Mundo ficciónIniciar sesiónCuando Manuel Montenegro volvió a casa con un niño de tres años, yo estaba eligiendo cunas. El pequeño tenía los mismos ojos que Renata Salcedo, el primer amor de Manuel. —Acaba de volver al país y no tiene fuerzas para ocuparse de él. A partir de ahora, yo criaré a este niño. La voz de Manuel no admitía objeciones, aunque su mirada estaba clavada en la leve curva de mi vientre. —En cuanto al que llevas dentro, abórtalo. Este niño es muy sensible y todavía no está preparado para aceptar a un hermanito. Los dedos con los que sostenía la ecografía me temblaron. Guardé silencio durante un largo rato y después asentí con docilidad. —Está bien. Haré lo que tú digas. Al día siguiente salí sola de la clínica y le entregué una constancia médica que acreditaba el aborto. Manuel la dejó sobre la mesa sin prestarle demasiada atención. —Mañana pondré a tu nombre el penthouse dúplex. Asentí con calma. —Está bien. Gracias. Al no ver ni las lágrimas ni la escena que esperaba, frunció apenas el ceño y no dijo nada más. Lo que él ignoraba era que la constancia médica era falsa y que yo seguía embarazada; la propiedad, en cambio, era muy real. Al fin y al cabo, tenía clara una cosa: el dolor podía ser verdadero, pero nunca debía nublarme el juicio. Cada rastro de culpa de un hombre tenía que convertirse en dinero.
Leer másAl cuarto día de hospitalización, Lorena vino a visitarme.Cuando abrió la puerta de la habitación, vio a Manuel agachado frente a mí, atándome los zapatos, y se detuvo un instante.Él levantó la mirada, terminó de hacer el nudo y se puso de pie.—Lorena —la saludó con un gesto de cabeza.Ella lo ignoró y se sentó junto a mi cama.—Tienes mejor aspecto de lo que esperaba.Después miró a Manuel.—Sal un momento. Necesito hablar con ella.Él me miró. Como no dije nada, se dio la vuelta y salió.En cuanto la puerta se cerró, Lorena clavó los ojos en mí.—¿Qué piensas hacer?—No lo sé.—¿Cuánto tiempo lleva aquí?—Cuatro días. Ha estado aquí todo el tiempo.Lorena guardó silencio.—¿Estás cediendo?No respondí.Sacó un sobre del bolso y lo dejó en la mesa de noche.—La venta del dúplex ya quedó liquidada. Entre los diez millones seiscientos mil de la venta, el millón de la cuenta, los cuatro millones que él te dio en el divorcio y tus ahorros, tienes casi dieciséis millones de dólares a tu
A las treinta y cinco semanas de embarazo me desmayé en la biblioteca.Desperté en el hospital, con una vía en el dorso de la mano y el monitor cardíaco emitiendo pitidos a mi lado.El primero en llegar fue Esteban, quien llamó a Lorena desde el pasillo. Como Lorena estaba en otra ciudad, fue ella quien terminó avisándole a Manuel. Él llegó poco después. Más tarde supe que dos semanas antes había alquilado un departamento en el edificio vecino al mío.Cuando abrí los ojos, estaba sentado junto a la cama. Tenía los ojos inyectados en sangre y una sombra de barba en el mentón.Al verme despertar, se levantó de golpe. Después, como si temiera asustarme, volvió a sentarse lentamente.—La doctora dijo que tienes anemia y que te has esforzado demasiado. Debes quedarte en observación.Moví los dedos para retirar la mano de la suya, pero me sujetó con fuerza.—Suéltame.—No.Habló en voz baja, con un tono obstinado que nunca antes le había oído.—Primero escúchame hasta el final.No tenía fuer
Manuel no me hizo caso. Volvió al día siguiente.Esta vez no apareció en la universidad, sino frente a mi edificio. Llevaba dos bolsas grandes y esperaba junto a la entrada.Lo observé desde la ventana durante un minuto, pero no bajé. Permaneció allí tres horas. Al final dejó las bolsas con el conserje y se marchó.Cuando fui a recogerlas, el hombre me preguntó:—¿Era tu esposo? Se veía todo un caballero. Esperó muchísimo tiempo.No le expliqué nada. Subí con las bolsas.Contenían un suplemento nutricional para embarazadas, ácido fólico, calcio y un pantalón térmico de maternidad. La etiqueta seguía puesta y era exactamente de mi talla.Recordaba mi talla.En dos años de matrimonio jamás me había comprado una sola prenda.Guardé todo en un armario sin usarlo.Regresó al tercer día y también al cuarto. Al quinto comenzó a nevar con fuerza y pensé que no vendría.Cuando volví de clases, lo encontré agachado junto a la entrada del edificio, con una capa de nieve sobre los hombros y un ter
Esa noche no pude dormir. A las tres de la madrugada, sentí que mi hija pateaba dentro de mi vientre.Me acaricié el vientre y volví a pensar con claridad.No importaba de quién fuera Nico. Nada podía cambiar lo que Manuel había hecho. Me había pedido que abortara. Había dado por válida la constancia médica como si eso bastara para cerrar el asunto. Ni una sola vez me había preguntado si yo estaba dispuesta a hacerlo.Esos hechos no desaparecerían por una llamada.Al día siguiente asistí a clases como de costumbre. Durante el descanso recibí un mensaje de un número desconocido: "Hola, Estrella. Soy Renata".Observé la pantalla durante diez segundos y no contesté.Llegó otro mensaje: "¿Podemos vernos? Quiero explicarte lo de Nico".Escribí varias palabras y las borré. Al final solo respondí: "No hace falta".No volvió a escribirme.Por la tarde, mientras estaba en la biblioteca, Esteban me llamó a su despacho. Dijo que el enfoque de mi último trabajo era bueno, pero que los casos citado





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