El aire en el estudio de mi padre olía diferente. No a documentos y whisky caro, sino a café recién hecho y a un respeto recién ganado. Los Ponti ya no eran más que un mal recuerdo, un cadáver político que se descomponía en los anales del inframundo de la ciudad. La amenaza que se había cernido sobre mi cabeza como una espada de Damocles se había esfumado, reducida a cenizas y a la sangre que yo misma había derramado. A cambio, una nueva realidad, frágil y poderosa a la vez, se gestaba en esta habitación.
Silas estaba sentado en uno de los sillones de cuero, recién le habían dado de alta pero aún no estaba del todo sano. Estaba palidecido por el esfuerzo de bajar del coche y caminar hasta aquí, pero con la espalda recta y esa quietud impenetrable que lo definía. Yo estaba a su lado, sentada en el apoyabrazos del sillón. Mi padre, Luca Moretti, el líder en persona, se encontraba frente a nosotros, midiendo al hombre que había salvado a su hijo y que, de alguna manera, había reclamado a