La ciudad se extendía ante nosotros como un tapiz de luces temblorosas, un millón de chispas intentando iluminar la oscuridad que siempre ganaba. Desde la azotea de la casa de Silas, el mundo parecía a la vez inmenso e insignificante. Él me había llevado allí después del incómodo incidente con Sofía. Buscaba distraerme del pesar que sentía.
—Hay algo que quiero mostrarte —había dicho, su mano encontrando la mía con una naturalidad que aún me hacía estremecer por lo correcta que se sentía.
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