El aire frío del exterior golpeó nuestros rostros como una bendición, barriendo el hedor a muerte y pólvora que se nos había incrustado en la garganta. Gabriel, apoyado en mí, temblaba de adrenalina y agotamiento, pero estaba vivo, respirando. A mi lado, mi padre caminaba con la pesadez solemne de un general que ha ganado una batalla a un costo terrible. Sus hombres, fieles sombras, comenzaban a asegurar el perímetro, sus movimientos eficientes y silenciosos como los de los buitres después del