El tiempo perdió todo significado dentro de esas cuatro paredes blancas y estériles. El mundo se había reducido al ritmo lento y monótono de los monitores, un latido electrónico que se convirtió en la banda sonora de mi agonía. Fuera, la ciudad vivía, respiraba, pero aquí, en esta habitación privada que olía a desinfectante y a muerte pendiente, el universo entero se había condensado en la figura inmóvil tendida en la cama.
Silas.
Parecía más pálido que las sábanas que lo cubrían hasta la cintura. Su torso, normalmente una armadura de músculo y control, estaba vendado con espesos apósitos blancos, una mancha de rojo carmesí filtrándose obscenamente a través de la gasa. Los cables serpenteaban desde su pecho, desde sus brazos, conectándolo a las máquinas que le susurraban secretos vitales a los médicos. Su rostro, aquel mapa de ángulos afilados y belleza exótica que desafiaba a los bajos mundos, estaba en calma, pero era la calma de los acantilados antes de desmoronarse en el mar. Sus