Mundo ficciónIniciar sesiónNatalia Cárdenas sorprendió a su esposo, Rafael Montes, en una cita con Andrea Navarro, su amante número noventa y nueve. Después, sufrió otro "accidente": la empujaron por las escaleras y perdió al bebé a los ocho meses de embarazo. Era el quinto embarazo que perdía. Sin embargo, Natalia no armó ningún escándalo. Fue sola al hospital, recibió tratamiento y no acusó a nadie. Todo por el humillante acuerdo que la abuela de Rafael la había obligado a firmar ocho años atrás: Si daba a luz durante el primer año, recibiría veinte millones de dólares. Si lo hacía durante el segundo o el tercer año, recibiría diez millones. Si al cabo de ocho años aún no tenía hijos, perdería el derecho a interferir en las relaciones extramatrimoniales de Rafael. Y ese plazo de ocho años acababa de cumplirse.
Leer másAndrea mostró una sonrisa cruel.—¿Por qué tú puedes tenerlo todo mientras yo me quedé sin nada? Rafael fue quien prometió cuidarme para siempre. ¿Por qué terminó destruyéndome? ¡Todo fue por tu culpa! Si yo acabé convertida en este monstruo, tú tampoco vivirás en paz.Con la bomba apretada contra el pecho, se abalanzó sobre Natalia.Natalia huyó aterrada. Justo cuando Andrea estaba a punto de alcanzarla, aparecieron Roberto y Rafael, quien había sobrevivido al ataque de los perros.Entre los dos redujeron a Andrea y la inmovilizaron en el suelo enlodado. Mientras Rafael y Roberto la sujetaban, los guardaespaldas le quitaron la bomba y la desactivaron; después, se hicieron cargo de Andrea.Solo entonces Roberto se volvió y abrazó con fuerza a Natalia para tranquilizarla.Rafael levantó la mirada y observó con amargura a la pareja abrazada. Podía percibir con claridad la confianza y el afecto de Natalia hacia Roberto. Los celos lo enloquecían. Sabía que no tenía derecho a exigirle nada,
Natalia había subestimado hasta dónde podía llegar la locura de Rafael.Él inició una transmisión en vivo y se encerró en una jaula con varios perros que llevaban días sin comer. Allí, dentro del criadero, dejó que lo atacaran.—Le fallé a la mujer que amo. Por mi culpa murieron nuestros cinco hijos, y ahora pagaré con mi propia carne.La cantidad de espectadores no dejaba de crecer. Rafael miraba fijamente a la cámara como si contemplara a Natalia al otro lado de la pantalla y sonrió con ternura.—No espero que la mujer que amo me perdone. Solo quiero hacer cuanto esté a mi alcance para compensarla y demostrarle que mi arrepentimiento es sincero.Tomó una barra de hierro y golpeó los barrotes con furia, provocando deliberadamente a los perros.Los mensajes inundaron la transmisión. Todos decían que Rafael se había vuelto loco.Natalia se levantó de golpe. La mano con la que sostenía el teléfono temblaba sin parar.Rafael estaba usando su propia vida para obligarla a perdonarlo, aprove
Bajo los cuidados de Roberto, Natalia recuperó poco a poco la movilidad. Él también contrató a un especialista en salud mental para que tratara su depresión.Vivían en un pequeño país insular tecnológicamente avanzado. Cuando se recuperó, Natalia rechazó la oferta de incorporarse al Grupo Rivas y consiguió empleo en una empresa de videojuegos.Durante muchos años, su vida había girado alrededor de Rafael. Casi había olvidado que, en la universidad, había ganado una medalla de oro por un proyecto de diseño y programación de videojuegos. Poseía un talento extraordinario.Volver a dedicarse al desarrollo de videojuegos le resultó difícil al principio, pero el esfuerzo constante le dio una sensación de seguridad que jamás había experimentado.Con el paso del tiempo, Natalia y Roberto fueron tomando confianza. Comían, conversaban y paseaban juntos a diario; algunas veces incluso salían a beber. Su convivencia se parecía cada vez más a la de una pareja común.Ella podía percibir lo que Rober
Natalia abrió los ojos de golpe.La sensación de asfixia aún persistía. Se apretó el pecho con ambas manos y observó el lugar con incredulidad.—¿Despertaste?La voz llegó desde la puerta. Un hombre distinguido y elegante entró con una palangana y una toalla para limpiarle el rostro.—Llevas dos semanas inconsciente. El médico dijo que ya estabas fuera de peligro, pero seguías sin despertar. Parecía que habías perdido las ganas de vivir.Natalia lo contempló en silencio mientras él se acercaba a la cama y se sentaba con total naturalidad, como si hubiera repetido aquella escena incontables veces.El hombre sostuvo su mirada y sonrió con dulzura.—No me mires así. Te rescaté cuando salí a navegar. También he estado cuidándote durante estos días y te he contado muchas historias mientras dormías.Natalia tardó en responder. Cuando por fin lo hizo, la garganta le ardía como si la hubieran frotado con papel de lija.—Gracias. ¿Cómo te llamas?El hombre dejó la palangana, agitó una mano fren
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