La calma que siguió a la tormenta era engañosa, un espejismo de normalidad que envolvía la mansión Moretti. Los días se deslizaban en una rutina de convalecencia silenciosa y planes a medio susurrar entre mi padre y Silas. El mundo, nuestro mundo, parecía haber encontrado un nuevo y precario equilibrio. Hasta que la última sombra del pasado, la más venenosa, decidió alargarse una vez más para envenenarlo todo.
Mi padre me encontró en el jardín, donde observaba a Silas, sentado bajo un roble, leyendo con el rostro vuelto hacia el sol débil de la tarde. La escena era tan pacífica, tan ajena a la sangre y al fuego, que casi podía creer que éramos una familia normal.
—Valentina —la voz de papá era grave, cortando mi ensoñación—. Tenemos que hablar.
Lo seguí hasta su estudio.
—Después de interrogar a un hombre cercano a Ponti —comenzó, sin preámbulos—, descubrimos algo. El ataque al casino no fue solo un ataque lanzado al azar. Fue provocado. Tal como predije alguien le envió un video a Po