La calma que siguió a la tormenta era engañosa, un espejismo de normalidad que envolvía la mansión Moretti. Los días se deslizaban en una rutina de convalecencia silenciosa y planes a medio susurrar entre mi padre y Silas. El mundo, nuestro mundo, parecía haber encontrado un nuevo y precario equilibrio. Hasta que la última sombra del pasado, la más venenosa, decidió alargarse una vez más para envenenarlo todo.
Mi padre me encontró en el jardín, donde observaba a Silas, sentado bajo un roble, le