Cuando Natalia salió del edificio, una tormenta azotaba la ciudad. La lluvia golpeaba con fuerza el suelo y ella, parada al borde de la calle, no pudo evitar estremecerse.Rafael la llamó. Su tono burlón estaba cargado de malicia.—¿Disfrutaste llevándote todo lo que quisiste?Tras unos segundos de silencio, Natalia preguntó con voz ronca:—¿Qué necesitas?—¿Qué necesito? —se mofó él—. De verdad no tienes remedio. Ya que aceptaste mi dinero, vuelve a casa ahora mismo y deja impecable el dormitorio principal. Andrea se quedará conmigo esta noche.Aunque ya había decidido divorciarse, a Natalia se le encogió el corazón. Tuvo que contener las ganas de llorar antes de contestar en voz baja:—Está bien.Su docilidad, lejos de satisfacer a Rafael, avivó su furia.—Muy bien. Está claro que por dinero eres capaz de soportar cualquier humillación.Colgó de inmediato.La lluvia caía a cántaros. Natalia permaneció inmóvil bajo el aguacero, incapaz de reaccionar, hasta que una mujer que pasaba por
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