El aire en el estudio de mi padre olía diferente. No a documentos y whisky caro, sino a café recién hecho y a un respeto recién ganado. Los Ponti ya no eran más que un mal recuerdo, un cadáver político que se descomponía en los anales del inframundo de la ciudad. La amenaza que se había cernido sobre mi cabeza como una espada de Damocles se había esfumado, reducida a cenizas y a la sangre que yo misma había derramado. A cambio, una nueva realidad, frágil y poderosa a la vez, se gestaba en esta