El aire frío del exterior golpeó nuestros rostros como una bendición, barriendo el hedor a muerte y pólvora que se nos había incrustado en la garganta. Gabriel, apoyado en mí, temblaba de adrenalina y agotamiento, pero estaba vivo, respirando. A mi lado, mi padre caminaba con la pesadez solemne de un general que ha ganado una batalla a un costo terrible. Sus hombres, fieles sombras, comenzaban a asegurar el perímetro, sus movimientos eficientes y silenciosos como los de los buitres después del festín.
Ninguno de nosotros habló. Las palabras eran monedas demasiado pobres para pagar la deuda emocional de esa noche. El rugido de la batalla se había apagado, reemplazado por un zumbido en mis oídos y el latido furioso de mi propia sangre. Había matado de nuevo. Esta vez, la imagen del hermano de Ponti desplomándose, el estallido escarlata, no me provocaba el mismo horror paralizante que con Arturo. Esta vez, estaba teñida de una necesidad feroz, de una justicia primal que sabía a hierro y