7. El lujo de fingir que no te quiero
El último día de la llamada “luna de miel” amaneció con el cielo despejado y el ruido constante de los autos en la avenida. Meivi se vistió con un conjunto sencillo, cansada de los vestidos elegantes, y Damián terminó de guardar los últimos documentos en su maletín, como si la escapada romántica hubiera sido, para él, una conferencia más en el calendario.
Cuando salieron del hotel, el caos los recibió de inmediato. Paparazis, reporteros y curiosos se agolpaban frente a la entrada. Los flashes parecían no tener fin, los gritos de los fotógrafos cruzaban el aire con ese tono insistente de quien busca la foto del año.
—Damián, ¡una sonrisa por aquí! —gritó uno.
—¡Señora Moreau, mírenos! —gritó otro.
Meivi apenas alcanzó a fruncir el ceño antes de sentir el brazo firme de Damián rodeándole la cintura, acercándola hacia él. El gesto no fue romántico, fue instintivo: la protegía de los empujones, de las cámaras, del caos.
El contraste entre su calma y la confusión alrededor era casi ridícul