La ciudad se extendía ante nosotros como un tapiz de luces temblorosas, un millón de chispas intentando iluminar la oscuridad que siempre ganaba. Desde la azotea de la casa de Silas, el mundo parecía a la vez inmenso e insignificante. Él me había llevado allí después del incómodo incidente con Sofía. Buscaba distraerme del pesar que sentía.
—Hay algo que quiero mostrarte —había dicho, su mano encontrando la mía con una naturalidad que aún me hacía estremecer por lo correcta que se sentía.
No esperaba esto.
En medio del hormigón y las antenas de telecomunicaciones, Silas había creado un milagro.
Un jardín secreto.
No era grande, pero estaba vivo de una manera que nada en nuestras vidas lo estaba. Enormes macetones de terracota albergaban rosas de un rojo tan profundo que parecían beberse la luz de la luna. Enredaderas de jazmín trepaban por un enrejado de hierro forjado, llenando el aire con una fragancia embriagadora y dulce que combatía el olor a humo y ansiedad de la ciuda