siempre tan apasionados. Me alegra ver que al menos hablan con confianza. Eso es importante en un matrimonio.

—Sí, mamá —respondió Damián, sin perder la calma—. Aunque creo que la confianza se construye con el tiempo, no con cenas familiares.

—O con contratos —añadió Meivi en voz baja, apenas lo suficiente para que él la oyera.

Él giró la cabeza hacia ella, y por un momento, sus miradas se cruzaron con una mezcla de desafío y reconocimiento. Nadie más en la mesa notó la tensión exacta que había en ese intercambio, pero bastaba estar cerca para sentirla.

Alexandra, la mayor de las hermanas, los observaba con atención desde el extremo de la mesa.

Se inclinó discretamente hacia Sofía y murmuró:

—Van a matarse antes de casarse.

Sofía soltó una risa discreta.

—O van a terminar besándose. No hay punto medio.

Mientras tanto, los padres continuaban hablando de los planes para la boda: fechas, lugares, invitados.

Damián y Meivi escuchaban, cada uno fingiendo interés, mientras en realidad trataban de controlar la incomodidad.

En un momento, Don Gabriel  levantó su copa.

—Por la unión de nuestras familias —dijo, con una sonrisa sincera—. Que este nuevo capítulo sea el comienzo de algo duradero.

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