Mundo ficciónIniciar sesiónAria solo quería desquitarse de una traición con un desconocido en una noche de pasión. Pero esa decisión cambió su vida para siempre: quedó embarazada, perdió a su hijo, y años después, desesperada, aceptó ser el vientre de alquiler de un hombre poderoso... sin saber que era él. Luca Moretti, el desconocido de aquella noche, ya no es el mismo. Ahora es el jefe de la mafia italiana, y esta vez no solo quiere un heredero: la quiere a ella. Para siempre. Pero Aria guarda un secreto que puede destruirlo todo: la muerte de su primer hijo, el hijo que Luca nunca supo que existió. ¿Podrá vivir a su lado, compartiendo su cama y su alma, sin que él descubra la verdad que más teme revelar?
Leer másLa ciudad se extendía ante nosotros como un tapiz de luces temblorosas, un millón de chispas intentando iluminar la oscuridad que siempre ganaba. Desde la azotea de la casa de Silas, el mundo parecía a la vez inmenso e insignificante. Él me había llevado allí después del incómodo incidente con Sofía. Buscaba distraerme del pesar que sentía. —Hay algo que quiero mostrarte —había dicho, su mano encontrando la mía con una naturalidad que aún me hacía estremecer por lo correcta que se sentía. No esperaba esto. En medio del hormigón y las antenas de telecomunicaciones, Silas había creado un milagro. Un jardín secreto. No era grande, pero estaba vivo de una manera que nada en nuestras vidas lo estaba. Enormes macetones de terracota albergaban rosas de un rojo tan profundo que parecían beberse la luz de la luna. Enredaderas de jazmín trepaban por un enrejado de hierro forjado, llenando el aire con una fragancia embriagadora y dulce que combatía el olor a humo y ansiedad de la ciuda
La calma que siguió a la tormenta era engañosa, un espejismo de normalidad que envolvía la mansión Moretti. Los días se deslizaban en una rutina de convalecencia silenciosa y planes a medio susurrar entre mi padre y Silas. El mundo, nuestro mundo, parecía haber encontrado un nuevo y precario equilibrio. Hasta que la última sombra del pasado, la más venenosa, decidió alargarse una vez más para envenenarlo todo.Mi padre me encontró en el jardín, donde observaba a Silas, sentado bajo un roble, leyendo con el rostro vuelto hacia el sol débil de la tarde. La escena era tan pacífica, tan ajena a la sangre y al fuego, que casi podía creer que éramos una familia normal.—Valentina —la voz de papá era grave, cortando mi ensoñación—. Tenemos que hablar.Lo seguí hasta su estudio.—Después de interrogar a un hombre cercano a Ponti —comenzó, sin preámbulos—, descubrimos algo. El ataque al casino no fue solo un ataque lanzado al azar. Fue provocado. Tal como predije alguien le envió un video a Po
El aire en el estudio de mi padre olía diferente. No a documentos y whisky caro, sino a café recién hecho y a un respeto recién ganado. Los Ponti ya no eran más que un mal recuerdo, un cadáver político que se descomponía en los anales del inframundo de la ciudad. La amenaza que se había cernido sobre mi cabeza como una espada de Damocles se había esfumado, reducida a cenizas y a la sangre que yo misma había derramado. A cambio, una nueva realidad, frágil y poderosa a la vez, se gestaba en esta habitación.Silas estaba sentado en uno de los sillones de cuero, recién le habían dado de alta pero aún no estaba del todo sano. Estaba palidecido por el esfuerzo de bajar del coche y caminar hasta aquí, pero con la espalda recta y esa quietud impenetrable que lo definía. Yo estaba a su lado, sentada en el apoyabrazos del sillón. Mi padre, Luca Moretti, el líder en persona, se encontraba frente a nosotros, midiendo al hombre que había salvado a su hijo y que, de alguna manera, había reclamado a
La luz del amanecer se filtraba suavemente por la persiana, pintando una franja dorada en el suelo frente a su cama. Yo seguía allí, en la misma posición, como una estatua tallada en preocupación y café frío. Mis huesos gritaban por el cansancio, mis párpados pesaban como losas, pero nada en este mundo podría haberme separado de ese lugar. Había pasado la noche entera escuchando el ritmo de su respiración, más estable ahora, vigilando cada pequeño movimiento detrás de sus párpados cerrados, rezando por un signo, el signo.Mis dedos aún entrelazados con los suyos, había estado hablándole en susurros. Ya no eran confesiones desesperadas, sino relatos tranquilos. Le hablé de Gabriel, de cómo se estaba recuperando y bromeaba, diciendo que su hermana tenía un gusto "peligrosamente dramático" en hombres. Le conté que mi padre había llamado dos veces para preguntar por él, con esa voz de "no me importa" que delataba una preocupación profunda. Le hablé de la niebla matinal sobre la ciudad, de
El tiempo perdió todo significado dentro de esas cuatro paredes blancas y estériles. El mundo se había reducido al ritmo lento y monótono de los monitores, un latido electrónico que se convirtió en la banda sonora de mi agonía. Fuera, la ciudad vivía, respiraba, pero aquí, en esta habitación privada que olía a desinfectante y a muerte pendiente, el universo entero se había condensado en la figura inmóvil tendida en la cama.Silas.Parecía más pálido que las sábanas que lo cubrían hasta la cintura. Su torso, normalmente una armadura de músculo y control, estaba vendado con espesos apósitos blancos, una mancha de rojo carmesí filtrándose obscenamente a través de la gasa. Los cables serpenteaban desde su pecho, desde sus brazos, conectándolo a las máquinas que le susurraban secretos vitales a los médicos. Su rostro, aquel mapa de ángulos afilados y belleza exótica que desafiaba a los bajos mundos, estaba en calma, pero era la calma de los acantilados antes de desmoronarse en el mar. Sus
El aire frío del exterior golpeó nuestros rostros como una bendición, barriendo el hedor a muerte y pólvora que se nos había incrustado en la garganta. Gabriel, apoyado en mí, temblaba de adrenalina y agotamiento, pero estaba vivo, respirando. A mi lado, mi padre caminaba con la pesadez solemne de un general que ha ganado una batalla a un costo terrible. Sus hombres, fieles sombras, comenzaban a asegurar el perímetro, sus movimientos eficientes y silenciosos como los de los buitres después del festín.Ninguno de nosotros habló. Las palabras eran monedas demasiado pobres para pagar la deuda emocional de esa noche. El rugido de la batalla se había apagado, reemplazado por un zumbido en mis oídos y el latido furioso de mi propia sangre. Había matado de nuevo. Esta vez, la imagen del hermano de Ponti desplomándose, el estallido escarlata, no me provocaba el mismo horror paralizante que con Arturo. Esta vez, estaba teñida de una necesidad feroz, de una justicia primal que sabía a hierro y
Último capítulo