Mundo ficciónIniciar sesiónAria solo quería desquitarse de una traición con un desconocido en una noche de pasión. Pero esa decisión cambió su vida para siempre: quedó embarazada, perdió a su hijo, y años después, desesperada, aceptó ser el vientre de alquiler de un hombre poderoso... sin saber que era él. Luca Moretti, el desconocido de aquella noche, ya no es el mismo. Ahora es el jefe de la mafia italiana, y esta vez no solo quiere un heredero: la quiere a ella. Para siempre. Pero Aria guarda un secreto que puede destruirlo todo: la muerte de su primer hijo, el hijo que Luca nunca supo que existió. ¿Podrá vivir a su lado, compartiendo su cama y su alma, sin que él descubra la verdad que más teme revelar?
Leer másNunca pensé que el amor tuviera sonido. Hasta que lo escuché romperse.
Era como vidrio estallando dentro del pecho. Silencioso. Invisible. Pero tan real que todavía puedo sentir los cristales clavados en mis costillas. Este tipo de cosas no suelen sucederle a las personas que no creen en el amor. Al menos eso creí. Pero yo heredé el espíritu soñador de mi madre, que siempre fue una mujer amada. Crecí dentro de un matrimonio feliz, de esos que parecen sacados de cuentos de hadas. Así que pensé que la vida tenía preparado para mí algo igual de especial. Qué ilusa. Esa noche debía ser perfecta. Tenía un vestido nuevo, rojo y ceñido que abrazaba mi figura con cariño, tacones tan altos que me dolían los pies y mariposas en el estómago desde que amanecí. Había tardado tres horas en maquillarme, ensayado sonrisas frente al espejo e imaginado mil veces cómo sería cuando él se arrodillara. La caja con el anillo. La pregunta que cambiaría mi vida. Y yo diciendo que sí, con lágrimas en los ojos, justo como en las películas cursis que solíamos burlarnos juntos. Todo estaba preparado. Menos yo… para la verdad. Matteo no había respondido mis mensajes en todo el día, pero lo atribuí a los nervios. O incluso a que estuviera muy ocupado debido a su trabajo como médico. “Seguro está preparando algo especial”, pensé, acariciando el colgante que él me regaló en nuestro primer aniversario. Una noche como esa, hace tres años, me había dicho que yo era todo lo que necesitaba en el mundo. Nos conocimos una tarde nublada cuando yo apenas había venido a pasar mi verano a Italia. Solo una turista sin planes a futuro. Hasta que nos vimos en un café que él solía visitar. Nos cruzamos unas cuatro veces antes de que él decidiera hablarme. Lo que pensé que sería un amor de verano se convirtió en un amor de por vida. Tanto que decidí quedarme viviendo en Italia por él, tanto que aprendí su idioma para poder comunicarnos bien. He hecho tanto por amor. Qué idiota fui. Ya era tarde cuando llegué al penthouse, con el corazón galopando. La puerta estaba entreabierta. El apartamento en penumbras. Sin música. Sin velas. Sin flores. Solo un par de copas medio vacías sobre la mesa… y risas apagadas viniendo del dormitorio. Mis pasos se volvieron lentos. Las mariposas murieron una por una. Y cuando abrí la puerta del cuarto, los vi. Él. Encima de ella. Besándola como solía besarme a mí. Gimiendo su nombre con la boca que tantas veces juró amarme. —¿Matteo…? —mi voz sonó como un doloroso lamento. Él giró la cabeza. Sudoroso. Despeinado. Y por un segundo, pareció más molesto por la interrupción que avergonzado. —Aria… no es lo que parece. —¿No es lo que parece? —mi voz sonó hueca, ajena. La mujer se cubrió con la sábana, pero ya era tarde. Ya había visto su cara. Y algo peor: su sonrisa satisfecha. —¿Desde cuándo? —pregunté, apenas pudiendo sostenerme—. ¿Cuánto tiempo llevas con ella? Silencio. —¿Fue anoche? ¿La semana pasada? ¿O desde antes de prometerme que ibas a amarme siempre? Él bajó la mirada. Nada. No lloré. Ni grité. Solo sentí esa punzada lenta, venenosa, que te roba el aire y el alma. Se vistió ante mis ojos como si nada. —Aria… lo siento, yo… —No. No te atrevas. Retrocedí, con náuseas. —¿Pensabas proponerme matrimonio esta noche… y después meterte en la cama con ella? —No fue así… —¿Entonces cómo fue? ¿Te tropezaste y caíste con el pene adentro? Él palideció. Yo temblaba, pero no me derrumbé. —Quédatela —escupí con desdén—. No necesito nada de esto. Giré sobre mis talones y salí. Sin mirar atrás. Solo con mi dignidad rota… y un vacío tan grande en el pecho que hasta el Diablo tendría miedo de habitarlo. El frío me mordía la piel mientras caminaba sin rumbo. Las calles, casi vacías. El aire olía a lluvia y a desilusión. Mis tacones golpeaban el empedrado, tambaleantes. Cada paso era un recordatorio de que esa noche debía estar celebrando… y en cambio, solo estaba huyendo. Me detuve de golpe. Un piano sonaba a lo lejos, suave, melancólico. Seguí la melodía hasta un bar pequeño, de fachada oscura, con un letrero de neón parpadeante: Sottovoce. Mis pies decidieron por mí. Dentro, el jazz llenaba el aire. Luz tenue, olor a madera y alcohol caro. Me senté sola en una esquina y pedí un vodka. Luego otro. Y otro más. Las manos me temblaban. La rabia era un incendio lento. Entonces lo vi. O más bien… lo sentí. Una sombra se detuvo frente a mí. Cabello negro, ojos grises metálicos, mandíbula marcada. No era solo guapo. Era devastador. —¿Por qué lloras? —preguntó con voz baja y rasposa. —No estoy llorando —mentí. Él sonrió, como si ya supiera que lo hacía. —Entonces avísales a tus ojos que no te hagan quedar como mentirosa. Se sentó frente a mí con descaro. —¿Por qué te acercas a mí? —pregunté con desánimo. —Porque vi a una mujer que estaba a punto de romperse. Y no pude tolerar dejarte sola con ese dolor. Quise ayudarte. Aunque sea… con una sonrisa. Lo observé, intentando leerlo. No parecía querer nada… salvo estar ahí. No sé por qué, pero le conté. Todo. Y él solo dijo: —Él fue el que salió perdiendo —dijo al fin después de oirme —. Eres mejor que eso. —No me conoces. —No necesito conocerte para saber que solo un imbécil pierde algo así —respondió, y sus ojos recorrieron mi rostro, mis labios, mi vestido con una mezcla de deseo y respeto—. Solo hombres mediocres necesitan tener más de una mujer para sentirse valiosos. Y sonrió de labios. Con esa maldita sonrisa suya. Como si él pudiera realmente curar algo en mí. Me incliné hacia él, dejando la copa sobre la mesa. —¿Quieres ayudarme? —pregunté cómplice. —Claro. —Entonces ayúdame a vengarme. Él alzó una ceja. —¿Cómo sería eso? Lo miré directo, con el veneno ya subiéndome por la garganta. —Quiero hacerle lo mismo. Quiero que sepa lo que se siente… que sienta el asco, la traición, el vacío. —¿Estás diciendo que quieres acostarte conmigo, solo para pagarle con la misma moneda? —Exacto. Él dejó escapar una risa baja. No burlona. Más bien como si intentara mantener la compostura. —No sé si eso sea una buena idea. Estás tomando decisiones guiada por la rabia, y créeme… así no funciona. —¿No quieres? —lo reté—. ¿Te parezco poco atractiva? Él negó con la cabeza y se inclinó, peligrosamente cerca. —Todo lo contrario. Eres preciosa. Pero eso no lo hace correcto. No quiero aprovecharme de ti. —No soy una niña. Y haré lo que quiera. Si no eres tú… será otro. Se tensó. Lo noté. Esa vena en su cuello latiendo, su mandíbula marcándose. —No me jodas —susurró, y luego se pasó una mano por el cabello, como si lo estuviera pensando —. Está bien. Lo haré. Porque no voy a dejar que otro cabrón se te acerque esta noche. No así. No como estás. Lo miré. Y, por primera vez desde que salí del apartamento de Matteo, sonreí. —¿Tienes auto? —pregunté levantándome de la silla —Sí. —Entonces vámonos. Pagó la cuenta sin despegar los ojos de mí. Me ofreció su mano. Dudé un segundo, pero la tomé. Su tacto era firme. Cálido. Seguro. Salimos del bar como si estuviéramos huyendo. Como si ese lugar pudiera romper el hechizo si nos quedábamos demasiado. El coche era negro, elegante, con aroma a cuero y perfume masculino. Me senté a su lado sin decir palabra. La ciudad pasaba por la ventana como un borrón de luces y sombras. Y mientras nos alejábamos, mientras su mano tocaba suavemente la mía, solo pensé una cosa: Sé que esto es una locura. Que es inmaduro. Que mañana me voy a arrepentir. Pero esta noche… no me importa. Mientras veía la ciudad desfilar a través de la ventanilla del auto, ya estaba lo suficientemente sobria como para entender lo que estaba a punto de hacer. A pesar de la claridad del alcohol, seguía embriagada por la ira. Borracha de rencor. Ese odio se instaló en mi pecho como fuego líquido y me empujó a tomar esta decisión absurda, como si mi traición pudiera borrar la suya. Como si entregarme a otro hombre fuera a dolerle tanto como me dolió a mí descubrir que me fue infiel. Aparté la mirada del cristal y la fijé en él. Ese desconocido al que ni siquiera le he preguntado su nombre, pero al que ya le propuse tener sexo. Jamás imaginé que sería capaz de algo así. Pero las cosas pueden cambiar de un segundo a otro, ¿no? De perfil se ve aún más guapo. Sus facciones parecen talladas con la devoción de un escultor obsesivo. Tiene pestañas oscuras y largas, que enmarcan sus ojos grises ahora oscurecidos por la penumbra. Un hombre así, tan increíblemente hermoso, escuchando los lamentos de una desconocida despechada. ¿Pero qué esperaba? Le ofrecí sexo… y todos los hombres son iguales, ¿no? —Aún puedes arrepentirte —dijo de pronto, interrumpiendo mis pensamientos. Giró un segundo para mirarme antes de volver la vista a la carretera—. No tienes que hacer esto. Si me dices que no, ahora mismo doy la vuelta y te llevo a casa. Guardé silencio. Sus palabras resonaron dentro de mí. Tal vez tenía razón. Tal vez debía regresar. Esto no iba a solucionar nada. No me haría sentir mejor. —Ya sé que la venganza no me sanará —dije, como una confesión arrastrada—. Que hacerle lo mismo no me devolverá la paz, ni la satisfacción de verlo sufrir como yo. —Entonces, ¿por qué lo haces? —Porque tú me miraste como él nunca lo hizo en años —susurré, bajando la mirada. La manera en que este desconocido me miró en el bar, mientras me decía lo idiota que era Matteo por perderme, fue la chispa que encendió esta locura. Fue él quien me dio el motivo. Fue su mirada lo que me empujó a escogerlo para vengarme. —Quiero olvidarlo, aunque sea por unas horas —confesé, mordiéndome el labio—. Borrar el dolor, la rabia, la decepción. Solo quiero sentirme deseada. Quiero que me mires como lo hiciste. —Si eso es lo que quieres... —dejó la frase colgando en el aire, pero sus puños se cerraron con fuerza sobre el volante. Algo cambió en su mirada. Algo oscuro y decidido. Hasta ese momento parecía dudoso, pero ahora... parecía comprometido.La ciudad se extendía ante nosotros como un tapiz de luces temblorosas, un millón de chispas intentando iluminar la oscuridad que siempre ganaba. Desde la azotea de la casa de Silas, el mundo parecía a la vez inmenso e insignificante. Él me había llevado allí después del incómodo incidente con Sofía. Buscaba distraerme del pesar que sentía. —Hay algo que quiero mostrarte —había dicho, su mano encontrando la mía con una naturalidad que aún me hacía estremecer por lo correcta que se sentía. No esperaba esto. En medio del hormigón y las antenas de telecomunicaciones, Silas había creado un milagro. Un jardín secreto. No era grande, pero estaba vivo de una manera que nada en nuestras vidas lo estaba. Enormes macetones de terracota albergaban rosas de un rojo tan profundo que parecían beberse la luz de la luna. Enredaderas de jazmín trepaban por un enrejado de hierro forjado, llenando el aire con una fragancia embriagadora y dulce que combatía el olor a humo y ansiedad de la ciuda
La calma que siguió a la tormenta era engañosa, un espejismo de normalidad que envolvía la mansión Moretti. Los días se deslizaban en una rutina de convalecencia silenciosa y planes a medio susurrar entre mi padre y Silas. El mundo, nuestro mundo, parecía haber encontrado un nuevo y precario equilibrio. Hasta que la última sombra del pasado, la más venenosa, decidió alargarse una vez más para envenenarlo todo.Mi padre me encontró en el jardín, donde observaba a Silas, sentado bajo un roble, leyendo con el rostro vuelto hacia el sol débil de la tarde. La escena era tan pacífica, tan ajena a la sangre y al fuego, que casi podía creer que éramos una familia normal.—Valentina —la voz de papá era grave, cortando mi ensoñación—. Tenemos que hablar.Lo seguí hasta su estudio.—Después de interrogar a un hombre cercano a Ponti —comenzó, sin preámbulos—, descubrimos algo. El ataque al casino no fue solo un ataque lanzado al azar. Fue provocado. Tal como predije alguien le envió un video a Po
El aire en el estudio de mi padre olía diferente. No a documentos y whisky caro, sino a café recién hecho y a un respeto recién ganado. Los Ponti ya no eran más que un mal recuerdo, un cadáver político que se descomponía en los anales del inframundo de la ciudad. La amenaza que se había cernido sobre mi cabeza como una espada de Damocles se había esfumado, reducida a cenizas y a la sangre que yo misma había derramado. A cambio, una nueva realidad, frágil y poderosa a la vez, se gestaba en esta habitación.Silas estaba sentado en uno de los sillones de cuero, recién le habían dado de alta pero aún no estaba del todo sano. Estaba palidecido por el esfuerzo de bajar del coche y caminar hasta aquí, pero con la espalda recta y esa quietud impenetrable que lo definía. Yo estaba a su lado, sentada en el apoyabrazos del sillón. Mi padre, Luca Moretti, el líder en persona, se encontraba frente a nosotros, midiendo al hombre que había salvado a su hijo y que, de alguna manera, había reclamado a
La luz del amanecer se filtraba suavemente por la persiana, pintando una franja dorada en el suelo frente a su cama. Yo seguía allí, en la misma posición, como una estatua tallada en preocupación y café frío. Mis huesos gritaban por el cansancio, mis párpados pesaban como losas, pero nada en este mundo podría haberme separado de ese lugar. Había pasado la noche entera escuchando el ritmo de su respiración, más estable ahora, vigilando cada pequeño movimiento detrás de sus párpados cerrados, rezando por un signo, el signo.Mis dedos aún entrelazados con los suyos, había estado hablándole en susurros. Ya no eran confesiones desesperadas, sino relatos tranquilos. Le hablé de Gabriel, de cómo se estaba recuperando y bromeaba, diciendo que su hermana tenía un gusto "peligrosamente dramático" en hombres. Le conté que mi padre había llamado dos veces para preguntar por él, con esa voz de "no me importa" que delataba una preocupación profunda. Le hablé de la niebla matinal sobre la ciudad, de
El tiempo perdió todo significado dentro de esas cuatro paredes blancas y estériles. El mundo se había reducido al ritmo lento y monótono de los monitores, un latido electrónico que se convirtió en la banda sonora de mi agonía. Fuera, la ciudad vivía, respiraba, pero aquí, en esta habitación privada que olía a desinfectante y a muerte pendiente, el universo entero se había condensado en la figura inmóvil tendida en la cama.Silas.Parecía más pálido que las sábanas que lo cubrían hasta la cintura. Su torso, normalmente una armadura de músculo y control, estaba vendado con espesos apósitos blancos, una mancha de rojo carmesí filtrándose obscenamente a través de la gasa. Los cables serpenteaban desde su pecho, desde sus brazos, conectándolo a las máquinas que le susurraban secretos vitales a los médicos. Su rostro, aquel mapa de ángulos afilados y belleza exótica que desafiaba a los bajos mundos, estaba en calma, pero era la calma de los acantilados antes de desmoronarse en el mar. Sus
El aire frío del exterior golpeó nuestros rostros como una bendición, barriendo el hedor a muerte y pólvora que se nos había incrustado en la garganta. Gabriel, apoyado en mí, temblaba de adrenalina y agotamiento, pero estaba vivo, respirando. A mi lado, mi padre caminaba con la pesadez solemne de un general que ha ganado una batalla a un costo terrible. Sus hombres, fieles sombras, comenzaban a asegurar el perímetro, sus movimientos eficientes y silenciosos como los de los buitres después del festín.Ninguno de nosotros habló. Las palabras eran monedas demasiado pobres para pagar la deuda emocional de esa noche. El rugido de la batalla se había apagado, reemplazado por un zumbido en mis oídos y el latido furioso de mi propia sangre. Había matado de nuevo. Esta vez, la imagen del hermano de Ponti desplomándose, el estallido escarlata, no me provocaba el mismo horror paralizante que con Arturo. Esta vez, estaba teñida de una necesidad feroz, de una justicia primal que sabía a hierro y
Último capítulo