El tiempo perdió todo significado dentro de esas cuatro paredes blancas y estériles. El mundo se había reducido al ritmo lento y monótono de los monitores, un latido electrónico que se convirtió en la banda sonora de mi agonía. Fuera, la ciudad vivía, respiraba, pero aquí, en esta habitación privada que olía a desinfectante y a muerte pendiente, el universo entero se había condensado en la figura inmóvil tendida en la cama.
Silas.
Parecía más pálido que las sábanas que lo cubrían hasta la cintu