El día en que Natalia salió del hospital, toda Maravena esperaba verla hacer el ridículo. Todos creían que iría a buscar a Andrea y armaría otra escena.
Alguien incluso abrió un hilo en internet para comentar los acontecimientos en tiempo real:
"¿Qué hará Natalia esta vez para acabar con Andrea?"
Los comentarios no tardaron en multiplicarse.
"Todo el mundo sabe que Natalia volvió a perder a un bebé por culpa de Andrea. Parece que Andrea sí es el verdadero amor de Rafael. Seguro que la protege como a su mayor tesoro".
"Natalia es una arpía estúpida y codiciosa. Se casó con Rafael por dinero, así que se merece lo que le pasa. ¡Rafael debió haberse divorciado de ella hace mucho!"
Para sorpresa de todos, Natalia no reaccionó con enojo. Se limitó a darle "me gusta" al comentario que pedía el divorcio y respondió desde su cuenta verificada:
"Tienen razón".
Su respuesta dejó atónita a toda la red.
Hasta uno de los amigos de Rafael, un famoso creador de contenido, inició una transmisión en vivo para preguntarle directamente:
—Eres increíble. ¿De verdad lograste domar a una loca como Natalia? Cuéntales a todos los que están viendo la transmisión cuál es tu secreto.
Rafael no respondió. Sacó el celular con indiferencia y leyó el mensaje que acababa de recibir:
"Señor Montes, la señora Cárdenas volvió a la bóveda de la residencia familiar".
Soltó una risa desdeñosa, le envió a Natalia el enlace de la transmisión y miró la cámara con sarcasmo.
—No la domé. Solo tuve que pagar el precio adecuado. Ella nunca cambia. Apuesto a que no se traga esta humillación por menos de dos millones de dólares. ¿No es cierto, señora Cárdenas?
Al abrir el enlace y escuchar a su esposo burlarse de ella, Natalia no pudo evitar bajar la mirada.
La opresión que sentía en el pecho se lo recordó una vez más: para Rafael, siempre sería aquella mujer despreciable capaz de hacer cualquier cosa por dinero.
Aunque Natalia acababa de perder al quinto hijo de ambos tras ocho meses de embarazo, Rafael seguía convencido de que bastaba con pagarle para comprar su silencio.
Natalia se secó una lágrima y cerró la transmisión.
Ante ella había lingotes de oro, joyas y antigüedades. Cualquier objeto valía una fortuna, pero ni siquiera los miró. Caminó hasta el armario del fondo y sacó de un cajón una hoja amarillenta.
En realidad, cuando se casó con Rafael ocho años atrás, había firmado dos acuerdos.
Además del acuerdo que él conocía, existía otro sobre la disolución del matrimonio:
"Si al cumplirse ocho años de matrimonio no hay hijos, cualquiera de los cónyuges podrá solicitar el divorcio".
Mientras contemplaba aquellas palabras, la vista de Natalia se nubló y sus pensamientos regresaron lentamente al pasado.
Ocho años antes, la familia Cárdenas había quebrado a causa de una conspiración de sus enemigos. Su padre quedó gravemente herido y, sin otra alternativa, la confió al cuidado de la familia Montes, pues Natalia estaba comprometida con Rafael.
Rafael sentía debilidad por Natalia desde niño, así que su primer año de casados estuvo lleno de ternura.
En primavera la llevaba a la festividad de Holi. En verano, a esquiar en las montañas. En otoño, a recorrer la avenida de los Arces. En invierno, a cruzar las dunas.
Eran tan felices que todos admiraban su matrimonio y los consideraban una pareja perfecta, una rara muestra de amor verdadero entre familias poderosas.
Todo cambió el día en que Natalia supo que estaba embarazada y Rafael descubrió el acuerdo prenupcial que ella había firmado con la abuela de Rafael.
Con los ojos enrojecidos por la furia, él la interrogó como si hubiera perdido la razón:
—¿Nunca me amaste? ¿Te casaste conmigo solo por dinero?
En medio de la discusión, Rafael la empujó sin querer. Así perdieron a su primer hijo.
Después de que ella saliera del hospital, su relación tocó fondo. Natalia le explicó incontables veces que solo había firmado aquel acuerdo porque necesitaba salvar a su padre, pero él ya había decidido que era una mujer codiciosa que no lo amaba.
Desde entonces, Rafael se convirtió en otra persona.
Comenzó a exhibir una amante tras otra. Las elegía según su signo del zodiaco o cualquier otra clasificación que se le ocurriera. Además, obligaba a Natalia a llevarle preservativos y ropa limpia, a arrodillarse frente a él y sus amantes y a limpiar las habitaciones después.
Al principio, Natalia lloró, protestó y se derrumbó. Incluso se valió de su posición como esposa de Rafael para enviar a sus hombres a escarmentar a las amantes de Rafael. Los escándalos que protagonizaba eran tendencia a diario.
Rafael contemplaba su desesperación con crueldad infantil y enseguida buscaba a la siguiente mujer para seguir atormentándola.
Hasta que, tres años atrás, apareció Andrea.
Natalia también fue a buscar a Andrea y ordenó a sus guardaespaldas que la enviaran a un complejo clandestino en el extranjero, donde la sometieron a toda clase de tormentos.
Por primera vez, Rafael apoyó un arma contra la frente de Natalia.
—¡Dime adónde enviaste a Andrea! Si ella no vuelve, tú también morirás.
Cuando Andrea regresó, provocó a Natalia con aire triunfal. Natalia no pudo contenerse y le dio una bofetada. Esa misma noche la arrastraron a un cuadrilátero clandestino, la metieron en un saco y le propinaron noventa y nueve golpes sin piedad.
Cuando por fin la sacaron, perdió el embarazo que apenas comenzaba.
Desde entonces, los abusos se habían repetido incontables veces. La pérdida de su quinto hijo hizo que Natalia comprendiera de una vez por todas que Rafael ya no la amaba.
Ahora que los ocho años del acuerdo acababan de cumplirse, aquella farsa también debía terminar.
Natalia salió de la residencia familiar con el documento y fue directamente a un despacho jurídico para buscar a Gabriel Salazar, su abogado.
—Por favor, inicie el trámite de mi divorcio.