Mundo ficciónIniciar sesiónEntre las aguas de sangre un antiguo ser despierta cuando una noble llega a Inglaterra. Catherine de Luxiner, una princesa marcada por la soledad y traición, entregada a un matrimonio que no eligió. Rodeada de un príncipe dispuesto a protegerla, un leal soledad y una presencia nocturna que la observa desde la sombras, Catherine es el centro de un deseo peligroso. Entre el poder, secretos y deseos, la oscuridad clama por ella ... y tal vez el amor no sea suficiente para salvarle.
Leer másEn la antigua Rumania, tierra donde había nacido la leyenda del temido y respetado Drácula, un barco mercante cruzaba las aguas inquietas del Mar Negro con rumbo a la gran Inglaterra. Un viaje que tardaba meses dependiendo del humor caprichoso de las aguas. Dentro del navío comercial, había cajas puestas ordenadas de acuerdo a las ordenanzas del noble caballero. Las maderas debían de llevar tierra del hogar para que no se sintiese debilitado el huésped. El aroma húmedo de la turba impregnaba el ambiente, mientras que los gusanos se removían felices en la frescura del polvo oscuro.
Afuera las olas del mar eran endurecedoras y las personas poco a poco comenzaron a desaparecer uno por unos. Lo que menos reinaba era el silencio, pero la calma se debía de mantener. Los humanos eran demasiados ansiosos para tener que soportar las calamidades que estaban padeciendo, pero el huésped necesitaba ser alimentado con sangre fresca.
—¿Qué haremos?-el desgarrado grito de una mujer se escuchaba aún en la tormenta-¡El monstruo nos matará a todos!, ¡Los alimentos están escaseando y en las noches nos atormenta con su presencia!.-
Incluso si en el día había personas que buscaban por todo el barco, no había forma de hallarle. Se escabullía en cada sombra, mimetizándose con ellas en su derredor. Él era la sombra.
En cuanto el barco llegó a las costas de Inglaterra, en una adormecedora y siniestra noche. Nadie había para recibir el flotante, pero los pocos humanos que aún servían fielmente transportaron las cajas y al huésped hacia un lugar en donde habitaban huesos viejos y memorias olvidadas. Un lugar lleno de oscuridad y dolor para los vivos. En su lápida estaba escrito Crad Duvall.
—Mi señor, es hora de despertar— un humano se reverenció a los pies de la tumba-
Los ojos rojos del conde se abrieron lentamente, y su piel pálida tomó vida cuando inhaló el dulce olor de la sangre de la ciudad.
—He tocado las estrellas— una risa malévola se expresó en sus labios-
Recorrió los sitios de placer, donde seleccionó sus concubinas para que cuidasen de su corazón. Sin embargo, no había forma de satisfacer sus fríos sentimientos, si bien su carne era alimentada por ellos. Se seguía sintiendo vacío.
Una tarde, mientras salía de paseo en conjunto sus mujeres. Un carruaje ornamentado avanzaba por la principal avenida. Trasportaba a la princesa consorte del príncipe heredero, una mujer de ojos peligrosos. Sus cabellos rubios trenzados, preciosamente, se agitaban ante el traqueteo del carro. Los gritos de felicidad del pueblo, acompañaban la festividad. Aun así, la princesa ceñía sus cejas, como si la felicidad ajena le apuñalara sus entrañas.
—Hermosa— susurró el noble-
El sonido llegó hasta los oídos de la bella princesa, que tan solo un segundo fue capaz de clavar sus marrones ojos en él. Vlad sintió un frío, recorrer toda su médula espinal. Había algo en esa mirada, vio en sí maldad furtiva que le pareció la sensación más tierna que había contemplado.
El carro llegó hasta la entrada del castillo, resplandeciente de oro y diamantes que nunca antes había visto. Espléndido era una forma corta de pronunciar la descripción visual. Los guantes blancos de un hombre interceptó sus manos cubiertas de una tela suavemente rosadas.
—Sea bienvenida, mi princesa— un joven de rostro adorable le sonreía— Le saluda Thomas Spinghter, su prometido-
La joven sonrió avergonzada, aun sosteniendo las manos de su prometido.
—Me presento, su majestad, Catherine de Luxiner. Me anuncio ante usted como su prometida-
Con sus brazos entrelazados le guio hasta la presencia de la reina, debido a que el rey había muerto por una herida de combate. La espléndida mujer entrada en años, mantenía una actitud seria, tal vez asquienta por la dulce presencia de la joven señorita.
—Madre, te presento a mi prometida. Catherine de Luxiner, espero que disfrutes de tu hija— el aura de bondad era resplandeciente en él-
—Deseo hablar con ella a solas— la tajante respuesta incomodó a la sala-
El príncipe palmeo las manos de la joven, dándole su apoyo ante la monarca. Cuando la sala se vació, la reina se acercó con elegancia hacia la altura de la mujer. La estatura de la monarca sobresalía de la joven, demostrando confianza en su caminar.
—Realmente no deseaba tenerte en estas tierras. Tu rostro me hace acordar demasiado a tu madre. Solo espero que mueras pronto— se acercó al oído de ella susurrando— Como yo lo hice con tu sucia madre-
Al finalizar, subió a su trono, en donde su risa se escuchaba hasta las puertas de la entrada. Con su orgullo por los suelos, contuvo sus lágrimas. Aun cuando las sonrisas de príncipe trataban de desviar su atención. Un matrimonio arreglado por su hermano, que deseaba obtener el apoyo absoluto de Inglaterra. Y como no, la mujer más fuerte del continente, con su único hijo dispuestos a ceder un poco de poder a cambio de una princesa.
—Princesa, si desea podemos dar un paseo— una de sus doncellas había preparado una canasta con quesillo y pasteles y un poco de té francés— He preparado todo para que disfrute su estadía— la simpática niña motivaba a la joven a avanzar poco a poco-
—Creo que he estado un poco tensionada, aceptaré tu invitación. ¿Me podrías decir tu nombre?— dijo mientras se levantaba de su escritorio-
—Bler, mi princesa-
Ambas caminaron hasta un jardín de flores blancas, el cual ella siempre había odiado. El blanco hablaba de pureza, el cual ella sabía que su interior no lo era.
Mientras se sentaban en una de las mesas decoradas con la plata más pura, y el brillo de perlas del océano. Un grupo de niños aparecieron jugando con una pelota casi redonda, sin intensión alguna saltó manchando la exquisita tela que provenía de Asia. La joven soltó una pequeña risa, había intentado estar impecable, pero aun así su vestido fue manchado por unos traviesos niños.
—Lamentamos mi lady haber arruinado su vestido— uno niño sudoroso intentaba hablar ante el cansancio mostrando respeto—
Un grupo de soldados que pasaba vio la situación, interpretando todo mal, debido a como la joven sonreía.
—Señorita, usted es mayor, no creo que deba de intimidar a los niños solo por machar su vestimenta— un joven soldado tomó al niño para protegerlo-
—Creo que usted está equivocado soldado. El joven niño puede explicarlo, y esta señorita es la princesa Catherine de Luxiner— la criada defendía a la princesa, quien injustamente fue acusada-
El soldado se sintió avergonzado cuando el niño explicó los hechos. Se sentía avergonzado de acusar a una inocente mujer que solamente estaba disfrutando de las exquisiteces de los ingleses. Con un poco de ayuda, decidió buscar información que tuviese relación con ella, le parecía que sus ojos eran tristes. Sentía la necesidad de cuidarla.
—Guardián de la justicia— un erudito de la corte se burlaba-
—Señor John, sabe cuanto odio ese apodo— puso sus ojos en blanco al recibir los archivos-
Al caer la luz ya había finalizados sus servicios, por lo que podía dedicar su ocio a extraer lo importante de la joven. Había visto muchas miserias, y entre ellas Catherine había resurgido como el ave fénix, de las cenizas que habría dejado las personas de su entorno. Incluyendo a monarca actual de Inglaterra. La pena le conmovió el corazón, era demasiado para ella, incluyendo la soledad que le amonestaba.
Esa noche, dos humanos pensaban en la joven Catherine, pero un vampiro aprovechaba su sombra para acercarse a su presencia. Quién diría que la princesa, con su primera aparición, cautivaba a simples hombres.
—Catherine— susurraba el vampiro desde la sombra— Oh, Catherine-
La joven se movía desde los extremos de su acolchado lecho. En su mente sentía como un joven sin rostro, le llevaba a conocer lugares que nunca había conocido. Oscuro, húmedo, con seres que tampoco había visto. Sobreexcitada de sus sueños, se incorporó, buscando a su sirviente.
—Bler— llamaba una y otra vez-
Sin embargo, Bler no venía. Cuando finalmente se incorporó, sintió un líquido tibio bajo sus pies. Pegajoso y cálido, como pudo, salió corriendo al pasillo, en donde los soldados que custodiaban las puertas la vieron envuelta en sangre debido a que había caído en intentos de abandonar la habitación. Como pudieron llevaron a la princesa que aún temblaba hasta el palacio del príncipe, el lugar más seguro para un monarca.
—¡Quiero que busquen al asesino, no se tendrá compasión de aquel que hizo sufrir a la princesa!— gritaba para que todos los soldados fuesen consientes de la orden-
En su baño privado, Catherine, disfrutaba de un baño caliente eliminando cualquier rastro de sangre. Sus lágrimas evidenciaban el dolor que sostenía al ver que muchas personas deseaban verle muerta y como los inocentes debían de pagar por su debilidad.
Thomas se acercó, conmovido por todo lo sucedido.
—Princesa, duerma en mis aposentos. Usted puede tomar mi cama, yo dormiré en mi sillón— se acercó y sobó sus hombros— Lamento que pases un mal día en tu llegada, prometo que te protegeré con mi vida si es necesario. Nada malo te tocará de nuevo, lo prometo— tomó sus desnudas manos y las besó con ternura-
Y en algún lugar, oculto entre sombras y deseo, Vlad sonreía, limpiando los últimos rastros de sangre en sus labios.
Mientras la humillación de Edward se consumaba en la alcoba, una chispa de piedad cruel brotó en la reina. Reclinándose sobre un cojín de terciopelo púrpura, contempló al guardián atónito.—Ven a mí —ordenó.Arrastró las rodillas sobre la piedra fría hasta que el hierro podrido le mordió los tobillos, pero el dolor no era más que un murmullo lejano frente a la fiebre que le quemaba. Movido por la sed, una necesidad animal que le hacía vibrar, Edward hundió el rostro en la carne más dulce y privada de Catherine. La devoró sin piedad, reclamando con la lengua encendida cada gota, cada centímetro de su esencia. Aquella humedad tan fría le pertenecía; era el único banquete concedido a un perro enjaulado.Cada gemido de la reina era un trago de licor espeso que le disparaba la sangre, un veneno delicioso
La reina no estaba enferma. Ya que se encontraba aferrada a las sábanas de lino, sus uñas rasgaban la tela con una fuerza muscular que habría pulverizado los articulaciones de un hombre común. Sus gemidos, ahogados por el terciopelo de las colgaduras del lecho, retumbaban en la estancia con la sonoridad de una tormenta encajonada. Sus piernas, largas y de una palidez de mármol, se retorcían en el aire, presionando la cabeza de Amity contra su vientre.Amity, con los dedos clavados en la cadera de su soberana, no retiraba la boca de la piel de Catherine. Entre gruñidos de un placer puramente animal, el vampiro saboreaba la humedad de su reina, una mezcla de exudaciones corporales y el aroma al duce propio de su naturaleza que lo había vuelto adicto, aun más que la sangre misma. La firmeza del cuerpo de Catherine, tenso por la inminencia del colapso, excitaba a Amity hasta borrar todo rasgo de obediencia obsesiva. I
Cuando la tensión se disipó, Vlad la desenganchó de su cuerpo y la dejó caer sobre las losas como quien se desprende de un trapo sucio. Se rasgó la piel de la palma izquierda utilizando la uña afilada del pulgar y dejó que tres gotas de su sangre, densas y de un tinte violáceo, cayeran sobre la lengua entreabierta de la sierva. Raluca las tragó con una avidez desesperada, sintiendo cómo el fuego de la estirpe de Vlad le restauraba la firmeza en las fibras musculares.—Ve y mátalos a todos —ordenó el conde, ajustándose el cinturón de cuero con una calma helada—. Cuando esas naves orientales toquen tierra en el estuario, los hombres de la viuda solo deben encontrar cadáveres flotando en la sentina. Mi amada Catherine no obtendrá recurso alguno de esos cargamentos; sus planes deben desplomarse uno a uno hasta que no le quede más opción q
—Mi querida Emperatriz... este anciano aún busca la verdad entre las cenizas de los restos —protestó con una voz que sonaba como grava arrastrada —. Pero estoy solo. No tengo ningún compañero que se encargue de la destilación de los minerales, ni que averigüe los rastros químicos por mí. Los reactivos se agotan en las boticas y la corte es un terreno infestado de miradas.La mujer no se molestó en procesar la justificación. Con un movimiento brusco, le arrebató de las manos temblorosas un frasco de vidrio verdoso que el alquimista sostenía contra el pecho. Del recipiente emanaba un aroma penetrante, denso, similar al de las lilas puestas a fermentar en un pozo ciego. Sin dudarlo un segundo, retiró el tapón de cera y se empinó el frasco, tragándose el contenido de un solo sorbo.En su paladar se instaló un gusto viscoso, salobre y dulz&o










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